FRUTOS DEL AMOR DIVINO

J.N. Darby

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"Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. Así que, mucho más, habiendo sido ya justificados en su sangre, seremos salvos de la ira por medio de él."
(Léase Romanos 5:6-11)


 


Hemos llegado a aquel período en la historia de las relaciones de Dios para con los hombres, cuando Su amor se revela como perfecto, en conexión con la cruz de Cristo. La verdadera condición del ser humano –desde Adán hasta Cristo- ha sido ya considerada en sus diversas fases: Dios en su mucha paciencia ha realizado una prueba perfecta de lo que el hombre era, y sigue siendo; y el resultado es que se encuentra sin nada absolutamente bueno delante de Dios. Ésta es la triste, tristísima condición de todo “nacido de mujer”. Más de cuatro mil años de prueba y toda justa tentativa bajo todas las circunstancias posibles en que el hombre ha sido colocado, han demostrado su verdadero carácter y condición. Pero no sólo se halla desprovisto de todo lo bueno en la presencia de un Dios clemente y misericordioso, sino que hay en su corazón y en sus actos, la presencia de todo lo malo. Negativa y positivamente, en principio y en práctica, es el hombre esencialmente impío.

Dios supo esto desde el principio; pero es sólo después de haberlo probado plenamente cuando puede tomar su lugar hacia el pecador en la persona de Cristo Jesús, conforme a la grandeza de Su amor y las riquezas de Su gracia. Éste es un punto de inestimable importancia práctica en la historia de las almas. ¡Cuántas veces hemos visto un creyente novicio sumamente turbado y sin disfrutar la paz de Dios, porque experimenta que hay muchas cosas en su interior que son contrarias al Señor! Y se pregunta: -¿Cómo puedo creer que Dios me ama? ¿Cómo puedo imaginarme que Él oye mis oraciones? ¿Cómo estaré seguro de ser Su hijo, con todo el pecado que mora en mi interior?

Dicha inquietud es natural, y hasta cierto punto es bueno estar turbado a causa del pecado interior; pero el objeto que se propone Satanás es que el alma no salga de este estado, haciendo que se ocupe en buscar evidencias interiores, y de este modo acosar e inquietar al débil en la fe. Tales almas no han aprendido la gran verdad que el apóstol está anunciando aquí y que estamos considerando ahora: el amor perfecto de Dios hacie el pecador (después de la prueba que Aquel hizo con el hombre), basado en la obra perfecta de Cristo. Una vez conocida y apreciada esta grande, consoladora y pacífica verdad, todas las dudas, temores e inquietudes desaparecen inmediatamente. Nada sino una perfecta paz y un gozo incomensurable debiera llenar el alma del creyente, y nada debería inquietar su dulce calma. Ha venido a ser una sola cosa con Cristo en la resurrección –fuera del alcance de cualquier enemigo- y poseedor de Sus “inescrutables riquezas”.

Si Dios hubiera manifestado su amor hacia el hombre antes de haber probado lo que había en éste, se hubiera “arrepentido” después (como dicen muchos) a causa de la ingratitud y desobediencia humanas; con mucha razón podríamos dudar entonces de lo que Dios dijera ahora, pues Él no podría alejarse de nosotros, abandonándonos por ser tan realmente depravados. Mas, ¡oh preciosa! ¡bendita!, sí ¡verdad tres veces bendita para nuestras almas! No fue sino después de haber probado la terrible culpabilidad del ser humano en la muerte del Señor Jesucristo el amado Hijo de Dios, cuando nos reveló plenamente Su amor. Y si Dios puede amar, y en verdad ama, al pecador, en Cristo Jesús, después de esta manifestación de odio, rebelión y maldad, ¿cuál no será este amor? Y exclama el corazón, descansando a la luz esplendorosa de aquel amor, que jamás nube alguna podrá empañar: ¡oh amor poderoso, admirable, sorprendente y sin igual! Es cual océano sin playa, sin medida ni límites, de donde nacen las diez mil corrientes de la gracia viva, para refrescar a los cansados en el camino, y para confirmar nuestras almas en fe y santidad.

Era este amor el que inundó el corazón del apóstol Pablo mientras escribía los once primeros versículos de este capítulo –quizás los más ricos que se nos hayan dado-, en manifestacón del amor divino.

”Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos. Pues apenas morirá alguien por un justo; con todo, pudiera ser que alguno se atreviera a morir por un hombre de bien. Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros”   (Vs 6-8)

Éste es el Evangelio de la gracia de Dios; el nuevo principio establecido por Dios en sus relaciones o trato para con el hombre, el cual está ahora en Su presencia, completamente perdido. Desde el principio hasta la Cruz, todas las relaciones de Dios con la humanidad –ya sea con individuos ya sea colectivamente por dispensaciones-, sólo han demostrado que el ser humano es absolutamente opuesto a Dios en su naturaleza y sin esperanza de remediar su condición: por consecuencia, el amor que Dios le ha demostrado después, debe ser por excelencia gratuito y perfecto. Jamás se ha encontrado en el hombre algo que pudiera inducirle a la manifestación de Su divino amor; sino al contrario, mucho para disuadirle.

Mas ahora todo ha cambiado. Dios desiste de los derechos de su soberanía: la gracia reina; pero no sobre las ruinas de la ley y de la justicia (no por desconocer las demanadas de Dios, ni pasando por alto la culpabilidad del hombre) sino por medio de justicia consumada para con Dios y la vida eterna para el perdido pecador, por Jesucristo, nuestro Señor y Salvador. “mas donde el pecado abundó, sobreabundó la gracia” (Ro 5:20-21)

Afirmamos que éste es el Evangelio en su relación hacia Dios: sus efectos respecto al hombre se manifestarán en verdadera fe, arrepentimiento según Dios, y una vida de santidad: ¡ojalá comprediéramos mejor esto! pues cuando se acepta con sencillez hasta la menor duda queda cancelada. Si yo sé que Él me ama con un amor perfecto, después de haber conocido mi pecado y culpabilidad en su pleno alcance, entonces ningún mal  puede brotar en mi corazón que Él no supiera de antemano, y que no haya juzgado plenamente en la cruz de Cristo, y apartado de su vista para siempre.

Pero tal vez alguien preguntará: -¿No amaba Dios al pecador antes de la muerte de Cristo? Por cierto que sí. Un perfecto amor anidó siempre en el corazón de Dios para con el hombre. La muerte del Señor Jesucristo nos muestra la expresión del amor de Dios hacia nosotros, y el carácter o grandeza de aquel amor se revela comparando la condición de aquellos por quienes Cristo murió. Un amor pleno, perfecto y activo siempre moró en Su corazón: y su gran objetivo fue siempre la reconciliación del hombre hacia Sí. Dios nunca fue enemigo del ser humano, por lo tanto Él no necesitaba reconciliarse: al contrario, “Él estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus transgresiones”.

 

 Muchísimos pasajes de las Sagradas Escrituras vienen a la mente en prueba de esta pacificadora verdad, tales como: “En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por medio de él.” Y éste: “Y nosotros hemos visto y testificamos que el Padre ha enviado al Hijo como salvador del mundo”. (1 Jn 4:9,14)

Sí, ¡qué bendición para nosotros al estar este amor siempre allí!; aún siendo rechazado, no fue menoscabado en lo más mínimo. Pero la muerte de Cristo abrió el camino para su plena revelación, y para consumar todo propósito de la gracia. Ningún lazo de unión existía entre Dios y el hombre en la carne: a cambio de tanto amor, sólo recibió odio; jamás hubo respuesta alguna en el corazón humano a Su más tierna invitación. Pero Cristo, en su muerte, glorificó a Dios respecto al pecado; Él cumplió con toda justicia; Él llenó o satisfizo las mayores demandas del cieo y las más hondas necesidades del hombre. Así fue exaltada la ley y la promesa establecida en Su persona; y con respecto al pecado, en Su muerte y resurrección ha obrado una base justa para la perfecta manifestación de la naturaleza y carácter divinos. Ahora Dios toma Su propio lugar, y revela lo que Él es hacia el pecador, en Cristo Jesús.

Ya vimos lo que es el hombre: ahora veamos lo que Dios es, y cuáles son los frutos de Su amor.

El apóstol dirige después nuestra atención a lo que nosotros llamaremos las primicias del perfecto amor: la muerte de Cristo, un objeto de meditación para la fe, pero fuera de nosotros mismos. “Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos”. Jamás fue revelada verdad alguna tan difícil de creerse por el hombre como lo es ésta. Es tan opuesta a todos los pensamientos, afectos, ideas y obras humanas que el hombre no puede comprenderla. ¿Quién ha oido jamás hablar de un amor por el cual hayan sido esparcidos sus más preciosos dones sobre implacables enemigos, aunque sin fuerzas? – “¡Harás esto!...” ¡No hagas aquello, o sufrirás las consecuencias!... Estos mandamientos el hombre puede fácilmente comprederlos, son lógicos, conformes a su razón. Pero que por amor se le diga (tras haber probado que no hay nada en el ser amado sino un odio que no cambiará jamás, y cruel como la muerte): "He abierto las cataratas del cielo para que mi amor fluya plenamente, sin medida ni obstáculo capaz de detenerlo, para vuestra eterna salvación", esto sobrepasa los pensamientos más elevados que puedan ocupar la mente humana. Que Dios ame al justo, al bueno, al santo, no causa sorpresa alguna; pero que ame a los impíos, injustos y pecadores, y haya dado a su Hijo amado para que sufriese la muerte que ellos merecían, esto brillará siempre a través de los siglos sin fin en la eternidad como la maravilla de las maravillas.

 

Pero, ¿quién lo creyera?, aún en este oráculo de amor ha encontrado la criatura algo que le desagrada y de lo cual se queja. No puede sufrir la idea de que se le proclame flaco, débil, impotente. Con mayor agrado aceptaría ser llamado impío que sin fuerzas. Con repetidas pruebas y vanos intentos, espera dejar de ser impío y mejorarse, rehusando doblegarse ante la humillante verdad que está completamente “sin fuerza”.

Y aquí es donde principia el Evangelio, y a donde todo hombre debe venir, si es que quiere salvar su alma. Luchará por mucho tiempo contra la verdad, a semejanza de muchos, pensando que pueden hacer algo, o cuando menos sentir que están mejorándose por medio de sus obras, tal vez por medio de la oración, por leer la Palabra de Dios, o hacer uso de los medios de gracia. Pero, ¡no! Dios esperará hasta que –despierto el pecador- se doblegue ante el resultado de su propia historia, conforme la ha escrito Dios mismo: incapaz de obrar el bien; muerto, moral y espiritualmente; condenado ya y culpable de la muerte de Cristo.

Éste es –lo repetimos-, éste es el Evangelio; no lo que el hombre es, ni lo que Dios exige del hombre; sino lo que Dios es, tras haber demostrado que el ser humano tanto es impío como impotente. Creído esto, la luz del cielo inunda el alma. Con su primer aliento el creyente podrá exclamar: “Dios me ama con amor perfecto, a pesar de todo lo que soy y cuanto he hecho: Cristo murió por mí, y todos los beneficios de su muerte son míos; así que mi salvación depende, no de mi propia consistencia (aunque debe ser consistente) sino de la inmutabilidad del amor de Dios y de la eterna eficacia de la sangre de Cristo. Sólo tengo que descansar en Su amor y gozarme de los resultados de la obra de Cristo, la cual me hace idóneo para Su santa presencia”.

 

Pero, ¿cuál será la culpa de aquellos que rechazan al Señor Jesucristo lleno de gracia y de bondad, de aquellos que rechazan hasta el mismo Dios que quiere reconciliarlos en amor? Rechazan todo aquello en que se les ofrece bencición, y el alma se condenará eternamente, porque se dio muerte a sí misma. El solo recuerdo de tal amor, y tan menospreciado, de tantas oportunidades siempre despreciadas, dará vehemencia a las llamas del fuego que no se extinguirá jamás, y vitalidad al gusano que nunca muere.

¡Tenga el Señor misericordia del lector que aún no se haya convertido, y lo guíe a tomar su verdadero lugar a los pies de Jesús, y a creer lo que ha sido tan plenamente revelado!
Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos”.

 

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