LAS ÚLTIMAS PALABRAS DE CRISTO

por Hamilton Smith

 

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PREFACIO DEL AUTOR

JUAN 13
Introducción
El lavamiento de pies
La salida del traidor
Dios glorificado en Cristo

JUAN 14
Introducción
Los discípulos en relación con Cristo
Los discípulos en relación con el Padre
Los discípulos en relación con el Espíritu Santo

JUAN 15
Introducción
Los frutos
La compañía cristiana
El mundo
El poder del testimonio

JUAN 16
Introducción
La persecución del mundo religioso
Necesidad de la partida de Cristo
Exposición del mundo presente
La revelación del mundo venidero
El día nuevo

JUAN 17
Introducción
El Padre glorificado en el Hijo
Cristo glorificado en los santos
Los santos glorificados con Cristo

 

 

PREFACIO DEL AUTOR

Esta sencilla exposición no se ha escrito con la intención de sumarse a las muchas exposiciones críticas de esta porción de las Escrituras. Para esta tarea el autor carece del conocimiento y la habilidad necesarios. El objetivo ha sido querer presentar al lector una exposición devocional sencilla, libre de cuestiones críticas, confiando en que le sea de ayuda espiritual para incentivar la meditación sobre las últimas palabras del Señor.
Hemos escogido el título «Las últimas palabras» porque es lo bastante amplio para contener la última oración y los últimos discursos. En estas últimas palabras oímos, como alguien ha dicho, «la voz de Jesús que pervive a través de los siglos, igual de nueva hoy en día como lo fuera en el aposento alto de Jerusalén. Es una voz humanamente intensa en sus tonos de empatía y afecto, pero no menos divina en revelación y autoridad».
Si con ello conseguimos atraer a los hijos de Dios hacia Aquel cuya voz oímos en las últimas palabras, no habrá sido escrita en vano.




 

JUAN 13

Introducción

El inicio de este capítulo trece nos introduce en los últimos discursos de nuestro Señor. Presenta ante nosotros la ocasión que hace suscitar estas palabras de despedida, la necesidad que tenían los Suyos de escucharlas y el motivo que indujo al Señor a expresarlas.
La ocasión fue que finalmente «su hora había llegado para que pasase de este mundo al Padre». En el transcurso del camino terrenal de nuestro Señor oímos hablar de otras horas. En Caná de Galilea había dicho a su madre: «Aún no ha llegado mi hora» (la hora de su manifestación en gloria al mundo). En Juan, capítulo 5, leemos: «Llega la hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oigan vivirán» (la hora de su gracia a los pecadores). En presencia de la enemistad del hombre leemos en dos ocasiones: «Nadie puso sobre él la mano, porque aún no había llegado su hora» (la hora de sus sufrimientos). Pero la hora que introduce las palabras de despedida tiene otro carácter, y aunque no se trate de la hora de su gracia a los pecadores ni de la hora de sus sufrimientos por ellos tampoco es la hora de su manifestación en gloria al mundo, sino la de su regreso a la gloria con el Padre, al amor y la santidad de su casa.
Los discípulos, que iban a ser dejados en un mundo de corrupción que aborrecía al Padre y rechazaba a Cristo, tenían que ser guardados del mal y seguir gozando, no obstante, de la comunión con Cristo en el hogar de amor y santidad del Padre, por lo que necesitarían este último ministerio de gracia con el consuelo, las enseñanzas y las advertencias que conlleva.
Veamos cuál fue el motivo que indujo al Señor en este último acto de gracia a pronunciar estas palabras de despedida y a ofrecer la última oración. Si la ocasión era la partida al Padre, el motivo fue su amor por los suyos. Él se va de este mundo, pero se quedan en él los que el Señor se deleita en llamar «los Suyos». Ellos son una compañía de creyentes en la tierra, pero pertenecen a Cristo en el cielo. Son el fruto de Su obra, como aquellos que el Padre le ha dado. Pueden no ser muy valiosos a los ojos del mundo, mas son tenidos en grande estima a los ojos del Señor. «Habiendo amado a los suyos… los amó hasta el fin». Al abandonarlos, Él no iba a dejar de amarlos. El amor humano suele ir a menos y en nuestros círculos solemos olvidarnos de unos, alejarnos de otros, y perdemos el interés por los demás. El profeta nos dice que una mujer puede incluso llegar a olvidar a su hijo, pero el Señor añade: «Pues aunque estas lleguen a olvidar, yo nunca me olvidaré de ti» (Is. 49:15). Si el Señor deja este mundo, Él no olvidará a los suyos ni cesará nunca de amarlos. Nuestros corazones pueden llegar a albergar resentimientos hacia Él y nuestras manos flaquearán a la hora de querer hacer lo correcto, así como nuestros pies pueden llegar a descarriarse, pero de una cosa podemos estar seguros, y es que Él nunca nos fallará. Su amor nos llevará y nos cuidará hasta el fin, y al final este amor nos recibirá en aquel hogar eterno donde no habrá corazones fríos, ni manos caídas ni pies que se descarrían.
Así, al acercarnos a las últimas escenas del Señor en compañía de sus discípulos para contemplar el último acto, escuchar las últimas palabras y la última oración, acude a nuestra mente la ocasión que suscitó este último ministerio, la necesidad imperante que había de enseñarlo y el amor que permitió su puesta en marcha.
Antes de entrar en los detalles de los últimos discursos, pueden sernos de ayuda unos pensamientos que sugieren el carácter general de las verdades que se presentan y el orden en que nos son reveladas. Se verá que en el capítulo 13 los discípulos son puestos sobre una base de relaciones nuevas en las que deben lavarse los pies entre ellos y mostrarse su respectivo amor. En el capítulo 14, las relaciones que se establecen son entre ellos y las Personas divinas: el Hijo, el Padre y el Espíritu Santo. En el capítulo 15 son puestos en unas relaciones que ellos deberán mostrar al círculo cristiano, a fin de poder llevar fruto para el Padre y testificar de Cristo a un mundo del que Él estará ausente. En el capítulo 16, reciben instrucciones para lo venidero en un camino por un mundo hostil que los odia, no los comprende y los persigue.
Vemos que en Juan 13 son lavados los pies de los discípulos; en Juan 14 sus corazones reciben consuelo y en el capítulo 15 se abren sus labios en testimonio. En Juan 16 sus mentes reciben la instrucción para no desfallecer a causa de la persecución que pudieran sufrir.
Más adelante veremos que hay un carácter progresivo en esta enseñanza. La verdad contenida en un capítulo prepara la nueva revelación del capítulo siguiente. El servicio de Juan 13 prepara a los discípulos para la comunión con las Personas divinas, tal como se ve en Juan 14. La comunión con las Personas divinas en su esfera —la de un lugar íntimo— prepara a los discípulos para que den fruto y testimonio en el mundo (la esfera externa), tal como se aprecia en Juan 15. En consecuencia, el fruto y el testimonio de Juan 15 conducen a la persecución, sobre la que el Señor prepara a los discípulos en la verdad de Juan 16. La revelación de estas verdades a los discípulos, sin embargo, no es suficiente para mantenerlos en este mundo como los representantes de Cristo. Necesitarán la oración. Con la oración al Padre concluyen los discursos en Juan 17.

El lavamiento de pies
Juan 13:2-17

Llegó un punto en que el Señor no podía continuar siendo el compañero de sus discípulos en su peregrinaje por la Tierra. En su nuevo lugar en el cielo, Él no dejará de servirlos. En las siguientes escenas de los versículos 2 a 17 tenemos un acto de gracia que, si bien da por concluido el servicio de amor del Señor hacia los suyos, predice Su futuro servicio hacia ellos cuando Él tome su nuevo lugar en la gloria. Si Él no puede tener ya parte con nosotros personalmente en el camino de la humillación, hará posible que tengamos parte con Él en su lugar de gloria. Este es el significado que juzgamos que tiene el acto de gracia del lavamiento de pies. Durante toda su vida perfecta la mente de Cristo Jesús se despojó de sí misma en el servicio de amor hacia los demás, y en este último acto, consciente de la negra sombra de la cruz, el Señor continúa despojándose a fin de servir a los suyos.
Los versículos 2 y 3 son introductorios de este humilde servicio, que por una parte nos muestran la profunda necesidad de que sea realizado y por otra la aptitud perfecta del Señor para acometerlo.
La necesidad del lavamiento de pies se manifiesta en que los discípulos serán dejados en un mundo en el que el diablo y la carne forman su combinación de una mortal hostilidad hacia Cristo. La referencia a la traición de Judas en esta escena del comienzo, así como la negación de Pedro poco después, muestra perfectamente que la carne, ya sea del pecador o del redimido, es solo material del que se vale el diablo. La indulgencia de dejar la carne sin juzgar abrió la puerta del corazón de Judas a las insinuaciones del maligno, lo que nos lleva a entender que la traición hecha a un amigo en virtud del amor sea algo compulsivo en el hombre natural, pero el deseo que se adueña del corazón para satisfacer su codicia le hace albergar pensamientos extraños a la propia naturaleza que provienen del maligno.
No es de extrañar que ante esta manifestación horrible del poder de la carne y del diablo, la perspectiva de ser abandonados en un mundo malo llenara de horror el corazón de los discípulos, con la carne dentro de uno y el diablo fuera. Pero enseguida nuestros corazones son sustentados al ser dirigidos de la carne y el diablo a Cristo y el Padre, para saber que «el Padre ha puesto todas las cosas» en manos del Hijo. Hay un gran poder en las manos del diablo, que nos odia, pero todo poder está en las manos de Cristo, que nos ama. No solo era que había sido dado a Cristo todo el poder, sino que además Él iba al lugar de poder —vino de Dios y se iba a Dios—.
Sintiendo con las más perfectas sensibilidades la traición de un falso discípulo y lo próxima que estaba la negación de otro, Él se condujo con la conciencia de que tenía en Sus manos todo el poder y que se iba a un lugar de poder. Y de la misma manera quiere que nosotros pasemos por un mundo de maldad siendo conscientes de que Él tiene todo el poder y que está en el lugar exacto para ejercerlo. No solo está el Señor en un lugar de poder pleno, sino que nos da a conocer, en la siguiente escena, que Él se deleita en utilizarlo por nosotros. Aquel que tiene todo el poder en sus manos es el mismo que tiene todo el amor en su corazón. Y el resultado viene a ser que, impulsado por un corazón amoroso, tomará en sus manos los pies sucios de sus cansados discípulos. El que es Señor de todos se convierte en sirviente de todos.
vv. 4-5. Para realizar este servicio de gracia se levanta de la cena pascual —que habla de su asociación con nosotros en las glorias del reino (Lc. 22:15-16)— para ir a hacer posible nuestra comunión con Él en las glorias del cielo. En la perfección de su gracia Él se ciñe para este último acto de servicio, y echando agua en el lebrillo empieza a lavar los pies de los discípulos y a secarlos con la toalla que llevaba ceñida.
vv. 6-7. «Llegó, pues, a Simón Pedro». Si hay quienes aceptan el servicio del Señor con un silencio atónito, Pedro, impelido por su fuerte carácter, verbaliza todos sus pensamientos. Tres veces habló y tres veces puso en evidencia su ignorancia de la mente del Señor, y sus primeras palabras no hacen sino menospreciar el servicio humilde de Jesús. A continuación expresa un completo rechazo, y las últimas palabras que pronuncia se someten tan impulsivamente a este servicio que parecen querer restarle significado. Como alguien ha dicho: «si somos reprendidos por los errores de los discípulos también somos instruidos con las respuestas que los corrigen». En la respuesta del Señor vemos el profundo significado espiritual que tiene este último acto de servicio.
Pedro no podía comprender que el Señor de gloria se rebajara a lavar los pies de aquellos díscolos. Por ello, lo primero que pronunció fue: «Señor, ¿tú me lavas los pies a mí?» El Señor le contesta: «Lo que yo hago, tú no lo comprendes ahora; mas lo entenderás después». En aquel momento vemos que los discípulos no tenían la posibilidad de discernir el significado espiritual de esta acción. Pero a partir de ese instante, cuando hubiera venido el Espíritu, todo se aclararía. Este acto de humildad suprema del Señor no se hizo, como suele pensarse, para enseñar una lección de humildad. No pasaría más tiempo sin que Pedro pudiera discernir la sumisión de este acto, pues sus propias palabras dan a entender que lo que más ejercitaba su mente en aquel momento era la humildad del Señor.
v. 8. Inalterado por la respuesta de Jesús, que había querido avisarle que guardara silencio hasta recibir más luz, Pedro sigue adelante: «No me lavarás los pies jamás». El Señor, en su paciente gracia y pasando por alto este desaire corrige el impulso de Pedro: «Si no te lavo no tendrás parte conmigo». Ahora que el Espíritu nos ha sido dado, nos damos cuenta de que esta respuesta concisa presenta el significado espiritual del lavamiento de pies, y viene a simbolizar el servicio actual del Señor con el que quita de nuestros espíritus todo aquello que impide el tener parte con Él.
Observemos que el Señor no dice parte en mí. Desde luego que el servicio de lavarnos los pies es algo precioso, pero no puede nunca asegurarnos la parte en Cristo, ya que para ello se precisaba la gran obra de la cruz que, una vez que ha sido cumplida, no puede volver a repetirse. Por medio de esta gran obra el creyente tiene asegurada para siempre su parte en Cristo. El lavamiento de pies es la presentación simbólica, en la Tierra, de un servicio que continúa en el cielo y que permite a los creyentes mantener la comunión con Cristo en el cielo. ¿Acaso las palabras parte conmigo no significan poder tener comunión con Él en aquella escena de afecto santo en la casa del Padre? He aquí, pues, el hecho bienaventurado de que el Señor se acerca y tiene comunión con nosotros en nuestros hogares, como en aquella ocasión en que Él entró en la casa de Emaús; pero el tener parte con Él conlleva el pensamiento aún más bienaventurado de que podemos tener comunión con Él en Su casa, tal como sucedió con los discípulos de Emaús aquella noche que encontraron al Señor en medio de los santos reunidos en Jerusalén. ¿No presentan las palabras del Señor esta misma verdad con Laodicea: «Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo»?
Parece ser que el lavamiento de pies no es un símbolo exclusivamente del servicio de nuestro Señor como abogado, ni de su gracia intercesora, si bien participa en realidad de la naturaleza de ambos. La obra intercesora del Señor tiene presente nuestras debilidades y la abogacía trata con los pecados reales. El lavamiento despierta nuestra alma dormida y aviva los afectos apagados que se suscitan en medio de los quehaceres diarios y pueden enfriar la comunión con Cristo. El cansancio y la flaqueza del cuerpo pueden impedir que seamos testigos de Cristo. Por ello mismo, su gracia intercesora se muestra activa para apoyarnos en nuestras debilidades. Nosotros podremos venirnos abajo y pecar, dejar de ser aptos en el testimonio de Cristo, pero entonces el Abogado vendrá a restaurar nuestra alma. Si a pesar de todo (y aunque no haya nada que hable a la conciencia) nuestro afecto se enfría, se creará un serio obstáculo en la comunión con Cristo, por lo que entonces cobra sentido el servicio del lavamiento para quitarlo de en medio. Sin embargo, hay otra diferencia entre la abogacía y el lavamiento, y es que en tanto que la abogacía restaura nuestras almas a la posición en la que nosotros estamos, el lavamiento restaura nuestro espíritu a la comunión con Cristo en la posición en la que Él está.
Durante los días del peregrinaje de Israel incumbía a los sacerdotes lavarse los pies antes de entrar en el tabernáculo. Si bien ya eran aptos para el pueblo, el campamento y el desierto, una aptitud para estar ante la presencia del Señor solo podía conseguirse con el lavamiento de pies. Para este fin se encontraba la fuente frente a la puerta del tabernáculo (Éx. 30:17-21; 40:30-32).
vv. 9-11. ¿Cuál es, entonces, la naturaleza de este servicio simbolizado por el lavamiento de pies? La respuesta dada a Pedro en su primera réplica demuestra que tiene un significado espiritual. La respuesta a su segunda réplica nos habla de su finalidad, y con la respuesta a su última réplica se indica de manera más diáfana la naturaleza o la manera del servicio. Después de entender algo mejor la bendición que supone el lavamiento de pies, Pedro se echa atrás en su admisión de que el Señor no le lavará nunca, e inducido por el verdadero afecto que tiene por Él y su característica impulsividad, le dice: «Señor, no solo mis pies, sino también las manos y la cabeza». Pese a que este comentario pueda revelar cierta ignorancia, expresa en realidad un afecto que valora la parte con Cristo.
El Señor le responde: «El que está lavado, no necesita sino lavarse los pies, pues está todo limpio». El efecto purificador de la Palabra de Dios en las Escrituras se utiliza como símbolo frecuente del agua. En la conversión, la Palabra es aplicada por el poder del Espíritu, y produce un profundo cambio al impartir una naturaleza nueva que altera completamente los pensamientos, las palabras y las acciones del creyente (un cambio que el Señor explica con todos lavados). Este gran cambio no puede volver a repetirse, pero aquellos que están todos lavados sí pueden sentir desánimo en su espíritu. De la manera en que la suciedad del camino se adhiere a los agotados pies del viajero, del mismo modo el creyente, que está en contacto con la rutina diaria, las obligaciones de su hogar y las presiones de la vida laboral experimenta, en su continuo conflicto con el mal, el cansancio de espíritu y ve que la comunión con las cosas de Cristo es estorbada. No se trata de que haya hecho algo de lo que su conciencia le redarguya, instándole a la confesión y a la obra mediadora del Abogado, sino que su espíritu está cansado y necesita ser vigorizado con el mismo vigor que Cristo se complace en darnos si andamos cogidos de su mano. Al volvernos a Él, nos dará fuerzas para el alma presentándose ante nosotros en todas sus perfecciones por medio de la Palabra. Con las respuestas que el Señor, en su gracia, da a Pedro, conocemos el carácter espiritual de este servicio, su finalidad y el modo en que se lleva a cabo.
Pero había alguno allí presente para el cual no significaba nada, pues el Señor tiene que decir: «Vosotros estáis limpios, aunque no todos. Porque sabía quién le iba a entregar, por eso dijo: «No todos estáis limpios». El traidor nunca había sido todo lavado. No estaba regenerado, y por ello nunca iba a sentir la necesidad ni a conocer el refrigerio del servicio del Señor manifestado en gracia.
vv. 12-17. Habiendo terminado el servicio y volviendo a tomar su asiento a la mesa, el Señor da más instrucciones en cuanto al lavamiento de pies. Aunque es en esencia un servicio propio, tiene no obstante tal naturaleza que Él puede realizarlo mediante la intercesión de otros. De esta manera nosotros estamos bajo una obligación, dado que lo tenemos como privilegio, de lavarnos los pies unos a otros. Un servicio bendito que se realiza sin ánimo de querer corregir al otro (por necesario que sea en ocasiones), y mucho menos por querer encontrar la falta ajena, sino que se realiza para ministrar a Cristo unos a otros, pues solo un ministerio de Cristo traerá vitalidad al alma cansada. Años después de la escena del aposento alto, Pablo nos cuenta que una de las virtudes de una viuda piadosa es la que ella muestra lavando los pies de los santos (1ª Tim. 5:10). Esto no quiere decir que al lavar los pies ella se limitaba a reconvenir el mal o a corregir las faltas de los demás, sino que ofrecía refrigerio a los espíritus desmayados de los santos que venían con un ministerio de Cristo. ¿No lavó Onesíforo los pies del apóstol Pablo y dice este de él que «muchas veces me confortó, y no se avergonzó de mis cadenas» (2ª Tim. 1:16)? ¿No cumplió Filemón con esta obligación para con sus hermanos, de modo que Pablo dijo de él «por medio de ti, oh hermano, han sido confortados los corazones de los santos» (Flm. 1:7)? ¿No estaba llevando a cabo este bendito servicio el mismo Señor cuando habló a su fatigado siervo Pablo de noche diciéndole «no temas… porque yo estoy contigo» (Hch. 18:9,10)?
El lavamiento de pies no solo administra el refrigerio al alma cansada, sino que además da regocijo al corazón del que realiza este servicio, pues el Señor dice: «Si sabéis estas cosas, dichosos sois si las ponéis en práctica».

La salida del traidor
Juan 13:18-30

Para recibir comunicaciones espirituales se requiere tener una condición espiritual. Por ello se precisaba del lavamiento de pies para preparar a quienes querían escuchar las últimas palabras del Señor, tan ricas en verdades divinas y consuelo espiritual. Había uno que estaba presente, pero que sin embargo no había sido todo lavado y para quien el lavamiento de pies no produciría ningún efecto ni las enseñanzas del Señor iban a significar nada. La presencia de Judas, que urdía en el corazón la traición que estaba por llegar, arroja su negra sombra sobre la pequeña compa-ñía. Antes de que el Señor pudiera comunicar las últimas instrucciones, antes siquiera de que pudieran ser recibidas por los discípulos, Judas de-bía salir del aposento alto y adentrarse en la noche.
vv. 18-20. La manera como fue quitado de su centro demuestra lo solícito que se mostró el Señor con los suyos. La traición de Judas, conocida largo tiempo por Jesús, es revelada con delicadeza a los discípulos. Durante el lavamiento de pies el Señor hizo una alusión a Judas que por lo visto había pasado desapercibida a los once. Pero entonces dice con más claridad: «No hablo de todos vosotros; yo sé a quienes he elegido». Había en aquel lugar un círculo íntimo de los compañeros escogidos por el Señor a los que Él iba a revelar los secretos de Su corazón. Pero se encontraba presente uno que no tenía parte en aquel círculo escogido, alguien de quien la Escritura dice: «El que come pan conmigo, levantó contra mí su calcañar».
Esta revelación hubiera sido, desde luego, como un golpe para los discípulos y una prueba para su fe. La razón incrédula podía haber alegado su ignorancia de que el traidor estuviese presente y que Jesús lo supiera, dudando así de que fuera realmente el Señor de la gloria. No obstante, el Señor desecha tales razonamientos y afirma la fe de ellos revelándoles con antelación la cercana traición: «Desde ahora os lo digo antes de que suceda, para que cuando suceda, creáis que yo soy». Y mediante la traición de Judas, ellos tendrían nuevas evidencias de que es, en realidad, el gran YO SOY para todos los que le conocen y saben que para Él el futuro es lo mismo que el presente. Por una parte, la presencia y traición del conspirador no vulnerarán la gloria del Señor, y por otra la baja de uno que se contaba entre los doce no invalidará la comisión del remanente de los once. Esta comisión permanecerá con toda su fuerza, y así el Señor dirá: «El que recibe al que yo envíe, me recibe a mí; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió». En vista del terrible pecado de Judas, la gloria del Señor no es apagada y la comisión de los once es intocable.
vv. 21-22. Se necesitará un recurso más para hacer ver a los discípulos la terrible realidad de esta revelación y expulsar a Judas de su centro. El Señor, entonces, les cuenta llanamente cuál es la naturaleza de este pecado y les revela finalmente al hombre que lo cometerá. Estas revelaciones acaban por conmover el espíritu del Señor: «Se turbó en su interior, y dio testimonio, diciendo: De cierto, de cierto os digo, que uno de vosotros me va a entregar». Los discípulos llegan a saber, en un lenguaje que no se presta al error, que uno de ellos está a punto de traicionarle. Deben hacer frente al hecho terrible de que aquella ocasión que un mundo hostil estaba buscando —y que no la hallaba por causa del pueblo— se estaba suscitando entre ellos en la persona de alguien que no temía a Dios ni al pueblo, de alguien que se había hecho pasar por discípulo del Señor, que había sido día tras día su compañero, que había visto realizar todas sus obras de poder y que escuchaba, sin aflorar ningún sentimiento en él, sus palabras de gracia y amor. Una revelación así perturbó el espíritu del Señor y dio origen a las preguntas que con mucha angustia hacían los discípulos mientras se miraban unos a otros, dudando de quién estaba Él hablando. Pero con mirarse no iban a conseguir solucionar esta solemne cuestión.
v. 23. El traidor está presente y se da cuenta al momento de que el Señor le descubre. Sin embargo, no manifiesta ninguna señal que le delate ante los demás, que se vuelven al Señor buscando el alivio en medio del suspense. El discípulo que le pregunta a Jesús es alguien muy cercano a Él. Aquel que está más cerca es descrito como «uno de sus discípulos, al cual Jesús amaba». Sabedor del amor con que le ama el Señor, Juan se inclina sobre el pecho de Jesús con absoluta confianza. El hombre cuyos pies habían estado momentos antes entre las manos de Jesús, reclina la cabeza sobre su pecho de amor en una posición de comunión íntima, como lícito resultado de un lavamiento realizado por unas manos amorosas.
vv. 24-25. Simón Pedro, el discípulo de acalorado corazón que parece insinuar constantemente con sus maneras «yo soy el discípulo que ama al Señor» estaba sentado algo lejos para preguntarle, y le hace señas a Juan para que le diga de quién podía tratarse. Juan le pregunta simplemente: «Señor ¿quién es?».
v. 26. El Señor enseguida responde: «Aquel a quien dé este pedazo de pan que voy a mojar en el plato» (NVI). Hay quien ha señalado que la fuerza de las palabras del Señor queda oscurecida en nuestra versión inglesa de la Biblia —como pasa con la versión Reina-Valera en castellano (NdelT)—. No es este pedazo sino el pedazo, en referencia a un hábito determinado de ofrecer a un huésped distinguido el bocado más suculento de la fiesta, especialmente preparado para él. El Señor reafirma sus palabras al darle el bocado a Judas Iscariote, y así no solo queda vaticinada la traición sino que el mismo traidor es puesto en evidencia.
v. 27. La codicia había abierto una vía en el corazón de Judas para las insinuaciones del diablo, y este toma posesión de él. Si quedaba algún resquicio de vergüenza en la conciencia de Judas, algún sentimiento que le hiciera encogerse frente al pecado que iba a cometer, todo permanece bajo un manto de silencio. Satanás entra en él y a partir de ese momento, sin dudarlo, Judas viene a ser el instrumento impotente de sus designios, llegando a un punto sin retorno. El Señor tiene que decirle: «Lo que vas a hacer, hazlo más pronto».
vv. 28-30. Atónitos como quedaron los once, al parecer, por esta terrible revelación, no llegan a entender el significado de las palabras del Señor, pues al haberle confiado a Judas la bolsa para la fiesta, el juicio que ellos se forman es que Jesús le estaba diciendo que tenía que apresurarse para cubrir las necesidades para la fiesta o para el alivio de los pobres. Pero Judas sí le entiende, ya que la presencia del Señor se vuelve insufrible para este energúmeno, y tan pronto como prueba el bocado se levanta y, sin mediar palabra, sale al exterior, a la noche, para acabar de pasar momentos después a una noche aún más densa, de la que ya es imposible regresar.
Se suele observar en cuanto a esta escena solemne que no hay ninguna denuncia hacia Judas, ni recibe ningún reproche ni orden alguna de abandonar el lugar, y tampoco se le pide que se vaya de allí. La presencia del falso es puesta de manifiesto. Se vaticina el pecado que está a punto de cometer, se indica al autor, y luego, en medio de un terrible silencio, abandona aquella luz demasiado escrutadora, aquella Presencia santa insufrible y sale a la noche que no aguarda su alba. Recordemos que si no fuera por la gracia de Dios y la preciosa sangre de Cristo todos y cada uno de nosotros habríamos seguido a Judas en la noche.

Dios glorificado en Cristo
Juan 13:31-38

La negra sombra que envolvía a la pequeña compañía se disipó con la salida de Judas. El agitado espíritu del Señor respiró tranquilo y cesaron las preguntas de los discípulos. Las palabras «luego que salió» son el punto de inflexión. Judas abandonaba la luz del aposento alto y pasaba a las tinieblas del mundo exterior. La luz brilla con tanta más intensidad una vez que ha salido, del mismo modo que las tinieblas de afuera toman más cuerpo al notar su presencia. La puerta que se cerró sobre el traidor rompió el último vínculo entre Cristo y el mundo. El aire se vuelve más respirable, y en soledad con los discípulos el Señor tiene libertad para revelarles los secretos de Su corazón.
vv. 31-32. El señor parte para ir con el Padre, y los Suyos serán dejados como testigos de Cristo en un mundo que le ha rechazado. En el curso de estos últimos discursos los discípulos entrarán en contacto con el cielo (v.14); recibirán instrucción acerca de cómo dar fruto en la tierra (v.15); y serán fortalecidos para resistir la persecución del mundo (v. 16). Estos privilegios y honores tan altos requieren una obra preliminar de parte de Cristo que ha de preparar mientras sigue con ellos. El discurso se inicia con la presentación de Dios glorificado en Cristo en la tierra, con Cristo glorificado como Hombre en el cielo; y con los santos, como aquellos que son dejados en la tierra para glorificar a Cristo. Estas grandes verdades preparan el camino para todas las sucesivas revelaciones.
Todo tipo de bendiciones dadas al hombre, al cielo y a la tierra a través de las edades eternas descansan sobre las verdades fundamentales del comienzo de este discurso. El Señor se presenta como Hijo del Hombre, y en relación a este título anuncia tres verdades de una importancia vital. En primer lugar, «Ahora ha sido glorificado el Hijo del Hombre»; después, «Dios ha sido glorificado en Él»; y por último, «Dios le glorificará en Sí mismo».
No nos daremos ninguna prisa en avanzar. Antes conoceremos el profundo significado de estas verdades, y si tomamos posesión de ellas por la fe formarán en el alma una base sólida que nos hará crecer espiritualmente y seremos bendecidos.
«Ahora es glorificado el Hijo del Hombre». Tenemos ante nosotros la perfección infinita del Hijo del Hombre, el Salvador. Se hace referencia a su sufrimiento en la cruz, y se declara que en estos sufrimientos el Hijo del Hombre es glorificado. Glorificar a una persona es ver exhibidas todas las cualidades que le exaltan, y en la cruz se exhibieron todas las infinitas perfecciones del Hijo del Hombre como nunca lo habían sido.
En el capítulo 11 de Juan leemos que la enfermedad de Lázaro era «para la gloria de Dios, y que el Hijo de Dios sea glorificado por medio de ella». En aquel entonces, la gloria del Hijo de Dios se exhibió cuando resucitó a un hombre de la muerte, y en el asunto que nos ocupa la gloria del Hijo del Hombre avanza hacia la muerte. El poder sobre la muerte hace exhibición de la gloria del Hijo de Dios, y el sometimiento a la misma exhibe la gloria del Hijo del Hombre.
Como contestación al deseo que tenían los gentiles de ver a Jesús, el Señor les dijo: «Ha venido la hora de que el Hijo del Hombre sea glorificado». Allí el Señor anticipaba las glorias del reino, pero aquí habla de las glorias de la cruz, mucho más profundas. En el futuro, Él recibirá como Hijo del Hombre el dominio y la gloria y el reino eterno, y en aquel día brillante toda la tierra será llena de su gloria (Dan. 7:13,14; Sal. 72:19). Aun así, las glorias excelentes del reino venidero no superarán, ni mucho menos igualarán, sus más profundas glorias como el Hijo del Hombre en la cruz. La gloria de su trono terrenal es superada por la gloria de la vergonzosa cruz. El reino exhibirá sus glorias oficiales, mientras que la cruz es un testimonio de sus glorias morales. En el tiempo de su reinado «todos los imperios le servirán y obedecerán», siendo sometidas todas las cosas a Él como Hijo del Hombre. En el tiempo de su sufrimiento, fue el Hombre obediente y sujeto. Cada huella de su camino testificó de sus glorias morales, que no podían ser ocultadas, pero en la cruz estas glorias resplandecieron con un lustre total. Aquel que aprendió la obediencia en cada paso del camino fue finalmente probado por la muerte, y fue hallado «obediente hasta la muerte, y muerte de cruz». La perfecta sujeción a la voluntad de su Padre, que fue lo que distinguió su camino, no puede menos que exhibirse en toda su plenitud en medio de las cercanas sombras de la cruz, momento en que Él dijo: «Hágase tu voluntad». Cada una de sus pisadas fue un testimonio del perfecto amor al Padre, pero el testimonio supremo de su amor lo vemos cuando, al tener en vista la cruz, dijo: «Para que el mundo conozca que amo al Padre, actúo como el Padre me mandó». Su naturaleza santa no fue mancillada porque el mundo de pecado que atravesó no la pudo mancillar, y brilla en toda su perfección en el momento en que anticipaba ya la agonía de tener que ser hecho pecado: «Si es posible, pase de mí esta copa».
Con toda razón, sus glorias morales, obediencia, sujeción, amor, santidad y toda otra perfección tienen su manifestación más brillante en la cruz, donde recibieron cumplimiento las palabras del Señor: «Ahora es glorificado el Hijo del Hombre».
Esta primera afirmación nos da la seguridad de la infinita perfección del Hijo del Hombre, de nuestro Salvador, de Aquel que glorificó a Dios como el gran sacrificio propiciatorio. Cuanto más nos apropiemos del significado de dicha afirmación, que nos habla de las perfecciones de Jesús, nos daremos más cuenta de cuánto se merece que pongamos nuestra confianza en Él. Al tener ante nosotros dicha perfección, nadie podrá decir que tuviera siquiera la mínima imperfección que hiciera imposible poder confiar en Él. Cuando sus perfecciones se muestran plenamente a la luz, le revelan como alguien totalmente hermoso y con cada uno de los rasgos que le hacen merecedor de nuestra confianza.
Al dirigir nuestra mirada al Hijo del Hombre en la cruz, y verle glorificado por causa de todas las infinitas perfecciones que exhibe, nos hallamos preparados para la segunda afirmación: «Dios es glorificado en Él». Todos los demás habían deshonrado a Dios, pero al final hay quien no lo hizo: el Hijo del Hombre. Moralmente perfecto y capaz de llevar a cabo una obra que glorificara a Dios, debía por ello ser hecho pecado y bajar al lugar de la muerte. Los cielos declaran la gloria de Dios como Creador, de todo su poder y sabiduría infinitos, pero no pueden declarar la gloria de su Ser moral. Para que esto fuera así, el Hijo del Hombre debía sufrir y hacer llegar a Dios con sus sufrimientos la exaltación de sus atributos. Con la cruz es vindicada la majestad de Dios, la verdad de Dios es mantenida, y se ve la justicia divina en el juicio sobre el pecado. La santidad que demandaba dicho sacrificio, y el amor que hizo provisión de él, brillan con todo su lustre. El Hijo del Hombre ha glorificado a Dios con sus sufrimientos.
Esta obra magna nos dirige a la verdad de la tercera afirmación: «Si Dios ha sido glorificado en él, Dios también le glorificará en sí mismo, y en seguida le glorificará». Si Dios ha sido glorificado en Cristo, Dios nos dará una prueba eterna de su satisfacción con lo que Cristo ha hecho. Cristo glorificado como Hombre en la gloria es la única respuesta adecuada a su obra en la cruz, y constituye la prueba eterna de la satisfacción de Dios con esa obra.
En la primera afirmación ahora es glorificado el Hijo del Hombre vemos la perfección del Hijo del Hombre. En la segunda afirmación Dios ha sido glorificado en Él la perfección de su obra., y en la tercera afirmación Dios le glorificará en Sí mismo vemos la perfecta satisfacción de Dios con esa obra. Nosotros tenemos un Salvador perfecto que ha hecho una obra perfecta para la perfecta satisfacción de Dios. Otros pasajes de las Escrituras nos dicen que este Salvador perfecto, su obra perfecta y la perfecta satisfacción de Dios están a disposición de todos, por cuanto leemos: «Se dio a sí mismo en rescate por todos». La perfecta satisfacción de Dios en Cristo y su obra le permiten a Dios decir: «Por medio de este Hombre se os anuncia perdón de pecados».
v. 33. La glorificación del Hijo del Hombre implica separarse de sus discípulos. El Señor, con una perfecta comprensión, entra en el dolor que llena sus corazones frente al pensamiento de que van a ser privados de Aquel a quien han aprendido a amar. Una y otra vez les hará referencia a la inevitable partida con un tacto humanamente tierno, y preparará sus corazones ante Su venidera separación de aquella comunidad terrenal (cp. Juan 14:4,28,29; Juan 16:4-7,16,28).
Anteriormente, el Señor nunca se ha dirigido a los discípulos como «hijitos». En el idioma original es una palabra de cariño y de compasión. Así, con tierna solicitud aborda la cuestión de la cercana partida. Todavía un poco y Él estaría con ellos. El Señor regresaba a la gloria por un camino que nadie más podía recorrer. Más adelante sí iban a poder recorrerlo, incluso mediante el padecimiento de la muerte como mártires, pero no podían ir a la muerte en el modo que el Señor la experimentaría, es decir, como el castigo por el pecado. Era un camino del que el Señor dice: «Adonde yo voy, vosotros no podéis venir».
vv. 34-35. Esta partida significaba que los discípulos serían privados del lazo fuerte de la presencia de Aquel que ellos amaban. Por ello, el Señor les da un mandamiento nuevo: «Que os améis unos a otros; como yo os he amado». Se ha dicho que el Señor habla aquí de este mandamiento que era nuevo, en contraste con el viejo mandamiento que tan bien conocían estos discípulos judíos: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». El mandamiento nuevo es: «Que os améis unos a otros; como yo os he amado». Cristo amó con un amor que, aunque nunca fue indiferente al mal, triunfó sobre todo su poder. Si nosotros nos amamos unos a otros conforme al modelo del gran amor de Cristo, no sufriremos ver el mal en el otro sino que hallaremos la manera de tratar con este sin dejar de amarnos. Nada que no sea el lazo del amor, y que se ajuste al modelo divino, podrá mantener unida una compañía de gente que tiene personalidades tan distintas, rasgos bien diferenciados de carácter y distintos temperamentos. Una compañía que destaca por este amor pasaría de manera tan desapercibida en una escena gobernada por la ambición y el egoísmo que el mundo se daría cuenta de que alguien así debía de ser discípulo del Señor. El mundo no sabe apreciar la fe y la esperanza que tiene el círculo cristiano, pero al menos puede ver y admirar, si no imitar, su amor divino y sus resultados. Una compañía que se ama con un amor tan notable, conforme al modelo de Cristo, se convertirá en su testigo en un mundo del que Él está ausente, para que Cristo, que está glorificado con el Padre en el cielo, sea glorificado en los santos en la tierra.
vv. 36-38. La escena concluye centrándose en Pedro, pero con una advertencia para toda la compañía. Si los discípulos se quedaban para glorificar a Cristo, no debían olvidar que todos y cada uno de ellos tenía la carne siempre dispuesta a negar a Cristo. Simón Pedro parece hacer caso omiso del nuevo mandamiento, y pensando en la partida del Señor le pregunta en un tono que se resistía a comprenderle: «Señor, ¿adónde vas?» El Señor le contesta: «Adonde yo voy, no me puedes seguir ahora; mas me seguirás más tarde». El Señor tenía que sufrir la muerte como mártir en manos de hombres malvados, pero algo más terrible para su alma santa era que tenía que ir a la muerte como la Víctima bajo la mano de Dios. Este era, en efecto, el camino que solo Él podía emprender, y por el que Pedro no podía seguirle. Pero con el paso del tiempo iba a tener el honor de seguir al Señor en el camino del martirio.
Confiado en su amor por el Señor, Pedro afirma autocomplaciente: «Mi vida pondré por ti»; y recibe la solemne advertencia: «De cierto, de cierto te digo, no cantará el gallo antes que me hayas negado tres veces». Si la carne de un falso discípulo puede traicionarle, la carne del verdadero discípulo puede negarle. No olvidemos que el amor del Señor triunfó por encima de la negación de Pedro. Como hemos leído: «Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin». Nosotros podemos negar al Señor engañados por nuestra confianza en el yo, pero seguimos siendo amados por Él con un amor que nunca nos abandonará.



 

JUAN 14

Introducción

La escena solemne y las graves palabras de Juan 13 constituyen un buen preludio para el discurso de Juan 14. En el capítulo trece hemos visto cómo ha quedado expuesta la total corrupción de la carne, tanto en el falso discípulo como en el verdadero. Si el Judas carnal prefiere una insignificante suma de plata antes que al Hijo de Dios, será capaz de traicionar al Señor con la más vil de las delaciones aprovechándose de Su prueba de amor. Con Pedro aprendemos que la carne del creyente busca la credibilidad profesando el amor y la devoción a Cristo. El hombre carnal no es otra cosa que simple barro en manos del diablo, y cuando la carne de los santos no es juzgada se convierte en un material muy maleable para él.
Un mal insospechado en el círculo de los doce, la sombra de una pérdida aun mayor que iban a experimentar, y la premonición de una negación anticiparon el desastre sobre la pequeña compañía. Uno de ellos, el que lo va a traicionar, ha salido a la noche. El Señor va adonde ellos no pueden ir. Pedro pronto negará a su Maestro, y la pena, por no decir la confusión que siente el alma acecha con fuerza en los atribulados corazones de los discípulos, como la sombra de sucesos venideros que avanza sigilosamente entre ellos.
Pedro, que hasta este punto había sido muy imprudente, está ahora callado. En estos últimos discursos no vamos a oír más su voz. Por ahora todos permanecen silenciosos en presencia de la partida del Señor que va a ser revelada, de la traición de Judas y de la negación inminente de Pedro. Oímos en este punto la voz del Señor rompiendo el silencio con unas palabras que llegan al alma: «No se turbe vuestro corazón», y que debieron de ser un bálsamo de consuelo infinito para los corazones de esta compañía abatida por el dolor. Pero aunque el Señor hable solo a once, recordemos lo que alguien dijo una vez: «la audiencia es más numerosa de lo que parece». En primer plano están los once, detrás la Iglesia universal. Los oyentes son hombres como nosotros que representan a otros. Son muy estimados por el Señor como personas, como demuestra su lenguaje afectuoso, y son preciosos a sus ojos como representantes de todos «los que han de creer en mí por medio de la palabra de ellos».
Este discurso destaca de manera principal porque respira consuelo y aliento para los corazones turbados. Comienza con esas dulces palabras, que poco antes de terminar volvemos a escuchar enteras: «No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo».
Los afanes de la vida diaria no son aquí el foco principal de estudio, aunque parezca que el Señor quiera aligerarla de ellos con estos delicados términos. Se trataba de la turbación del corazón que perdía a Aquel cuyo amor había ganado el afecto de ellos. Un poco más adelante, el Señor les dice: «Ahora voy al que me envió… porque os he dicho estas cosas, la tristeza ha llenado vuestro corazón». La turbación era la causante de que estos corazones satisfechos con la presencia de Cristo sintieran ahora, apenados por su ausencia, el dolor de la prueba al ver cómo eran dejados en un mundo malo.
Para curar esta turbación, el Señor nos eleva por encima del pecado de los hombres y del fracaso de los santos a la comunión de las Personas divinas, a las que nos une por medio de la fe con Aquel en el lugar adonde ha ido. Nos establece en unas relaciones con el Padre en el cielo y nos pone bajo el control del Espíritu Santo en la tierra. Para consolar nuestros corazones, somos establecidos en unas relaciones con cada una de las Personas divinas: el Hijo (1-3), el Padre (4-14) y el Espíritu Santo (15-26).
Mientras discurren los discursos veremos exhortaciones en cuanto a la manifestación de fruto y al testimonio en un mundo del que solo podemos esperar que nos aborrezca, nos persiga y nos cause problemas. Por eso mismo, somos llamados a hacer frente a la oposición de un mundo en el plano exterior y llevados a la comunión con las Personas divinas en una escena íntima. La comunión santa de ese hogar en nuestra intimidad nos da la preparación que necesitamos para hacer frente a las pruebas del mundo exterior.

Los discípulos en relación con Cristo
Juan 14:1-3

El discurso se inicia con las delicadas y conmovedoras palabras «No se turbe vuestro corazón». Solo el Señor podía pronunciarlas en gracia ante la solemnidad del momento. Justo antes había predicho la triple negación de Pedro, y por cuanto esta predicción iba precedida por las palabras «me seguirás más tarde» va seguida poco después por estas otras: «No se turbe vuestro corazón». Conociendo de primera mano la traición que había cometido Judas y la negación de Pedro, los discípulos tenían todos los motivos para sentirse turbados.
En esta primera parte del discurso el Señor habla de tres cosas que pueden quitar del corazón nuestra turbación. En primer lugar, se sitúa ante nosotros como el Objeto de fe en la gloria: «Creéis en Dios… (creemos en el Dios que jamás hemos visto y ahora el Señor se apartará de la vista de ellos para pasar a la gloria), …creed también en mí». Como Hombre en la gloria, Cristo viene a ser nuestro recurso y nuestra áncora del corazón. Todo lo que es terrenal nos decepcionará y el mundo no dejará de tentarnos, como la carne, que mirará de traicionarnos, pero Cristo en la gloria seguirá siendo el recurso inagotable de nuestra fe. Como alguien ha dicho: «no existe consuelo duradero fuera de Cristo». Unos leales amigos cristianos y una familia que nos quiera, unas circunstancias favorables, una buena salud y unas óptimas perspectivas de futuro son todo producto de esta tierra, y por este mismo motivo están abocados al fracaso, pero solo Cristo en la gloria es en quien la fe descansa y encuentra el recurso inagotable para su pueblo mientras dure la dilatada noche de su ausencia.
v. 2. Acto seguido, y a fin de consolar nuestros corazones, el Señor nos revela el nuevo hogar: «En la casa de mi Padre hay muchas mansiones; si no, ya os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros». Además de tenerlo a Él como único recurso en la gloria, tenemos la casa del Padre como nuestro hogar de residencia. Tomemos nota de que la palabra mansiones significa realmente moradas, es decir, un hogar del que nunca más saldremos una vez hayamos entrado, y allí es donde moraremos. En la tierra no tenemos ninguna residencia duradera, somos peregrinos y extranjeros aquí. Nuestro hogar de morada está en la casa del Padre, donde hay muchas habitaciones. En la Tierra no hubo sitio para Cristo, y dispusieron de muy poco aquellos que eran de Él, pero en la casa del Padre hay sitio para todos los que son de Cristo, grandes y pequeños. Si no fuera así, Él se lo habría dicho a los discípulos. No los habría reunido apartándolos de este mundo si en realidad no los estuviera guiando a una escena de felicidad bien conocida por Él, como era la casa del Padre. En la cruz preparó a su pueblo para dicho lugar, y hacia allí iba, a fin de preparar con Su presencia en la gloria el lugar para su pueblo. Somos transportados de esta evanescencia terrenal hasta las escenas cambiantes del tiempo para entrar en espíritu en un mundo mejor y encontrarnos con un hogar preparado en la casa del Padre.
v. 3. Después, el Señor pone ante nosotros, para consuelo de nuestros corazones, su venida para recibirnos en el hogar. Cuando sea oportuno veremos otros pasajes que nos revelarán el orden de los acontecimientos en relación a su venida, pero ahora veremos lo que significa el gozo supremo de que Él venga y dé por terminado nuestro peregrinaje en este desierto. Su venida curará todos los cismas del pueblo de Dios y reunificará a los santos dispersados y divididos. Pondrá fin al sufrimiento, a las pruebas y a las labores denodadas de su pueblo. Nos sacará de una escena de tinieblas y muerte para mostrarnos la entrada a un hogar de luz, vida y amor. Y por encima de todo, nos introducirá en la compañía de Jesús para que gocemos de ella: «Os tomaré conmigo, para que donde yo estoy vosotros también estéis». ¿Qué sería el cielo si no estuviera Jesús? Sin ninguna duda, será algo muy bendito hallarnos en una escena donde «nunca más habrá muerte, ni dolor ni llanto», donde abundarán la santidad y la perfección, pero si Jesús no estuviera presente el corazón no estaría satisfecho. La felicidad suprema de su venida es que nosotros estaremos con Él. Mientras tanto nos acompaña por este tenebroso mundo de muerte, y en la casa del Padre estaremos con Él en un hogar de vida eternal.
El más noble aspecto de su venida es el que también nos revela los anhelos secretos de su corazón. De las palabras del Señor se desprende un profundo deseo de querer tener a su pueblo consigo para su gozo y satisfacción. Si tenemos nuestro tesoro en el cielo, su tesoro lo tiene Él en esta tierra. Cristo se ha ido, pero el corazón de Cristo sigue aquí. Como alguien dijo una vez: «si su corazón está aquí Él no puede estar lejos». Con qué consuelo llenan estos primeros versículos los corazones turbados. Cristo es en la gloria nuestro recurso inagotable. Allí tenemos un hogar que nos espera y un Hombre que nos está aguardando.
Veamos también qué bendición se desprende de las enseñanzas del Señor, y lo poco que se asemejan a las maneras de enseñar del hombre. En breve nos instruirá en cuanto al viaje a través de este mundo y nos avisará acerca de las pruebas y persecuciones, pero antes que nada nos revela su fin glorioso. Deberíamos esperar hablar de estos temas tan elevados al final de este discurso; sin embargo, el Señor utiliza una manera mejor y más perfecta de revelárnoslos. No dejará que hagamos el viaje solos a través de un mundo hostil hasta no haber dado la seguridad a nuestros corazones de que tenemos un hogar de residencia con Él en la casa del Padre, ya que quiere que transitemos bajo la luz del hogar al cual conduce. Bien cierta es la afirmación que «la travesía por este valle muda de color cuando más allá se ve el horizonte».
Estas revelaciones trascendentales del mundo invisible nos son presentadas con palabras sencillas y familiares. Unas verdades que dejan en su asombro a los más inteligentes y que cualquier niño creyente en Jesús puede llegar a entender.

Los discípulos en relación con el Padre
Juan 14:4-14

El Señor nos ha presentado el final del viaje, y ahora nos guiará para ver cuáles son nuestros privilegios mientras dura. Los versículos que siguen nos dicen que tenemos una relación con el Padre. Todavía no hemos llegado a la casa paterna pero es nuestro el privilegio de conocerle antes de entrar allí. Si somos llevados a conocer al Padre en el momento presente es con motivo de que podamos tener acceso a Él mientras cruzamos este mundo. El propósito de esta parte del discurso no es otro que el de conocer, ver y venir al Padre, de modo que seamos capaces de confesarle nuestras peticiones en el nombre de Cristo, lo mismo que si tuviéramos la feliz confianza de un niño.
vv. 5-6. El Señor hace la introducción de este tema con las palabras «sabéis adónde voy, y sabéis el camino». Con una idea muy distinta en la mente, Tomás comete el error de no entender el significado de las palabras del Señor, y Él, contestando a su pregunta «¿cómo podemos saber el camino?» le muestra claramente que está hablando de la persona a la que va, y no simplemente de un lugar. Cristo es el camino a esta Persona, el Padre. Él es también en quien se presenta la verdad del Padre y la vida en la que esta verdad puede disfrutarse. No existe otro camino al Padre, por eso dice el Señor: «Nadie viene al Padre, sino por medio de mí». Unas palabras llenas de profundo significado en un tiempo en que los hombres rechazan los derechos del Hijo al referirse a la paternidad de Dios. Las palabras del Señor se adelantan a las palabras inspiradas del apóstol, que tiempo después escribiría: «Todo aquel que niega al Hijo, tampoco tiene al Padre» (1ª Juan 2: 23).
v. 7. Es igualmente cierto que conocer al Hijo es conocer al Padre. El Señor puede decirles a los discípulos: «Si me conocieseis, también conoceríais a mi Padre; y desde ahora le conocéis, y le habéis visto».
vv. 8-11. Felipe, igual que Tomás, no puede pensar más que en lo terrenal. Tomás pensó en un lugar material, y Felipe hace referencia a lo que se puede ver, por eso dice: «Señor, muéstranos al Padre, y nos basta». La respuesta que se le da pone de manifiesto que el Señor habla de la visión de la fe. Luego le pregunta para probarle: «¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe?» Y afirma: «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre». Poner la mirada más allá de las formas exteriores y ver al Hijo por la fe es, en realidad, ver al Padre, pues el Hijo es Su perfecta revelación.
El mundo descreído no quiso ver al Hijo, todo lo que vieron fue al supuesto hijo de José, al Carpintero. Solo la fe podía ver en aquel Hombre humilde al Hijo Unigénito que vino a declarar al Padre, el único que habitaba en su seno y que po-día declararnos su corazón. Abraham nos dice que Dios es todopoderoso; Moisés, que Dios es el eterno e inmutable YO SOY. Pero ni él ni Abraham fueron lo bastante grandes para declararnos al Padre. Solamente una Persona divina es lo suficientemente grande como para revelar a otra Persona divina. Así es como el Señor acto seguido declara la igualdad e identidad perfectas del Padre y del Hijo: «Yo estoy en el Padre y el Padre en mí». El tránsito del Hijo por este mundo no consiste solo en una simple historia del Padre y del Hijo, sino del Padre en el Hijo.
Una vez vista por la fe la gloria del Hijo, todo se vuelve más fácil cuando se ve al Padre revelado en el Hijo. Porque Él es quien dice ser, igual en identidad con el Padre, el Señor puede pronunciar sus palabras y sus obras como la revelación que hace de Él. La gracia, el amor, la sabiduría y el poder que brillaron en sus palabras y obras nos declaran el corazón del Padre.
vv. 12-14. Siendo esto así, si el Hijo ha glorificado al Padre en la Tierra dando a conocer su corazón con sus palabras, tanto más glorificado ha de ser el Padre por el Hijo cuando Él tome su lugar en lo alto y declare el corazón del Padre mediante las «obras mayores» de los discípulos. Y también le glorificará al responder a las peticiones hechas al Padre en el nombre de Cristo.
Llegados a este punto del discurso, el Señor termina de hablar de las experiencias de sus palabras y obras que los discípulos han podido disfrutar mientras ha permanecido con ellos. Ahora pasará a hablarles de aquellas experiencias nuevas y profundas de Su poder después de la partida al Padre. El cambio connotativo de este discurso viene marcado por de cierto, de cierto, una expresión utilizada generalmente para introducir una nueva verdad. El Señor revela a sus asombrados discípulos la verdad nueva de que, después de Su partida, el creyente en Jesús hará las obras que Jesús hizo en persona, y lo más sorprendente aún es que hará obras todavía mayores.
El Señor hace una relación de esta gran exhibición de poder con su partida al Padre. Al regresar al Padre, Él lo hacía a la fuente de todo poder y bendición. Todos los recursos del cielo estarán disponibles para el menor en la tierra que cree en Cristo y ruega en Su nombre, gracias a la presencia intercesora de Cristo con el Padre.
Estos versículos son transicionales. Nos introducen en la historia de una joven Iglesia en el momento en que, terminado ya el ministerio de Jesús, llegaron a congregarse miles de personas como fruto de la predicación de los apóstoles, que efectuaron muchas señales y maravillas entre el pueblo y la propia sombra de Pedro pasaba curando a los enfermos. Los muertos resucitaban y Dios realizaba milagros por mano de Pablo, cuyas ropas sanaban a quienes se las ponían encima.
Este poder estaba presente para que la fe se expresara por medio de rogativas hechas en Su nombre. Como alguien dijo con acierto: «con las peticiones hechas en nombre de otro se entiende que el que las expresa hace suyas sus demandas, sus méritos, y suyo el derecho a ser escuchado». El Señor, al utilizar sus propias palabras, otorga este privilegio a quienes están en una relación con Él a través de la fe. Era algo nuevo para los discípulos pedir en el nombre de Cristo, así como el resultado que estaba produciendo en medio de estos discursos la partida del Señor. Pedir en Su nombre suponía el hecho de que Él está ausente. La frase «pedir en mi nombre» sale cinco veces en estos discursos.
En las palabras y obras de Jesús en la tierra nosotros conocemos el corazón del Padre, y continuamos conociéndole a través de las «mayores obras» que los discípulos hicieron siendo dirigidos por el Señor desde Su lugar en lo alto. Conocemos, pues, el amor del Padre cuando vemos al Señor que actúa por nosotros en respuesta a nuestras peticiones al Padre, hechas en el nombre de Cristo.
En un mundo apartado de Dios, donde todos corrían en pos de sus intereses, Él estaba unido al Padre en mente, propósito y afecto, hallando su deleite en hacer su voluntad. Convertido en Varón de dolores por un mundo de pecado, halló en el amor del Padre un motivo de gozo constante y descanso ininterrumpido. Él quiere llevarnos a esta relación bendita con el Padre para que nosotros también tengamos nuestro deleite, descanso y nos gocemos en el amor paternal.
Todo ha sido revelado en el Hijo. El amor del corazón del Padre, el propósito de su mente, así como la gracia abundante de su mano, han sido presentados en Cristo el Hijo. Todo ha sido igualmente revelado como nuestra porción para el momento presente. No vamos a tener una revelación distinta del Padre cuando entremos en el cielo de como la tenemos ahora, pues todo ha sido revelado en esta tierra. La única diferencia sea, pues, que ahora vemos como a través de un espejo, pero luego le veremos cara a cara. Lo que disfrutaremos plenamente en el cielo será lo que habremos tenido revelado en la tierra. Nosotros esperaríamos que la gloria de la casa del Padre se nos revelara ante nuestros ojos y nos dejara maravillados, pero lo que nos ha sido revelado es el amor del corazón del Padre para que nuestros corazones se gocen mientras estamos en esta tierra, aunque nuestra débil fe haya dado pobres muestras de responder adecuadamente a esta revelación.

Los discípulos en relación con el Espíritu Santo
Juan 14:15-31

Habiendo llevado los pensamientos de los discípulos del presente al futuro, el Señor procede a revelarles el segundo acontecimiento que sería señal de los días venideros. El Señor no solo iba al Padre, sino que el Espíritu Santo vendría del Padre.
El Señor los prepara para los cambios trascendentales que van a ocurrir. El Hijo regresará al Padre para tomar su lugar como Hombre en la gloria; y el Espíritu Santo vendrá a hacer morada en los creyentes como una Persona divina en la tierra. Estos dos sucesos extraordinarios son los que introducirán el cristianismo en escena y traerán a la Iglesia a la existencia, la sostendrán en su viaje por el mundo y la guardarán del mal, haciendo que mantenga el testimonio de Cristo, y finalmente se la presentarán en la gloria.
Sin embargo, aquí el Señor no revela la doctrina de la Iglesia ni cómo llegó a ser formada. Tampoco revelará el testimonio que estará encargada de dar por medio del Espíritu. El momento para dichas revelaciones estaba aún por venir. Lo que se tratan aquí son las profundas experiencias espirituales que los creyentes gozarán cuando venga el Espíritu que está delante del Señor, y esto era lo que se ajustaba a ese momento. La idea de perder a Aquel que les era tan querido y cuya presencia habían gozado apenaba sus corazones. El Señor habla entonces de la venida de otro Consolador, que no solo les quitaría ese sentimiento de soledad sino que también dirigiría sus corazones a un conocimiento mucho más íntimo y profundo de su Maestro de lo que lo habían tenido en épocas cuando Él vivía con ellos. Estas experiencias gozadas por el Espíritu prepararán a los discípulos para ser testigos de Cristo en el poder de este Espíritu. ¿No suele ocurrir que nuestro testimonio de Cristo se debilita porque no gozamos lo suficiente de nuestra íntima relación personal con Él, a la que solo el Espíritu sabe llevarnos? Tenemos intención de emprender nuestro servicio sin haber vivido antes en el lugar secreto de comunión con el Padre y el Hijo. Lo que hace tan estimada esta porción del último discurso es la revelación de estas experiencias secretas, pues son una escena en la que el creyente entra acompañado de las Personas divinas a fin de poder ofrecer, a su debido tiempo, un testimonio de Cristo en el mundo de afuera.
v. 15. No es menos sorprendente la manera como el Señor introduce este tema de la venida del Espíritu Santo: «Si me amáis, guardad mis mandamientos». En el evangelio de Juan hemos oído una y otra vez acerca del amor del Señor por sus discípulos. Ahora, por primera vez, oímos del amor de los discípulos por su Señor. El don del Espíritu se relaciona con una compañía de gente que ama y obedece al Señor, y para la que el Señor se deleita en rogar al Padre que les envíe un Consolador. ¿No son estas palabras indicativas de que las experiencias gozadas en el poder del Espíritu son únicamente conocidas por quien vive una vida de amor y obediencia al Señor?
En los versículos precedentes el Señor habla de la fe y la oración (12-14). Ahora hablará del amor y la obediencia. Deducimos que el Señor da a entender que estas hondas experiencias espirituales a las que nos conduce el Consolador están ahí para aquellos que tienen la marca de la fe puesta en el Señor, que dependen de la oración presentada en Su nombre y poseen un amor de adhesión al Él, así como una obediencia que se deleita en guardar sus mandamientos. Estos son los grandes rasgos morales que darán beneficio al alma por la presencia del Espíritu. No es suficiente que tengamos el Espíritu morando con nosotros, también es necesario tener un estado de corazón favorable en nuestra vida.
v. 16. Al comienzo del evangelio, Juan el Bautista nos dice que el Señor bautizaría con el Espíritu Santo. Más adelante, y en relación con la visita que el Señor hace a Jerusalén, se nos dice claramente, bajo la figura del agua vivificante, que Él habló del Espíritu que recibirían un día aquellos que creerían en Él. Un don que no fue dado en aquel entonces porque Cristo no había sido glorificado todavía. Ahora ha llegado el momento en que el Señor va a serlo, y es una buena ocasión para revelar a sus discípulos la gran verdad de la llegada a la tierra de esta Persona divina.
Buscando la oportunidad del momento, el Señor habla del Espíritu Santo como el Consolador. Por grandes y variopintas que sean las funciones del Espíritu, la de ofrecer consuelo es una que los discípulos precisaban en ese momento. El título de consolador tiene un significado demasiado profundo para ser soslayado. Según la acepción moderna de nuestro idioma, implica en realidad que alguien muestra su empatía en el dolor. Su principal uso es el de que alguien está ahí «para fortalecer, apoyar y dar ánimo». En el Consolador los discípulos tendrían a alguien que estaría con ellos fortaleciéndolos en sus flaquezas y consolándolos en el dolor.
El Señor habla del Consolador como de otro Consolador, comparando de esta manera a Aquel que ya había venido con Él, pues ¿no había estado con ellos dándoles apoyo, animándolos y consolándolos? No solo hace la comparación, sino también el contraste entre el Consolador y Él. Había vivido entre ellos unos cuantos años, mientras que el Consolador que vendría moraría con ellos para siempre. Más de un pasaje del Antiguo Testamento hace referencia al Espíritu viniendo sobre determinados hombres y tomando control de ellos durante un tiempo para algún propósito especial, pero el hecho de que una Persona divina viniera para morar con ellos para siempre era un hecho inaudito.
v. 17. Otro contraste entre Cristo, que es la Verdad, y la Persona que vendría, radica en que esta se trataba del Espíritu de Verdad. En Cristo vemos la verdad presentada de manera objetiva, pero por el Espíritu de Verdad se ha originado en nosotros una verdadera comprensión de todo lo que Cristo representa.
Siguiendo todavía con este contraste, el Espíritu es quien el mundo no recibirá ni conocerá porque no le ve. Cristo se había encarnado y los hombres podían verle, y fue presentado así para que le recibieran. El Espíritu Santo no se encarnará ni será presentado como un objeto visible y conocido intelectualmente. Para el mundo no es ninguna Persona divina sino, en el mejor de los casos, una vaga y etérea influencia. Pero para los discípulos no será una mera influencia, sino una Persona que more con ellos en contraste a lo que Cristo representó. El Espíritu estará en ellos, en contraste también con Cristo, que estaba con ellos pero no en ellos.
vv. 18-20. En estos pasajes el Señor pasa de hablar de la persona del Espíritu Santo a revelarles los efectos derivados de su presencia en el creyente. La partida del Señor para estar con el Padre, y la venida del Espíritu, no significan que ellos pierdan una Persona divina y ganen otra. Alguien ha dicho con razón: «la promesa no es ninguna sustitución, sino un medio que ofrece la seguridad de Su presencia». De este modo el Señor dice a los discípulos que no los dejará huérfanos, que volverá a ellos. Se ha dicho también: «cuando Cristo estuvo en la tierra el Padre no estaba lejos». Yo puedo decir, pues, que no estoy solo porque el Padre está conmigo, y si el Consolador está aquí Cristo no puede estar lejos de mí.
Si el versículo 18 nos dice que la venida del Espíritu hará que Cristo esté muy cerca de nosotros, los otros dos versículos dan la respuesta al creyente para el Cristo que ha de venir. El Señor expresa, finalmente, los temores del creyente con estas palabras: vosotros me habéis visto, viviréis y conoceréis. El Espíritu Santo no vendrá para hablar de sí o para hacernos estar ocupados con Él, ni para crear un culto del Espíritu, sino para conducir el alma a Cristo. Faltaba muy poco para que el mundo no viera más a Cristo, pero aunque se hubiera alejado de su vista continuaría siendo el objeto de la fe para el creyente. Para el mundo, Cristo vendría a ser una figura histórica de alguien que vivió una hermosa vida y murió como un mártir. Para el creyente continuará siendo una Persona que está viva, y tendrá plena conciencia de que su presencia podrá ser sentida y gozada por el poder del Espíritu. Los creyentes, al verle por la fe, vivirán. Los hombres del mundo viven porque hay un mundo que continúa dándoles sus placeres, su política y sus escandaleras de cada día, pero cuando estos se terminan la vida de la gente deja de ser poco menos que interesante. El cristiano vive porque Cristo vive, y al igual que el objeto de nuestra vida, vive para siempre. La vida del cristiano es una vida eterna.
Por medio del Espíritu el creyente sabe que Cristo está en el Padre, que los creyentes están en Cristo y que Él está en los creyentes. Sabemos que tiene un lugar especial en los afectos del Padre, que nosotros tenemos un lugar en el corazón de Cristo y que Él tiene un lugar en nuestros corazones. El mundo no puede ver, ni experimentar, ni conocer. Está ciego a las glorias de Cristo y muerto en delitos y pecados. Ignora a Dios, pero en el poder del Espíritu habrá una compañía de gente sobre la tierra que verán por fe, vivirán y conocerán. Ellos poseen a Cristo en la gloria como objeto de sus almas, una vida que obtiene su gozo y deleite en Él, y el conocimiento del lugar que ellos tienen en Su corazón.
vv. 21-24. Los versículos 18 al 20 nos han presentado el efecto derivado de la venida del Espíritu. Los versículos que vienen a continuación presentan las credenciales espirituales que capacitarán al creyente para entrar a gozar de los privilegios que están a nuestra disposición en el poder del Espíritu. Aunque es cierto que ha habido un triste alejamiento de estas condiciones por parte de la cristiandad profesante, es maravilloso ver que lo que debería ser una realidad para la mayoría puede continuar disfrutándose a nivel individual. Es importante darse cuenta de que, llegados a este punto, las enseñanzas se dirigen al individuo. Hasta aquí el Señor utiliza tú y vosotros (18-20); a partir de este punto cambiará el uso de las palabras por él y un hombre (21-24).
Las credenciales que se exigen como entrada a estas profundas experiencias son el amor y la obediencia. Antes decía el Señor: «Si me amáis, guardad mis mandamientos», mas ahora dice: «El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ese es el que me ama». Se ha comentado que las primeras palabras expresaban el amor como la fuente de la obediencia, mientras que las últimas eran la expresión de la obediencia como prueba del amor. Toda expresión de la mente del Padre era un mandamiento para Cristo, y de la misma manera cada expresión de la mente de Cristo es un mandamiento para aquel que le ama. Quien ama a Cristo será amado por el Padre y por Cristo. Dicha persona poseerá plena conciencia, y de manera especial, del amor de las Personas divinas, y a ella se le manifestará el Señor.
Llegados a este punto, Judas (no el Iscariote) irrumpe en la escena preguntando: «Señor, ¿cómo es que te manifestarás a nosotros, y no al mundo?» Judas, que pensaba como judío y tenía en la mente las esperanzas de un judío, queda totalmente confuso con estas comunicaciones. Ignorando que el cambio se produciría de un momento a otro, seguía aferrado a la idea de un reino visible a punto de ser establecido, y por eso no entendía que pudiera ser una realidad si el Señor no se manifestaba antes al mundo. Sus hermanos en la carne tienen pensamientos similares cuando en una ocasión le dicen «manifiéstate al mundo» (Juan 7:4). Y no obstante la ignorancia que se tiene hoy en día del llamamiento de la Iglesia y del carácter de los tiempos que nos ha tocado vivir, hay muchos cristianos sinceros que, bajo una variedad de formas, siguen pidiéndole al Señor que se manifieste al mundo. De buena gana querrían que su manifestación fuera como la de un líder filantrópico promoviendo grandes causas para mejorar este mundo, por lo que buscan con ello reintroducir a Cristo en el mundo sin caer en la cuenta de que el Espíritu de Dios ya vino para sacar a los creyentes fuera de él y guiarlos a Cristo en el cielo.
A primera vista, parece como si la respuesta que el Señor da a Judas no pudiera satisfacerle. La razón era que no había llegado el momento para la plena revelación del carácter celestial del cristianismo. De todos modos, la contestación del Señor sirve para corregir la idea equivocada en la mente de los discípulos. Judas había pensado en una exhibición pública ante el mundo, mientras que el Señor habla de una manifestación a un individuo; Judas habla del mundo, el Señor de un hombre. El mundo le había rechazado y el Señor ya no podía mantener ningún trato con él. Ahora se trata de una cuestión que afecta a individuos que serán sacados del mundo por el atractivo poder de Aquel al que están unidos sus corazones en amor y en afecto. El Señor da algunos detalles sobre esta verdad. No solamente guardará sus mandamientos quien sea que le ame, sino que además guardará las palabras del Señor, lo que viene a significar algo más que simplemente sus mandamientos. Estos son la expresión de su mente en cuanto a los detalles de nuestro camino. Tal como nos dice el siguiente versículo, su palabra no es solamente suya, sino la del Padre que le envió, y nos cuenta todo lo que Él vino a hacer para dar a conocer el corazón del Padre y sus consejos para el cielo y el mundo venidero. Sus mandamientos arrojan la luz que necesitamos en nuestro camino, y sus palabras iluminan el futuro glorioso revelando los consejos del corazón del Padre. Como muestra de aprecio por tales palabras, le concede un lugar al Padre, de manera que dice: «vendremos a Él, y haremos nuestra morada con Él».
vv. 25-26. Las dos palabras del inicio de estos versículos introducen una etapa nueva en esta parte del discurso. El Señor nos presenta hasta aquí las experiencias que todo creyente disfrutaría por el Espíritu (18-20), y luego las experiencias que están al alcance de todos los creyentes a nivel individual (21-24). Ahora habla de la venida del Espíritu Santo en relación con los once, concretamente. Por primera vez, se dice que el Consolador es fuera de toda duda el Espíritu Santo. Se refiere a Él como una Persona divina que viene a representar los intereses de Cristo mientras Él está ausente. No está aquí para exaltar a los creyentes y que parezcan grandes en esta escena, ni mucho menos que sus intereses mundanos prosperen. Su única tarea en un mundo que rechaza a Cristo es la de llevar hacia Él un pueblo que lo exalte. Durante el tiempo que duran estas últimas comunicaciones, veremos que el Espíritu da tres razones por las que deben mantenerse los intereses de Cristo. En primer lugar, con Juan 14 consigue atraer nuestros corazones a Cristo; después, en Juan 15 hace que se abran nuestros labios en testimonio para Cristo, y por último, en Juan 16, nos sostiene en presencia de la oposición del mundo revelándonos los consejos del Padre para el mundo futuro.
La gran obra del Espíritu Santo en este apartado es la de mantenernos ocupados con Cristo. Hay dos maneras con las que despierta nuestros afectos por Él. Primero, el Señor dice a los once: «Él os enseñará todas las cosas». Todas las cosas del versículo 26 contrasta con estas cosas del versículo 25. El Señor habla en referencia a determinadas cosas, pero había algunas que pertenecen a la gloria de Cristo que en aquel momento los once no eran capaces de comprender, y dada su limitada capacidad espiritual el Señor tiene que acotar Sus comunicaciones. Con la venida del Espíritu habría un entendimiento espiritual amplio que posibilitaría que el Espíritu comunicara todas las cosas que se refieren a Cristo en la gloria. En segundo lugar, el Señor dice: «El Espíritu os recordará todo lo que yo os he dicho». No solo revelaría las cosas nuevas concernientes a Cristo en Su lugar nuevo —cosas que nos transportan a la gloria eterna—, sino que también traería a nuestra memoria las comunicaciones de gracia que Cristo hizo cuando pasaba por esta tierra. Todo lo que es de Cristo, pasado, presente y futuro, es infinitamente precioso. Nada que no sea de Cristo se perderá. Quienes iban a ser los responsables de instruir a los demás con sus palabras y escritos debían tener en cuenta las palabras que una Persona divina les recordaría. Al informarnos a nosotros de ellas, los discípulos no lo hacen partiendo de la base de sus fugaces e imperfectos recuerdos, sino que las palabras que nos cuentan llevan el sello de la perfección y nos son recordadas sin aditamentos de humana fragilidad.
vv. 27-31. El Señor concluye este ministerio de gracia con los versículos precedentes. Este ministerio de consuelo y aliento, que pone a su pueblo en relación con las Personas divinas y en comunión con ellas, prepara a los discípulos ante la partida de Aquel que aman. Por ello, en estos versículos finales el Señor habla con más libertad de la cercana partida.
Pero si Él se iba, dejaría antes su paz con los discípulos. Bajo el prisma de las circunstancias externas, Él era el Varón de dolores experimentado en quebranto. Debía hacer frente a la contradicción de pecadores, siempre desde el camino de la comunión con el Padre y sujeto a su voluntad y gozando de la paz de corazón. Una paz que sería la porción del creyente si este quería disfrutar de la comunión con las Personas divinas y dejaba su voluntad anulada bajo el control del Espíritu. Rodeado de un mundo convulso, el corazón del creyente sería protegido con la paz de Cristo, una paz que compartiría con Él. Al haber dado a los discípulos esta paz no la daba como el mundo la da, en partes fraccionadas.
Si el Señor partía de ellos, sería por un tiempo, para volver otra vez. En el ínterin, el amor que todo lo comparte se gozaría en que Su camino había terminado y que se iba con el Padre. Él les pone sobre aviso para que cuando sucediera Su partida no desfalleciera su fe.
A partir de este momento no hablaría mucho con ellos, pues el gobernante de este mundo ya venía. Esto significaba que iba a enfrentar el último gran conflicto que anularía el poder de Satanás. El triunfo sobre él estaba asegurado porque el diablo no podía nada contra Cristo. Su muerte no sería el resultado del poder de Satanás, sino el resultado del amor de Cristo al Padre. Su obediencia perfecta a los mandamientos del Padre, aun obedeciéndolos hasta la muerte, constituye la prueba eterna de su amor por Él.
Con estas palabras, el Señor pone fin a esta porción de sus discursos: «Levantaos, vámonos de aquí». En amor al Padre se levanta para obedecer su mandato y se asocia con los discípulos. Llegaría el momento en que no le podrían seguir más, como el Señor ya les había dicho: «Adonde yo voy vosotros no me podéis seguir». Pero antes hay unos pasos más que pueden dar con Él, aunque sean vacilantes. Todos ellos salen del aposento alto al mundo de afuera.



 

JUAN 15

Introducción

El final del discurso en Juan trece sirve para establecer a los discípulos en unas nuevas relaciones con Cristo y unos con otros, a fin de que gocen de la comunión con Cristo, o tengan parte con Él en el lugar nuevo que ha ido a ocupar como Hombre en la casa del Padre. En el siguiente discurso de Juan quince se nos permite contemplar el gozo que obtienen los creyentes de esta comunión con las Personas divinas: con Cristo en la casa del Padre, con el Padre revelado en el Hijo y con el Espíritu Santo enviado por el Padre.
Estos dos discursos se dividen de los que vienen después de las palabras del Señor: «Levantaos, vámonos de aquí» (Juan 14:31). Con ellas, el Señor sale con los discípulos del aposento alto al mundo de fuera. Los discursos que vienen a continuación revisten un carácter que se corresponde con el lugar donde fueron pronunciados, pues ahora los discípulos son vistos en el mundo que rechazó a Cristo, donde llevan fruto para el Padre y dan testimonio del Hijo. Como alguien dijo acertadamente: «en el anterior discurso la pieza clave es el aliento que reciben en vista de la partida; el último discurso contiene la enseñanza para el estado que vendrá después, donde, al igual que aquí, el Orador instruye, y aquí, al igual que allí, ofrece consuelo».
Las divisiones de este nuevo discurso son sencillas:
De los versículos 1 al 8, el tema es la aportación de fruto para el Padre.
Luego, entre los versículos 7 al 9 tenemos una presentación de la compañía cristiana, el círculo del amor en donde puede hallarse fruto para el Padre.
De los versículos 18 al 35 pasa ante nosotros el mundo pagano, el círculo de odio que rodea a la compañía cristiana.
Y para acabar, en los versículos 26 a 27, el Consolador —el Espíritu Santo— es presentado ante nosotros testificando del Señor en gloria y capacitando a los discípulos para que lleven fruto para Cristo.

Los frutos
Juan 15:1-8

El Señor introduce la cuestión de llevar fruto: «Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador». Unas palabras que habrían resonado un tanto extrañas en los oídos de los once, acostumbrados como estaban por los salmos y los profetas a pensar que Israel era la vid. El Salmo 80 hablaba de Israel como una vid sacada de Egipto. Isaías, en el cántico del Amado tocante a su viña, pone de manifiesto, bajo la figura de una vid, el amor y cuidados que Jehová ha dispensado a Israel. Jeremías habla de Israel como «la vid noble», pero desgraciadamente Israel no había producido fruto para Dios. Isaías se lamenta de que solo habían producido «uvas silvestres», y Jeremías se muestra quejumbroso porque la «noble vid» se había convertido en «la planta degenerada de una viña extraña». De igual modo nos habla Oseas de Israel como una «viña vacía» que solo produjo fruto para sí y ninguno para Dios (Is. 5:1-7; Jer. 2:21; Os. 10:1).
Durante muchos años de sufrida paciencia, Dios había probado a Israel mirando si había fruto en ellos, pero solo encontró uvas silvestres. La última y definitiva prueba fue la presencia del Hijo amado, por lo que el rechazo deliberado que hicieron de Él fue la prueba final de que Israel era realmente una planta degenerada y una vid estéril.
El momento había llegado para revelar a los discípulos que Israel era desechado, y si ellos habían de llevar fruto para Dios no lo harían desde su filiación con Israel, la vid degenerada, sino con Cristo, con la vid verdadera. Cristo y los discípulos reemplazarán a Jerusalén y a sus hijos.
Si bien el discurso del Señor introduce lo que está reemplazando a Israel en la tierra, apenas nos presenta al cristianismo en sus relaciones celestiales. Aquí no se contempla la relación con Cristo en el cielo como miembros de su cuerpo por la acción del Espíritu Santo —una relación vital que no puede romperse— sino una relación con Cristo en la tierra mediante la confesión del discipulado. Esta confesión puede ser real o ser meramente eso, una confesión, por lo que el Señor habla de dos clases de ramas, de aquellas que tienen vida y demuestran su vitalidad produciendo fruto, y de las que carecen de vida y son echadas al fuego.
Qué oportuno es entonces que la vid sea utilizada como una figura de entre todas las plantas, siendo que el fruto es el gran tema del discurso como evidencia del verdadero discipulado. Otros árboles podrán tener su utilidad aparte del fruto que produzcan, pero con la vid no ocurre lo mismo. Hablando de esta, Ezequiel hace la siguiente pregunta: «¿Sacarán de él madera para hacer alguna obra? ¿Harán de él una estaca para colgar en ella alguna cosa?» Si la vid no produce ningún fruto deviene infructuosa.
¿Cuál es entonces el significado espiritual del fruto? ¿No diremos que el fruto es la expresión de Cristo en el creyente? En Gálatas 5:22,23 leemos que «el fruto del espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio propio». Si este es, pues, el fruto que se ve en los creyentes, el resultado será Cristo reproducido en ellos. Cristo se ha ido de forma personal de esta escena, pero la intención de Dios es que las características de Cristo sean plasmadas en aquellos que son de Él. Cristo en Persona ha ido a la casa del Padre, pero su carácter sigue representado en su pueblo en la Tierra.
El fruto no es exactamente el ejercicio del don, ni tampoco el servicio ni la obra. Somos exhortados, desde luego, a «vivir de manera digna del Señor, agradándole en todo. Esto implica dar fruto en toda buena obra» (Col. 1:10, NVI). Este pasaje, en tanto que nos enseña lo estrechamente unidos que están la aportación de fruto y las buenas obras, hace una clara distinción entre ellos. Las buenas obras deben hacerse en una semejanza lo más parecida a Cristo para que en el hombre pueda existir fruto agradable a Dios. El hombre natural podrá hacer muy buenas obra, pero estas no llevarán fruto para Dios. ¿Acaso no nos avisa el apóstol en 1ª Cor. 13 que nuestro servicio activo en realizar buenas obras puede llevarnos a descuidar el amor como expresión excelente del fruto? Si el servicio y las obras fueran en sí fruto, estarían limitados prácticamente a quienes poseen un don y una capacidad, pero si de lo que se trata es que el fruto es el carácter mismo de Cristo entonces es posible, al igual que un privilegio, que cada creyente, desde el más anciano al más joven, pueda dar fruto.
¿Quiénes de los que amamos a Cristo y admiramos las perfecciones de Aquel que causa tanta atracción, no deseamos exhibir en alguna medida Sus gracias y llevar fruto para Él? Si esto es lo que desea el corazón, existen tres maneras que nos ayudarán en el cumplimiento de nuestro deseo. A fin de poder llevar fruto están, en primer lugar, los tratos en gracia del Padre; luego viene el lavamiento práctico por el poder de la palabra de Cristo, y por último está la responsabilidad del creyente de permanecer en Él.
Los tratos del Padre están representados por los métodos que emplea el labrador. En primer lugar, existe la triste posibilidad de que algunas ramas que tienen un vínculo con la vid no lleven ningún fruto. Estas son las que el Padre quitará. Estas ramas son diferentes de las ramas del versículo 6, que son echadas al fuego. Aquí estamos hablando de que es el Padre quien las quita, pero en el ejemplo anterior son los hombres los que las echan al fuego. Lo que sucedió con algunos santos en Corinto cuyo andar reprochable traía deshonra al nombre de Cristo y que el Padre no quiso que continuaran por ese camino fue que se los llevó: «Y algunos duermen» (1ª Cor. 11:30). Después tenemos la acción en gracia del Padre con aquellos que sí llevan fruto, para que puedan llevar mucho más, y gracias a la cual los purga. El castigo y la disciplina del Padre sirven para quitar todo lo que entorpece la expresión del carácter de Cristo, una acción ciertamente dolorosa, pues «es verdad que ninguna disciplina parece al presente ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que han sido ejercitados por medio de ella» (Heb. 12:11). Si llevamos nuestro ejercicio delante del Padre al considerar sus tratos con nosotros, la adversidad que nos amarga producirá el efecto contrario al amansar y dulcificar nuestro carácter, para que se vea en nosotros el carácter de Cristo y no seamos infructuosos.
v. 3. En segundo lugar, está el trato de favor del Señor hacia nosotros para conseguir que llevemos fruto. Nos dice: «Vosotros estáis ya limpios por la palabra que os he hablado». Esta es la separación práctica producida por su palabra de todo lo que es contrario a Cristo. En ese momento los discípulos estaban limpios, ya que el Señor había lavado sus pies. El agua que le aplicaron sus manos había hecho eficaz la obra del lavamiento, por lo que si conociéramos algo de este lavamiento práctico de la palabra haremos bien en sentarnos a sus pies como María y escuchar su palabra. Todos sabemos lo que significa llevarle a Él nuestras confesiones, nuestros problemas y ejercicios, y qué bueno es que Él escuche nuestras torpes palabras, pero también es verdad que raras veces ocurre que vayamos a Él con el solo deseo de estar en su compañía y escuchar lo que tiene que decirnos. ¿Qué puede ser más purificador y producir más fruto que estar sentados a sus pies y escucharle? María escogió la buena parte y llevó un precioso fruto para Cristo, que le instó a decirle: «Dondequiera que se predique este evangelio en todo el mundo, también se contará lo que ésta ha hecho, en recuerdo de ella» (Mat. 26:13).
vv. 4-5. El tercer medio por el que la vida del discípulo puede llegar a dar fruto es decisión suya. Todo se resume en las palabras «permaneced en mí». El permanecer en Cristo es la presentación de nuestro privilegio y responsabilidad de andar constantemente en dependencia de Cristo. Como alguien dijo: «permanecer en Cristo es experimentar habitualmente la proximidad de nuestro corazón al suyo». Si hemos aprendido que el fruto es la reproducción del carácter de Cristo expresado por el amor, el gozo y el dominio propio, comprenderemos que un ideal de este tipo no puede ser alcanzado con nuestras propias fuerzas. La comprensión de la excelencia moral del fruto, por un lado, y la de nuestra propia debilidad por otro, nos convencerán de las palabras del Señor: «Separados de mí, nada podéis hacer». Su fruto puede ser dulce a nuestro paladar, pero solo cuando permanecemos bajo su sombra podemos participar del mismo. Sin la luz y el calor del sol la vid natural no podría dar fruto, y a menos que permanezcamos en la luz y en el amor de la presencia de Cristo nosotros también experimentaremos una falta de fruto. Si permanecemos en Cristo, entonces Él estará en nosotros, y luego exhibiremos su hermoso carácter. Está claro que no se produce fruto teniéndolo solo como meta. Es como consecuencia de que poseemos a Cristo como objeto de nuestros pensamientos lo que produce fruto. Cristo viene antes que el fruto.
v. 6. En el versículo seis tenemos un caso solemne de la rama muerta, el mero profesante que lleva el nombre de Cristo y no tiene ningún vínculo vital con Él. Estos son los que no pueden llevar fruto. En la figura que utilizamos, la rama muerta no se halla bajo el trato personal del labrador, sino que son otros los que tratan con ella. El Padre no tiene ningún trato con el confesor infructuoso y desprovisto de vida, pero bajo el gobierno de Dios sí es tratado por quienes ejecutan Su juicio. Aquí la rama no es quitada, sino echada al fuego, secada y quemada. Judas fue el ejemplo solemne y aterrador de una rama marchita. En el caso de aquellos a los que el Señor habla, el vínculo con Él es vital, pues ¿no les había dicho poco antes «ya todos estáis limpios»? Por esta misma razón el Señor no les dice «si no permanecéis», sino «el que en mí no permanece». Aquí se cambian los términos para excluir el pensamiento de que un discípulo pueda jamás ser echado al fuego y quemado.
vv. 7-8. Habiéndonos revelado con su gracia la manera en que la vida del creyente llega a dar fruto, el Señor procede a presentarnos los resultados que surgen de una actividad productiva. En lo que se refiere a los discípulos, si su corazón andaba de manera activa y constante en dependencia de Cristo, y como efecto las palabras de Cristo daban forma a sus pensamientos y amor, esto los capacitaría para pedir y orar conforme a la mente del Señor y obtener, mediante la oración, una respuesta a sus peticiones.
Otro resultado es el que hace referencia a la producción de fruto que glorifica al Padre. Cristo fue siempre la expresión perfecta del Padre, de modo que en la medida que nosotros exhibamos el carácter de Cristo también manifestaremos la verdad en cuanto al Padre y le glorificaremos.
Finalmente, cuando demos fruto seremos testigos de Cristo, y al exhibir su carácter se hará evidente para todos que somos sus discípulos.

La compañía cristiana
Juan 15:9-17

En los últimos discursos del Señor hay una progresiva revelación de la verdad que prepara a los discípulos para apartarlos del sistema terrenal judío con el que estuvieron relacionados. Tenemos la introducción de la nueva compañía de cristianos, de origen y destino celestiales, que son dejados un tiempo en el mundo para ser los representantes de Cristo, del Hombre en la gloria.
Mientras escuchamos al Señor, haremos bien en recordar dos hechos que subyacen a toda la enseñanza de sus palabras de despedida. El primer hecho, que ante todo nos ha sido mostrado repetidas veces, es que el Señor dejaba este mundo para ocupar un lugar nuevo como Hombre en el cielo. El segundo hecho es que una Persona divina —el Espíritu Santo— venía a esta tierra procedente del cielo. La consecuencia de estos dos hechos en el mundo fue una compañía de creyentes, unida a Cristo en la gloria y unos a otros por el Espíritu Santo. A esta compañía representada por los discípulos se dirige el Señor con sus últimas palabras.
Habiéndoles revelado el deseo de Su corazón acerca de que llevaran fruto (como la expresión de Su carácter de amor) en un mundo del que Él se ausentará, ahora les presenta la nueva compañía cristiana en la que puede verse este fruto. ¿No queda claro que para que el fruto llegue a expresarse totalmente necesita de una compañía? Pues es evidente que muchas de las gracias de Cristo apenas podría expresarlas un solo discípulo aislado de los demás. La paciencia, la bondad, la amabilidad y los otros rasgos de Cristo solo pueden expresarse en la práctica cuando nos hallamos en compañía de otros. Al comienzo del versículo 13 se nos dice que durante la ausencia de Cristo están en la tierra aquellos que llama los Suyos, a quienes Él ama hasta el fin. El hecho de que Él los ama hasta el fin demuestra que a pesar de todos los fallos que cometan, existirán hasta el final. Vistos desde una esfera externa, podrán estar divididos y dispersos, pero forman una unidad bajo la mirada de Él. «El Señor conoce a los que son suyos». Felices aquellos creyentes que se regocijan en la compañía de los suyos. Si Cristo estuviera corporalmente presente en la tierra, a todos nos gustaría estar en su compañía, pero como no es así será de nuestro agrado estar con quienes expresan algo de Su carácter. Si en medio de toda la confusión de la cristiandad hallamos a unos cuantos que sin ninguna pretensión manifiestan algún rasgo moral de Cristo serán, sin lugar a dudas, muy atrayentes para el corazón que ama a Cristo, mientras que los sistemas religiosos de los hombres perderán su atractivo por su mucho humanismo y lo poco que tienen de Cristo.
Qué importante es, pues, que pongamos toda nuestra atención al pasaje que nos revela los elementos morales de una nueva compañía de cristianos que forman la asamblea de Cristo durante Su ausencia. Al hablar de la compañía cristiana, debemos tener cuidado de no reducir su círculo a un número limitado de cristianos, o de ampliarlo para incluir en él a quienes no son de Cristo.
vv. 9-10. La señal más importante de la compañía cristiana es el amor con el que Cristo la ama. Esta compañía será ignorada por parte del mundo, que la menospreciará y aborrecerá si le es conocida, pero será amada por Cristo. Y el amor con que la ama es de tal profundidad que solo puede medirse con el amor con que el Padre ama a Cristo. El Padre miró a Cristo como Hombre en esta tierra y le amó con toda la perfección del amor divino; y ahora Cristo, desde la gloria, mira a los suyos en este mundo para derramar su amor sobre ellos a través de unos cielos abiertos.
A estos les dice el Señor que permanezcan en su amor. El disfrute de sus bendiciones y el poder del testimonio que den dependerán de si permanecen conscientes de Su amor. Las palabras solemnes del Señor dirigidas al ángel de la iglesia en Éfeso («has dejado tu primer amor»), indican el primer paso en el camino que conduce a la ruina y a la diseminación de la compañía cristiana. Su declive final vino cuando cesaron de dar un testimonio unido para Cristo y el candelero fue quitado (Ap. 2:4,5). Cuando los cristianos andaban gozando del amor divino nada podía prevalecer contra su testimonio de unidad, pero en cuanto perdieron su primer amor por Cristo tras perder de vista el sentimiento del amor de Cristo hacia ellos, pronto dejaron de presentar un testimonio conjunto ante el mundo. Cuántas veces se ha repetido la historia de la Iglesia en compañías pequeñas de los santos. Si hay alguien que quiera responder a las palabras del Señor y continuar en su amor, que ponga toda su atención en las directrices que Él marca para el camino. A nosotros solo nos es necesario continuar en su amor andando en la senda de la obediencia. «Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor». El niño que insiste en hacer su voluntad, desobedeciendo a sus padres, aprecia muy poco el amor que le dan y se pierde el poder gozarlo. Lo mismo sucede con el cristiano, que retendrá el gozo del amor del Señor si anda en obediencia a la revelación de su mente.
Nos mantendremos en el amor de Cristo lo mismo que si quisiéramos quedarnos al sol para recibir el calor de sus rayos. El amor de Cristo se basa en el camino de la obediencia, que brilla por toda la senda de sus mandamientos. El guardarlos no producirá más amor que el calor producido por los rayos solares si caminamos por un sitio soleado, y para ser justos, la exhortación no es la de buscar o merecer el amor, sino la de permanecer en él. El propio Señor fue el ejemplo perfecto de Aquel que holló la senda de la obediencia: «Yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor».
v. 11. El otro gran rasgo de la compañía cristiana es el gozo de Cristo. Dice el Señor: «Estas cosas os he hablado, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea cumplido». No se trata de un simple gozo natural, y mucho menos del gozo del mundo. Se trata del gozo de Cristo que brotaba «de un sentimiento ininterrumpido de sentirse gozando del amor del Padre». Sin duda, todos tenemos alegrías terrenales que tienen su sanción de Dios y pueden disfrutarse en el tiempo y en su lugar, pero son alegrías que acabarán decepcionándonos. Las alegrías de la tierra cesan y sus glorias pasan, y el vino de la alegría terrenal se acaba. Se nos permite beber del arroyo en el camino, pero este se seca (Sal. 110:7; 1º R. 17:7). Sin embargo, existe una fuente de alegría en el creyente que salta para vida eterna y nunca se agotará. Así se refiere el Señor al gozo de lo que puede permanecer en nosotros. En realidad, se trata de un gozo que dura más que las alegrías pasajeras, que permanece y tiene su origen en el amor del Padre, igual de duradero que el amor del cual brota.
El gozo del que aquí habla el Señor no es solo duradero, sino que además dice a los discípulos que estará en ellos. Si está en nosotros, no es como el gozo de este mundo que depende de las circunstancias externas. El salmista decía: «Tú diste alegría a mi corazón, mayor que la de ellos cuando abundan en grano y en mosto» (Sal. 4:7). Los goces terrenales dependerán de lo que prosperen las circunstancias de fuera, pero las alegrías del Señor se llevan en el corazón. En sus circunstancias externas, el Señor fue un desechado y proscrito, el Varón de dolores experimentado en quebranto. En su senda de obediencia perfecta a la voluntad del Padre nunca se movió de la plena comprensión de su amor, y fue en el amor del Padre que halló una fuente constante de todo su gozo. Y nosotros también, en tanto que andemos en obediencia al Señor, permaneceremos en la comprensión de su amor, ante cuyo calor no solo hallaremos gozo sino también aquella plenitud que quita de nuestro camino la pena por el fracaso y la angustia por las cosas terrenales.
vv. 12-13. La nueva compañía se caracteriza por su amor. No solamente es amada, sino que también ama, pues este es el mandamiento del Señor: «Que os améis unos a otros, como yo os he amado». Es un amor que no debe confundirse con un modelo humano, con sus esporádicas manifestaciones de egoísmo, sino un amor que no tiene otra norma que la del amor del Señor por nosotros, en el que no hay rastro del yo. El Señor dice al respecto: «Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos». La muerte no es vista aquí en su carácter expiatorio, sino como la suprema expresión del amor. El amor terrenal se siente atraído con frecuencia hacia algún objeto agradable, pero el amor divino se eleva sobre nuestros fallos y flaquezas, y nos ama a pesar de todo lo desagradable que hay en nosotros. Este es el amor de Cristo, y el amor que deberíamos conservar entre nosotros. Un amor que no es indiferente a nuestros fallos y tachas, y que además cumple su objetivo de hacer el mayor de los sacrificios posibles pasando por alto todo cuanto tenemos de desagradable, dando la vida por un amigo. Como alguien bien dijo: «no puede darse mayor prueba ni mayor nivel de amor».
vv. 14-15. La compañía cristiana es una compañía depositaria de las ricas confidencias de Cristo y de los consejos secretos del corazón del Padre. El trato que el Señor da a los suyos no es meramente de siervos, a quienes se les da órdenes que cumplan, sino de amigos a los que se les comunica secretos: «Todas las cosas que le oí a mi Padre, os las he dado a conocer». No se trata de que no fueran siervos (2ª Ped. 1:1, Judas 1; Rom. 1:1), pero eran mucho más que eso. Eran amigos, y si el privilegio de que fueran siervos era grande, el de ser amigos era mucho mayor. El siervo, en calidad de siervo, «no sabe lo que hace su Señor». Solo conoce la tarea que se le asigna y recibe las instrucciones justas para que la acometa. El siervo que es tratado como amigo sabe más, pues recibe el propósito secreto del Maestro para el que trabaja y lleva a cabo la obra. Un amigo es alguien con el que hablamos de nuestras cosas sabiendo que pueden llegar a ser de su interés, aunque no vayan con él. Así es como Dios trató a Abraham, el hombre llamado el amigo de Dios: «¿Encubriré yo a Abraham lo que voy a hacer?» Vemos nuevamente que la obediencia de los mandamientos del Señor nos asegura el lugar de amigos bajo la misma premisa que anteriormente permitía conservar el gozo del amor. A menos que andemos en obediencia a los mandamientos del Señor, poco conoceremos los consejos del corazón del Padre. Si permanecemos en la senda de la obediencia, Él nos tratará como amigos.
v. 16. La compañía cristiana es una compa-ñía escogida: «No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros». Estuvo de su mano el escogernos, no que nosotros le escogimos a Él. Y bien está que fuera así, pues si en un acceso de entusiasmo hubiéramos escogido nosotros al Señor como nuestro Maestro para dar fruto, al cabo de no mucho tiempo habríamos vuelto sobre nuestros pasos bajo la presión de las circunstancias. Personas voluntarias que en ocasiones se cruzaron en el camino del Señor, recibieron no poco estímulo que les permitió continuar el camino con Aquel que no tenía donde recostar su cabeza y era el escarnio de los hombres. Pero de aquellos a los que Él llamó, dice: «Vosotros sois los que habéis permanecido conmigo en mis pruebas». Sin duda alguna, aquí no se trata de ninguna cuestión de la elección soberana para la vida eterna, sino del amor que nos escogió y nos ordenó para poder llevar un fruto en la tierra que fuera duradero. Un bendito cumplimiento de esto lo encontramos en los apóstoles, pues la gracia de Cristo que se expresó en sus vidas los ha puesto como ejemplo del rebaño en todas las épocas.
Por último, la compañía cristiana depende de la oración para tener acceso al Padre en el nombre de Cristo. Gozando de su amor, y siendo admitida a las confidencias de Cristo y sus amigos, empiezan a ser instruidos en su mente, de modo que todo lo que pidan al Padre en el nombre de Cristo Él se lo dará.
Acabamos de ver cómo debe ser el círculo cristiano según la mente del Señor. Todo lo que en él es de Cristo puede conocerse y disfrutarse, pues no cabe duda de que estas palabras brotan dulcemente de los labios del Señor: «mi amor, gozo, mis mandamientos, mi Padre, mi nombre, etc...». Aquí también se encuentra, como alguien ha dicho, «la completa historia del amor reflejada en el amor del Padre por su Hijo, en el amor de Jesús por su pueblo y en el amor de su pueblo entre sus miembros, marcando cada etapa del mismo la fuente y la pauta para la siguiente».
El cuadro que forma la compañía cristiana, cuya representación da aquí el Señor, es de lo más hermoso, pero es en vano que nos esforcemos en encontrar entre todo su pueblo cualquier expresión de los deseos del Señor. Sin embargo, e incluso dispersados como estamos y divididos, no vayamos a dejar que nuestro camino lo ordenen otras normas que no sean las que nos permitan, a cada uno, buscar responder individualmente a la mente del Señor.
v. 17. «Estas cosas» de las que habla el Señor fueron introducidas con el amor de Cristo a los suyos, con el fin de unirlos en un amor unánime los unos por los otros. Así es como podemos apreciar lo oportunas que son las palabras del Señor: «Esto os mando, que os améis unos a otros».

El mundo
Juan 15:18-25

De manera muy especial el Señor nos ha presentado a la nueva compañía cristiana, desde luego no en su formación o administración (pues la hora no había aún llegado), sino en sus caracteres morales y privilegios espirituales. Es vista como una compañía gobernada por el amor de Cristo y en una unión de amor mutuo entre sus miembros. Con las palabras que vienen a continuación pasa de dar su pensamiento del círculo cristiano del amor a hablar del círculo mundano del odio, advirtiendo a los discípulos del verdadero carácter del mundo que los rodeará y preparándolos ante su persecución.
Si compartimos con Cristo el amor, el gozo y los santos secretos de este círculo íntimo, debemos también prepararnos para compartir con Él el odio y rechazo que el mundo le ha ofrecido. No parece ser que los discípulos tuvieran que disponerse a obtener lo mejor de ambos mundos, como suelen decir los hombres. Tenía que ser o Cristo o el mundo, pero no los dos a la vez. Una compañía que exhibe bajo cualquier forma las gracias de Cristo sería reconocida e identificada con Él, y el odio y la persecución que padeció de parte del mundo serían mostrados también a Su pueblo.
El mundo es un vasto sistema que engloba a toda clase de razas y de clases, así como la falsa religión que se une con las primeras en su aborrecimiento de Dios. El mundo que rodeaba a los discípulos era el mundo corrupto del judaísmo. Hoy en día, el mundo con el que están en contacto los creyentes es el de una cristiandad corrompida, que aunque cambie su forma externa de siglo en siglo lleva en lo más profundo la marca de la enajenación de Dios y del odio a Cristo.
¿Por qué debería el mundo aborrecer a estos hombres sencillos? ¿Acaso no eran solo una compañía cuyos integrantes se amaban y llevaban una vida ordenada sujetándose a los poderes, sin interferir en su política? ¿No proclamaban las buenas nuevas y realizaban buenas acciones? ¿Por qué se les iba a odiar? El Señor da dos razones. En primer lugar, porque constituían una compañía que Cristo había escogido de entre el mundo, y en segundo lugar, porque formaban un grupo de personas que confesaban el nombre de Cristo ante el mundo. La primera causa más bien suscitaría el odio del mundo religioso; la segunda, el odio del mundo en general. En todas las épocas no ha existido nunca nada que enfureciera más al hombre religioso que la gracia soberana que, desestimando sus esfuerzos religiosos, se fijara en un grupo de infelices y desahuciados para bendecirlos. La sola mención de la gracia que en tiempos pasados bendijo a una viuda y a un leproso gentiles, soliviantó a los líderes de Nazaret que manifestaron su ira y odio a Cristo. La gracia soberana que bendice al hijo menor enfurece al hijo mayor.
vv. 20-21. Los discípulos reciben la advertencia de que este odio se manifestará en persecución: «Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán». Esta expresión activa del odio está relacionada directamente con la confesión del nombre de Cristo, ya que el Señor dice: «Todo esto os harán por causa de mi nombre». La persecución, ya sea a Cristo o a sus discípulos, era la prueba de que no conocían a Aquel que envió a Cristo: el Padre.
vv. 22-25. Sin embargo, no hay pretexto que valga para ignorarlo. Las palabras del Señor y sus obras dejaron al mundo sin excusa para el odio o la ignorancia. Si Cristo no hubiera venido y hubiera hablado al mundo palabras como nadie antes habló jamás, y si no hubiera hecho entre ellos las obras que ningún otro hombre había hecho no habrían podido ser imputados con el pecado de enemistad deliberada contra Cristo y el Padre. Habrían continuado siendo criaturas caídas, y con este hecho apenas se hubiera podido demostrar que eran criaturas egoístas, aborrecedoras de Dios. Pero ahora no había posibilidad de encubrir su pecado. Era imposible ocultar el hecho de la culpabilidad del mundo, porque a la vista estaba. Con sus palabras y obras, Cristo había revelado plenamente todo el corazón del Padre, lo que provocó que el hombre le aborreciera. El mundo, como tal, fue dejado sin esperanza al aborrecer sin causa a Cristo, según rezaba su propia ley. De manera que el odio del mundo no puede considerarse más ignorancia, sino pecado. Un odio sin fundamento. Como cristianos, en ocasiones podemos darle al mundo razones para que nos odie, pero en Cristo no había ningún motivo. Hay en realidad una causa para el odio, que no se fundamenta en Aquel que es odiado, sino en los corazones de quienes sienten odio.

El poder del testimonio
Juan 15:26-27

Si el círculo del amor se rodea de un círculo de odio —el de un mundo hostigador que odia ciegamente a los discípulos de Cristo—, ¿será posible mantener un testimonio en la tierra cuando Cristo se haya ido? El círculo cristiano es pequeño y sus componentes débiles. El Señor los asemeja a un pequeño rebaño en medio de lobos. ¿Con qué poder contarán, entonces, para resistir en un mundo aborrecedor de Cristo y a la vez dar testimonio de Él? Solo podrán resistir con el formidable poder del Espíritu Santo, una Persona divina que vendrá del Padre.
El Señor conocía muy bien el carácter terrible del mundo y el odio incansable que había derramado cual furiosa tempestad sobre Él. Por eso conocía igual de bien la debilidad de quienes le amaban y le habían seguido, contando que Pedro le negaría y todos le abandonarían. Sabía muy bien que si eran dejados a sí mismos nunca serían capaces de mantener ningún testimonio para Él cuando hubiera marchado a la gloria. Conociendo la impiedad del mundo y la debilidad de los discípulos, les dice: «Os enviaré al Consolador del Padre, al Espíritu de verdad —y añade—: Él testificará de mí». Sin importar lo débiles que fueran y la energía del mundo, o si ellos fallaban y el mundo los perseguía, «Él testificará de mí». Testificará en la tierra de la gloria del Hijo en el cielo. El mundo le crucificará en el lugar más humilde de la tierra y el cielo le coronará en el lugar más elevado de la gloria, y luego el Espíritu vendrá a dar testimonio de su gloria. El Hijo vino del Padre para dar testimonio del Padre, y el Espíritu Santo venía del Padre para dar testimonio del Hijo.
Teniendo en perspectiva que el Espíritu ve-nía, el Señor añade: «Vosotros daréis testimonio también»; y presenta otra razón: «Porque estáis conmigo desde el principio». Cierto que nosotros no hemos estado con Jesús en el sentido literal como los discípulos que le acompañaron desde el comienzo de Su ministerio, pero no es menos cierto, sin embargo, desde el punto de vista moral, que si tenemos que dar testimonio de Cristo ante los hombres debemos estar con Él en secreto. Cuando vino finalmente el Espíritu, el testimonio que dieron Pedro y Juan ante el mundo religioso que los perseguía sirvió para que este se diera cuenta de que «habían estado con Jesús».
Así, el Señor nos presenta dos hechos: el primero, que el Espíritu Santo testifica del Cristo en la gloria; el segundo, que los discípulos lo hacen ante los hombres. ¿No son ambos hechos una impresionante ilustración de la historia de Esteban? Rodeado de un mundo religioso que es hostil a Cristo y está perturbado por el odio que le tiene, y que le persigue chasqueando los dientes y arrojándole piedras, Esteban permanece firme en el poder formidable del Espíritu Santo y eleva la mirada al cielo, donde ve la gloria de Dios y a Jesús. Entonces, desde la gloria, el Espíritu Santo testifica de Cristo en el espíritu de Esteban, el cual da testimonio delante del mundo.
Esteban fue el primero de una larga sucesión de mártires, pero a pesar de todo lo que el mundo ha hecho o hará, podemos decir con toda confianza que ha existido y seguirá existiendo el testimonio de Cristo mientras esté en la tierra la compañía cristiana, por la única razón de que el Espíritu Santo está presente en ella, morando en el pueblo de Dios en Su poder formidable e irresistible.



 

JUAN 16

Introducción

Meditando en estas últimas palabras del Señor Jesús, registradas en los capítulos 13 a 16 de Juan, tenemos que recordar siempre que el Señor se proponía preparar a los Suyos para que testificaran de Él en el lugar donde fue rechazado, y mientras durara el tiempo de su ausencia.
Para llevar a un cumplimiento este gran fin, hemos visto en los discursos precedentes la necesidad de tener nuestros pies lavados (Juan 13), nuestros corazones consolados y unidos a las personas divinas (Juan 14), y que nuestras vidas presenten el carácter de Cristo mientras nuestros labios se abren en testimonio de Él (Juan 15). En este último discurso, nuestras mentes reciben la enseñanza a efecto de poder ofrecer un servicio inteligente y no caer en el tropezadero del mundo religioso que rechaza a Cristo.
Ser instruidos en la mente de Cristo es el gran objetivo que subyace a este último discurso. En el servicio del Señor puede existir mucho celo que no se corresponda con la sabiduría que debe manifestarse, lo que explicaría que el resultado sea escaso y grande la decepción. La enseñanza del discurso se presenta en el siguiente orden:
En primer lugar, se nos advierte acerca del trato con que el mundo religioso medirá a los que testifiquen de Cristo (1-4).
En segundo lugar, vemos que para crecer en inteligencia en la mente de Cristo era necesario que Él fuera al Padre y enviara al Consolador (5-7).
Cuando venga el Espíritu, los creyentes serán instruidos en el verdadero carácter de este presente mundo malo (8-11).
Luego, los creyentes serán guiados por el Espíritu Santo al conocimiento de otro mundo, del venidero (12-15).
En último lugar, recibirán también la enseñanza en cuanto al verdadero carácter del nuevo día que está a punto de esclarecer.

La persecución del mundo religioso
Juan 16:1-4

En el discurso previo el Señor presentó a los discípulos los rasgos de la nueva compañía cristiana, cuyo privilegio sería el poder llevar fruto para el Padre y testificar de Cristo a un mundo del que Él se ausentará.
v. 1. No obstante, aquellos que de alguna manera llevan el carácter de Cristo y testifican de Él en un mundo que le odia tendrán que enfrentarse, tarde o temprano, al sufrimiento y a la persecución que nos son presentados al inicio de este capítulo. El amor tierno y cuidadoso del Señor les da a los discípulos aviso acerca de ello, previendo que iban a sufrir cuando se iniciara la persecución y queriendo evitarles cualquier ofensa. De no haberlos avisado con antelación, sus prejuicios naturales, que estaban unidos a la dispensación que ya terminaba y desconocía la incipiente era cristiana, habrían sido su tropiezo en la confrontación con la persecución. La historia mostrará más tarde lo necesarias que fueron para ellos estas advertencias.
Juan el Bautista estuvo a punto de recibir ofensa. Su fe encajó un duro golpe porque fue tratada como no se lo esperaba. Como resultado de su testimonio fiel fue a parar a la cárcel, e ignorando la mente del Señor le envía un heraldo con el siguiente mensaje: «¿Eres tú el que ha de venir?» La respuesta fue: «Bienaventurado es el que no tropieza en mí». Los discípulos, que estaban falsamente esperanzados con la inmediata redención de Jacob, se enfrentaban a este mismo peligro que los descalificaba para sufrir la persecución proveniente de Israel. Estas falsas expectativas los dejaban desprotegidos ante el peligro de la ofensa.
vv. 2-3. La advertencia del Señor los prepara no solamente para la persecución, sino para la persecución religiosa. Los discípulos de Cristo serían expulsados de las sinagogas, con la pérdida que eso conlleva de toda compañía familiar, social o de índole política (Juan 9:22). Esta persecución religiosa tendría su origen en motivos religiosos: «Cualquiera que os mate, pensará que rinde servicio a Dios». Cuanto mayor es la sinceridad mostrada, más implacable se vuelve la persecución, motivada por la ignorancia que se tiene del Padre y del Hijo. Como se ha dicho con acierto: «del mismo modo que sucedió con los judíos, que perseguían a los cristianos, así sucede con los cristianos que han perseguido a cristianos». Estas cosas, que se han hecho siempre para la «gloria de Dios» y en el nombre de Cristo son las que Dios mira desde el cielo y dice: «No conocen al Padre ni a mí».
v. 4. En los días venideros, la persecución sería una ocasión propicia para recordar a los discípulos las palabras del Señor, y confortaría sus corazones con la sensación nueva de aquella omnisciencia que ya conocían, y de aquel amor que los guardaba. Hasta este momento no se había suscitado la necesidad de hablar de estas cosas, pues el Señor estaba presente para guardarlos. Eran cosas que pertenecían al tiempo de Su ausencia, no de Su presencia.

Necesidad de la partida de Cristo
Juan 16:5-7

Si los discípulos tenían que ser instruidos en la mente del Señor, se precisaba que Él se fuera y viniera el Consolador. El Señor les reconoció el afecto que le tenían, y Él también compartía con ternura el dolor que llenaba su corazón cuando pensaban que se tenían que separar. Sin embargo, les dice: «Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuese, el Consolador no vendría a vosotros». Nuestra incapacidad de reconocer la enorme bendición que esto significa para nosotros y para la gloria de Cristo, no debería rebajar nuestra estima por el don del Espíritu cuando vemos lo mucho que lo valora el Señor. No existe ninguna duda de que la compañía del Señor les fue de mucha bendición en su senda terrenal, ya que pudieron ver sus obras de poder y escuchar sus palabras de amor, contemplar sus excelencias y experimentar su cuidado. Su partida iba a significar una mayor ganancia, porque con la venida del Espíritu los creyentes son guiados a un conocimiento más hondo de Cristo, a una apreciación más abundante de sus excelencias, y sobre todo, a un conocimiento del Hombre exaltado en la gloria.
Conocer por el Espíritu al Cristo glorificado debe ser más dichoso que conocer al Cristo terrenal según la carne, ya que lleva implícita una unión con Él en la resurrección, algo que era imposible que se diera cuando estaba aquí. La unión con el Hombre en el cielo conlleva más bendición que la compañía con el Hombre en la tierra. La ocupación con el dolor inmediato de sentir la pérdida del Señor vedó los ojos de los discípulos a la bendición que Dios tenía preparada para ellos a través del dolor.
Se puede deducir de todo esto un principio de aplicación general. Preocuparnos de nuestras dolorosas circunstancias del presente ocultará de nuestra vista los propósitos que Dios quiere realizar para bendecirnos en el futuro. La preocupación de los discípulos con su dolor ocultó de sus ojos el hecho importante de que, con la partida del Señor, Él se iba para inaugurar el camino a la revelación de todos los infinitos consejos de Dios para la gloria de Cristo y la bendición de su pueblo.
Esto es lo que suele sucedernos: al estar preocupados con las circunstancias dolorosas de nuestro momento pasamos por alto la bendición y la holgura del alma que Dios se ha propuesto darnos guiándonos a través de estas mismas circunstancias, y solemos olvidarnos de aquel versículo: «Cuando estaba en angustia, tú me hiciste ensanchar» (Sal. 4:1).

Exposición del mundo presente
Juan 16:8-11

A partir de este momento del discurso, el Señor retoma la enseñanza de los dos últimos versículos de Juan 15, en lo que a la venida del Espíritu Santo se refiere. En el ínterin de los versículos, el Señor habló del testimonio de los discípulos y de la persecución que esto conllevaría. Ahora retoma este tema con las palabras: «Cuando él venga», una expresión utilizada antes en Juan 15:26 y Juan 14:13, empezando en cada caso una nueva fase de la enseñanza. En Juan 16:8, Su venida es la demostración del verdadero carácter del mundo. En Juan 16:13, Él viene para guiar al creyente a la verdad sobre otro mundo.
Antes de revelarnos el otro mundo, lo que se nos expone es el carácter real de este: «Cuando él venga, redargüirá al mundo de pecado, de justicia y de juicio». No hay ninguna duda para el que recibe esta demostración, pero queda afirmado el hecho de que la presencia del Espíritu Santo demuestra cuál es el auténtico carácter del mundo. En realidad, no es el mundo en sí el que recibe esta demostración, sino aquellos en quienes mora el Espíritu, si bien es cierto que ellos utilizan lo que han aprendido para testificarle cuál es su condición de verdad.
La presencia del Espíritu no constituye ninguna prueba para el mundo, que ya ha sido probado con la presencia de Cristo. Estuvo aquí de manera que este pudo ver sus obras de gracia y escuchar sus palabras de amor; y el Señor hace un resumen del resultado de esta prueba, diciendo: «Me han aborrecido a mí y también a mi Padre». Cuando el Espíritu venga, el mundo no le sabrá recibir porque no le verá ni le conocerá. Pero para los creyentes, en los que Él mora, hace la demostración del resultado de la prueba, de manera que ellos, enseñados por el Espíritu, no tengan ningún concepto falso sobre él. Por la enseñanza del Espíritu saben cuál es el verdadero carácter del mundo, tal como Dios lo ve, un carácter que se demuestra con respecto al pecado, a la justicia y al juicio. El alma tiene esta convicción sin necesidad de hacer ningún tipo de abstracción, puesto que apela directamente al Señor Jesús y a los grandes hechos de su historia.
El estado del mundo es probado, antes que nada, con respecto al pecado. La presencia del Espíritu es en sí una prueba del estado maligno del mundo, pues si no hubiera rechazado a Cristo el Espíritu Santo no estaría aquí. Su presencia es la prueba de que le ha aborrecido y expulsado, crucificando al Hijo de Dios. Tanto el judío como el gentil se unieron en representación del poder religioso y político para decir «crucifícale», y por consiguiente el mundo no cree en Cristo, lo que constituye un acto solemne y demostrable de que está en pecado. Podríamos llegar a entender que el mundo no crea en ninguna otra persona, pero si no cree en Cristo, en quien no halló ninguna culpa, es una prueba evidente de que lo domina un principio maligno que Dios llama pecado.
La demostración final y absoluta de que el mundo está en pecado puede verse, no en el hecho de que los hombres hayan transgredido ciertas leyes de Dios, ni contaminado el templo o apedreado a los profetas, sino en que cuando Dios se manifestó en toda la gracia, el amor, el poder y bondad en la persona del Hijo encarnado para ocupar el lugar del hombre culpable, este le rechazó de manera formal rehusando creer en su Hijo. He aquí el hecho más sobresaliente que viene a demostrar el pecado del mundo. Sea cual sea la clase de justicia que pueda aparentar en ocasiones, o los avances de su civilización y progreso, la presencia del Espíritu es la prueba demostrable de un mundo que no cree en Cristo y que está bajo pecado.
En segundo lugar, la condición maligna del mundo se demuestra con respecto a la justicia. La presencia del Espíritu no solo es la prueba de la ausencia de Cristo, sino también la de su presencia en la gloria. Si la ausencia de Cristo de este mundo es la mayor prueba contra el pecado, su presencia en la gloria es la mayor expresión de justicia. La maldad de los hombres llegó a cotas inalcanzables cuando pusieron al Simpecado sobre la cruz. Por una parte, está la justicia de que Cristo, tras ser clavado en ella, ha regresado al Padre, y por otra, que el mundo no le verá más. Por lo tanto, no puede por menos que tener derecho a su gloria en los lugares exaltados y que el mundo pierda tal derecho de no verle más, quedando así demostrado que está bajo pecado y sin justicia.
En último lugar, el Espíritu presenta la prueba del juicio con el que el príncipe de este mundo está juzgado. Detrás del pecado del hombre hay la astucia de Satanás. El hombre es solo una herramienta del diablo, pues Dios ha determinado en consejo poner a Cristo en el lugar de supremo poder en el Universo. Y el diablo se ha propuesto frustrar los propósitos de Dios. Desde el jardín de Edén hasta la cruz del Calvario ha utilizado al hombre como medio para llevar a cabo sus planes. Y cuando parecía que había triunfado al utilizarle para clavar en una cruz de deshonra al que Dios había destinado a un trono de gloria, la presencia del Espíritu es la prueba de que Dios ha triunfado sobre el pecado del hombre y el poder del diablo. El lugar de gloria donde está Cristo prueba que el diablo ha sido derrotado en lo que se refiere a todo su poder, lo que significa su juicio definitivo y absoluto, y si él es juzgado el mundo entero vendrá también a juicio por servirle. El juicio no ha sido aún ejecutado sobre sus moradores, pero a un nivel moral están ya condenados.
Este es el estado del mundo tal como lo ve Dios, demostrado por la presencia del Espíritu. Es un mundo bajo pecado, sin justicia y que va directo al juicio.

La revelación del mundo venidero
Juan 16:12-15

Dejando de lado el mundo, el Señor pasa ahora a hablar de una región de la que tiene mucho que decir, si bien por el momento los discípulos sean incapaces de asimilarlo. Cuando haya venido el Espíritu de verdad les revelará las cosas que están por venir, guiándolos a toda verdad. Si en este mundo queremos ser hallados fieles testigos de Cristo, no basta con conocer su carácter real; debemos poseer también la luz de otro mundo que guíe nuestros pasos a través de las tinieblas del actual.
Si bien es cierto que el Espíritu trae a la luz las glorias del nuevo mundo, no lo hace exhibiéndolas del todo. Cuando Cristo venga, Él las exhibirá realmente. La fe camina por el Espíritu en la luz presente de las glorias futuras, y la estrella de la mañana resurge en nuestro corazón antes incluso de que el Hijo de justicia proyecte sus rayos sobre el mundo.
El Señor no parece sugerir que la venida del Espíritu alteraría el curso de este mundo. Su presencia lo condena, y su guía lleva a los creyentes a la liberación de las cosas que este quiere ofrecerles, con la luz de las cosas que han de venir. Muchos buscarán echar mano del cristianismo para intentar mejorar el mundo, y se decepcionarán al ver que sus esfuerzos solo van a servir para corromperlo más, que la maldad será camuflada con una capa de barniz religioso. Tampoco vemos que el Señor pretenda decir que la venida del Espíritu daría seguridad y prosperidad a su pueblo mientras pasaran por este mundo. En ocasiones pueden existir disparidades en el pueblo del Señor en lo relativo a sus circunstancias y todo lo que les rodea, pero en lo referente a las verdaderas riquezas del mundo de los consejos del Padre los dos se hallan sobre una base compartida. La lucha actual por el mundo de gloria es la porción de todos los santos. Sin importar las circunstancias de nuestra vida, nos está permitido gozar en el espíritu de las abundantes y eternas glorias del mundo venidero al que pronto vamos a entrar.
A fin de poder llevar nuestros corazones a este mundo nuevo, leemos que el Espíritu Santo nos guiará a toda la verdad. Toda la verdad en cuanto a los propósitos de Dios, en lo que se refiere a la gloria de Cristo en la Iglesia, a su bendición con Él y a la bendición de los hombres en el reino a través del Milenio, hasta llegar a las glorias del cielo nuevo y tierra nueva, está ahí para que dispongamos de ella en el poder del Espíritu Santo. En este vasto campo de verdad Él nos guiará, pero sin forzarnos ni empujarnos a ello. La pregunta para cada uno de nosotros es como la hecha a Rebeca: «¿Querrás ir?». El siervo estaba listo para llevarla a Isaac, de la misma manera que el Espíritu ha venido para llevarnos a Cristo. El siervo dijo: «No me detengáis… despachadme para que me vaya a mi señor», y es lo que nosotros decimos que también era el deseo del Espíritu Santo, no el de mejorar en absoluto el mundo o darles a los santos protagonismo en esta escena, sino regresar a Aquel de quien viene y tomar con Él la Esposa para Cristo. Con cuánta frecuencia ponemos impedimentos al Espíritu torciendo hacia caminos de nuestra preferencia y perdiendo así su dirección. Las seducciones humanas, y tal vez alguna asociación religiosa pueden detenernos en este punto, y hasta que no estemos libres de ellas el Espíritu no continuará guiándonos a toda la verdad. Por lo visto, los cristianos tienen un pobre concepto de lo mucho que puede ser impedida un alma en su progreso hacia la verdad cuando tiene ataduras que las Escrituras desaprueban.
No solo dice el Señor que el Espíritu hace de guía, sino que repite tres veces: «Él os enseñará» (vv. 13,14,15). Nosotros no podemos ser nuestra propia guía a toda la verdad, ni podemos enseñarnos a nosotros mismos las cosas que han de venir, ni tampoco las que conciernen a Cristo. Dependemos enteramente del Espíritu, de ahí que rehusemos muy a nuestro pesar cualquier cosa que vaya a sernos lazo contra el Espíritu cuando este quiera guiarnos a la bendición plena.
Con todo detalle el Señor nos cuenta el carácter tripartito de la bendición a la que nos guiará el Espíritu. Primero, el versículo 13 nos habla de lo que ha de venir; luego, en el versículo 14 leemos de las glorias de Cristo, y finalmente, en el versículo 15, pone delante de nosotros «todo lo que tiene el Padre». Esta es la bendición a la que el Espíritu quiere guiarnos si no se lo impedimos, pues quiere revelarnos toda la dicha del mundo venidero, tomar de las glorias de Cristo y mostrarnos toda la variedad de los consejos del Padre que tienen a Cristo como centro.
Ojalá pudiera comprenderse con toda plenitud que existe un mundo de felicidad totalmente inalcanzable para la vista, más allá de donde llega la mente humana: «Cosas que el ojo no vio, ni el oído oyó, ni han subido al corazón del hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman. Pero Dios nos las reveló a nosotros por medio del Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun las profundidades de Dios» (1ª Cor. 2:9,10).

El día nuevo
Juan 16:16-33

El Señor ha terminado la parte de su discurso en que revela a los discípulos la gran luz de su mente como resultado de la venida del Espíritu Santo. A medida que termina, Él ya no habla del Espíritu, sino de aquel día —el nuevo día que amanecerá—, con la nueva revelación de Sí mismo en resurrección (16-22), el carácter nuevo de comunión que tendrán con el Padre (23-24) y la nueva forma con la que el Señor se comunicará con ellos (25-28).
Haremos bien en recordar que los dos acontecimientos que distinguen aquel día son la partida de Cristo para estar con el Padre, y la venida del Espíritu para morar en los creyentes. En la parte del discurso que aquí acaba, aquel día es visto en relación con la venida del Consolador. En esta última parte, aquel día se contempla en relación con Cristo, que va al Padre, y con todo lo que tiene que ver con su lugar con el Padre.
v. 16. Ante la mirada de los discípulos se han sucedido maravillosas comunicaciones de las glorias venideras que se revelarán con el poder del Espíritu, pero como los últimos momentos con los discípulos tocan a su fin ellos solo tienen a Jesús como el Objeto de sus afectos. El Espíritu les descubrirá estos afectos, pero no será como Jesús el objeto de los mismos. Así es como el Señor mantiene ocupados sus corazones con Sus cosas, cuando les dice: «Todavía un poco, y no me veréis; y de nuevo un poco, y me veréis». De estas palabras también se desprende el hecho de que los hace partícipes de los grandes sucesos que están aproximándose, y prepara sus corazones para los cambios que se producirán.
vv. 17-18. Las palabras del Señor originan ansiosas consultas entre los discípulos, poniendo de manifiesto que todas sus afirmaciones eran para ellos un misterio. Es de destacar que a medida que progresan los discursos escasean las palabras de los discípulos. Cinco de ellos hablan en alguna ocasión, pero desde que abandonan el aposento alto no se oye otra voz que la del Señor. Cuando se revelaban las verdades sobre la venida del Espíritu, ellos escuchaban en silencio lo que no sabían comprender. Ahora, cuando el Señor vuelve a hablar de Él, sus corazones son estimulados a conocer el significado de Sus palabras. Hablan entre ellos y dudan de si deben expresar al Señor aquello que tienen dificultad para comprender.
vv. 19-22. El Señor se adelanta a su deseo de preguntarle lo que significan Sus palabras, y así no solo arroja más luz sobre lo que ya ha dicho sino que además les explica lo cambiados que se volverán sus corazones, afectando por igual dolor y alegría debido a los grandes acontecimientos que se sucederán muy pronto.
Las palabras del Señor hablan claramente de dos intervalos de tiempo, dando a entender que pronto los discípulos no le verán, y que le verían otra vez. A la luz de los sucesos que llegan, es como si pudiéramos deducir de estas palabras que hubo unos breves momentos antes de que el Señor dejara a los discípulos y desapareciera de la vista de los hombres para entrar en las tinieblas de la cruz y la tumba. Tras el segundo todavía un poco, los discípulos verían al Señor, no como en los días de su carne, sino resucitado. Si no como en los días de su humillación, lo verían para siempre en la nueva y gloriosa condición de la resurrección, una vez traspasadas la muerte y la sepultura. Sería el mismo Jesús que habitó entre ellos y llevó sus debilidades, quien sostuvo su fe y ganó sus corazones el que ahora vendría y se pondría en medio de ellos, diciéndoles: «Mirad mis manos y mis pies, que soy yo mismo».
Les dice cuánto les va a afectar estos cambios, en lo que se refiere al dolor y gozo que experimentarían. El pequeño intervalo en que no le verán será un tiempo de gran pesar para los discípulos, un tiempo de duelo y lamentación para uno que ha muerto y cuya sepultura significa el fin de todas sus esperanzas terrenales. El mundo, desde luego, se alegraría pensando que había obtenido una victoria sobre Aquel cuya presencia dejaba en evidencia sus malas acciones. Pero cuando el pequeño intervalo terminara, el dolor de ellos se convertiría en gozo.
Para hacerles entender estos acontecimientos, el Señor utiliza la ilustración de la mujer que da a luz. El dolor de parto tan extremado, y la transformación de la angustia en gozo por el recién nacido plasman con exactitud la súbita pesadumbre de los discípulos para el momento en que el Señor hubiera pasado a la muerte, y el cambio repentino que sufrirían cuando le vieran otra vez resucitado como el Primogénito de los muertos.
Cuando el Señor aplica esta ilustración detalla más sus palabras, diciendo: «Me veréis»; y después añade «Os veré otra vez». El mundo no le vería, ni Él tampoco vería al mundo. Solo a los suyos: «Y entonces aconteció que Jesús se puso en medio, y les dijo: Paz a vosotros. Y, dicho esto, les mostró las manos y el costado. Y los discípulos se regocijaron viendo al Señor» (Juan 20:19,20).
La visión de la que habla el Señor no creo que pueda reducirse a las visitas fugaces durante los cuarenta días después de la resurrección. Se ha dicho con acierto: «el Señor resucitado y vivo se mostró a los sentidos de la vista para quedarse ante la mirada de la fe, no como recuerdo sino como presencia. Era una visión que no podía disminuir en intensidad ni perder su forma, pues fue más manifiesta cuanto más espiritual se ha-cía». Para todo el tiempo que dura su ausencia y nuestra permanencia en la tierra, las palabras del Señor siguen siendo las mismas desde la gloria: «Me veréis» y «Yo os veré». Al mirar firmemente en esa gloria, Esteban dice: «He aquí veo los cielos abiertos y al Hijo del Hombre de pie a la diestra de Dios». Una vez más, el autor de la epístola a los Hebreos dice: «Vemos a Jesús… coronado de gloria y de honra».
Esta es la visión especial que da la seguridad del gozo del creyente. «El Señor vivo es el gozo de su pueblo; y como su vida es eterna este gozo permanece como algo seguro». El Señor dice, como consecuencia: «Nadie os quitará vuestro gozo».
vv. 23-24. El Señor acaba de hablar de su nueva revelación en el día nuevo que pronto amanecerá. Ahora habla del nuevo carácter que la comunión tendrá adaptada al nuevo día. «En aquel día —dice el Señor— no me preguntaréis nada». Esto no significa que no nos dirigiremos al Señor, sino más bien que tendremos acceso directo al Padre. Marta desconocía el concepto de hablar directamente al Padre, porque ella dijo: «Sé ahora que cualquier cosa que pidas a Dios, Dios te la dará» (Juan 11:22). Ahora es diferente, no tenemos que apelar al Señor para que vaya al Padre rogando de nuestra parte, sino que nosotros tenemos el privilegio de pedir directamente al Padre en el nombre de Cristo. Hasta aquí los discípulos no habían pedido nada en Su nombre, pero en aquel día ellos lo harían y el Padre les respondería, para que su gozo fuera completo. Al utilizar estos vastos recursos a su disposición, ellos hallarían la plenitud del gozo.
v. 25. Dicho esto, las comunicaciones tendrán un nuevo carácter de parte del Señor. Hasta este momento ha dado casi toda su enseñanza en forma de parábolas o alegorías. En el día que pronto iba a amanecer, Él hablaría del Padre sin tapujos. Así fue en la resurrección, cuando envió un mensaje claro y conciso a los discípulos: «Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios».
vv. 26-28. Si bien el Señor nos explicará con claridad acerca del Padre, no será necesario que Él le ruegue por nosotros como si el Padre desconociera nuestras necesidades, o porque no tengamos acceso directo a Él, pues el Señor dice: «El Padre mismo os ama». El Padre tiene todo su profundo interés puesto en los discípulos y los ama, porque ellos amaron a Cristo y creyeron que Él vino de Dios.
Esta parte del discurso concluye con la afirmación de las grandes verdades en las que se basa toda la superestructura del cristianismo. «Salí del Padre, y he venido al mundo; otra vez dejo el mundo, y voy al Padre». La cristiandad profesante, a la que no le duelen prendas para alabar la vida perfecta de nuestro Señor, está abandonando con rapidez las santas demandas que esta afirmación implica. La afirmación de Su origen divino, de Su misión en el mundo y Su regreso al Padre pone fin a la enseñanza de los discursos.
vv. 27-32. Las palabras del final no son tanto una enseñanza como una advertencia contra la flaqueza de los discípulos, seguidas de una palabra que revela los sentimientos del corazón del Señor, y una última palabra de ánimo.
En presencia de esta plena afirmación de la verdad, los discípulos dicen: «He aquí que ahora hablas claramente, y no dices ninguna alegoría». La verdad que habían podido apreciar vagamente se vuelve ahora clara y precisa con las sencillas palabras del Señor. Qué poco comprendían el camino de la muerte que el Señor tomaba para ir al Padre. El Señor dice: «¿Ahora creéis?» Sí creían, pero como suele ocurrirnos a nosotros, sa-bían muy poco lo débiles que eran. El Señor tiene que advertirles de que se acercaba la hora, y desde luego sabrían de su llegada cuando todos fueran dispersados a su lugar de origen y dejaran solo a Aquel en quien habían profesado su fe.
Llega el momento en que los compañeros que ha tenido en vida piensan solo en ellos y le dejan solo en la hora de la prueba, pero Él se proveerá de una nueva compañía que le amará y le seguirá. «El Padre está conmigo». Como en los viejos días de aquella escena que era la sombra de otra mayor, vemos a Abraham e Isaac andando juntos al monte Moria: «E iban ambos juntos» (Gén. 22:6). Ahora el Padre y el Hijo irán juntos al aproximarse el gran sacrificio.
v. 33. Si el Señor les avisa de sus debilidades, Él no les dejará sin una última palabra de ánimo y consuelo. Por muchos que sean los fallos que tengamos que deplorar en nuestra vida, y las pruebas que todavía tengamos que pasar en el mundo, en Cristo tendremos paz. Los discípulos verán muchos defectos en ellos y el mundo los cuestionará, pero en Cristo tendrán un recurso infalible y le podrían confiar su corazón para obtener la paz perfecta. El mundo podía vencer a los discípulos, como se comprobará en breve, pero Cristo ha vencido al mundo.
Tanto los discípulos como nosotros podemos tener buen ánimo, porque Aquel que nos ama y vive por nosotros y el que viene a socorrernos es el que ha vencido al mundo. Al llegar a su final, los discursos nos dejan una palabra de ánimo que nos eleva por encima de nuestros fallos y dejan que contemplemos las victorias del Señor.



 

JUAN 17

Introducción

El ministerio de gracia de Cristo ante el mundo ha finalizado, y los discursos de amor a los discípulos han terminado. Estando todo concluido en la tierra, el Señor dirige la mirada al cielo, el hogar al que pronto entrará. Hemos escuchado las palabras del Señor que Él hablaba a los discípulos del Padre, y ahora es nuestro el privilegio de escuchar las palabras del Hijo cuando habla al Padre en relación con ellos. Esta oración es un ruego singular como no hay otro entre todas las oraciones, con motivo de la gloriosa Persona que la pronuncia. Solo una Persona divina pudo decir: «Para que sean uno, así como nosotros»; «que ellos sean uno en nosotros». Dichas expresiones jamás brotaron de labios humanos. Neguemos la deidad de su persona y estas palabras devendrán las blasfemias de un impostor. La oración es singular también con motivo de su carácter único. Se ha señalado que «no tiene ecos de confesión alguna de pecado, ningún tono de sentimiento de culpa o defecto, ninguna insinuación de inferioridad ni súplicas de auxilio».
Nos sentimos atraídos por su claridad al escuchar a Uno que habla de una eternidad anterior a la fundación del mundo, en la que tuvo parte en un pasado glorioso. Le oímos hablar de su camino perfecto en la Tierra y nos transporta hasta los días apostólicos el que conoce el futuro como un libro abierto. Al expresar sus deseos para los que creerán en Él por las palabras de los apóstoles, escuchamos palabras que abarcan todo el periodo del peregrinaje de la Iglesia en la Tierra. Finalmente, somos llevados en pensamiento a una eternidad aún futura, cuando estaremos con Cristo y seremos como Él.
Mientras prestamos atención a los solícitos deseos del corazón del Señor, sentimos que estos tienen en cuenta nuestro paso por este mundo, pero sin embargo somos transportados más allá del tiempo para contemplar la inmutabilidad de la eternidad. Y no obstante la necesidad del lavamiento de pies y de la aportación de fruto y del privilegio de testificar y sufrir por Cristo, hay cosas más importantes que, aunque podamos conocer y gozar en el tiempo, pertenecen a la eternidad. La vida eterna, el nombre del Padre, las palabras y el amor del Padre, el gozo de Cristo, la santidad, la unidad y la gloria, etc., son cosas que perdurarán cuando el tiempo haya dejado de existir junto con el lavamiento de pies, las oportunidades de servicio, las pruebas y los padecimientos.
Escuchando esta oración vemos cuáles son los deseos del corazón de Cristo, de manera que el creyente puede expresar: «sé cuáles son los deseos de Su corazón para mí». Y así es como debe ser, ya que la oración perfecta expresa los deseos del corazón. Nuestras oraciones son a menudo formales y solo vienen a expresar aquello que nos gusta que otros piensen que se trata del deseo de nuestro corazón. Pero en esta oración no existe ningún elemento de formalidad, es perfecta como Aquel que la hace.
En la oración se presentan muchas peticiones al Padre, que al parecer caen bajo tres deseos predominantes del Señor, y que trazan las principales divisiones de la oración.
Primero, está el deseo de que el Padre sea glorificado en el Hijo (vv. 1-5).
En segundo lugar, el deseo es de que Cristo sea glorificado en los santos (vv. 6-21).
Y el tercer y último deseo es que los santos sean glorificados con Cristo.

El Padre glorificado en el Hijo
Juan 17:1-5

Toda expresión de rogativas ofrecidas en los primeros cinco versículos del capítulo 17 tienen como objeto la gloria del Padre. Ya sea que la oración tenga presente al Hijo en la tierra o sobre la cruz (entre cielo y tierra), su primer gran deseo es el de glorificar al Padre. Un motivo así de puro es incomprensible para el hombre caído, pues lo natural sería que pensara en utilizar su poder para glorificar el yo. Esto fue lo que pensaron sus hermanos en la carne cuando dijeron: «Si haces estas cosas, manifiéstate al mundo» (Juan 7:4). ¿Qué significa esto sino lo mismo que decir «utiliza tu poder para glorificarte»? ¿No demuestra que el hombre utiliza el poder que le confían sus semejantes para glorificarse a sí mismo? La primera cabeza del poder gentil logra caer con estas palabras: «¡Mirad la gran Babilonia que he construido como capital del reino, la he construido con mi gran poder, para mi propia honra!» (Dan. 4:30, NVI). Todo el cielo se une para decir: «El Cordero que ha sido inmolado es digno de tomar el poder», pues únicamente Él utiliza el poder para la gloria de Dios y la bendición del hombre. El Señor desea una gloria mayor que la que pueda ofrecer este mundo, pues dice: «Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo existiese». Con esta gloria mayor Él desea poder glorificar al Padre.
v. 2. El poder ya se le había dado en la Tierra, y lo manifestó resucitando a Lázaro y usándolo para la gloria de Dios: «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?» (Juan 11:40). El Señor ruega ahora por una gloria que se corresponda con la de su poder, un poder que le había sido dado sobre toda carne para glorificar a Dios llevando a cabo los propósitos divinos. En este mundo vemos el terrible poder de la carne energizada por Satanás; sin embargo, y para nuestro consuelo, sabemos por esta oración que un poder más elevado le ha sido dado al Señor a fin de que ningún otro, por maligno que sea, impida a Cristo llevar a cabo los consejos de Dios de dar la vida eterna a cuantos el Padre ha querido dar al Hijo.
v. 3. Esta vida tiene su colofón en el conocimiento y gozo de nuestras relaciones con el Padre y con el Hijo; no es como la vida natural, que se limita al conocimiento y disfrute de las cosas naturales y a las relaciones humanas. Esta vida, no confinada a la tierra ni ligada al tiempo, ni a la que la muerte tampoco puede poner fin, nos capacita para conocer y gozar de la comunión con las Personas divinas y nos transporta fuera del mundo, dejando atrás esta tierra, para cruzar los límites del tiempo y alcanzar las regiones de la gloria eterna.
v. 4. Si el deseo del Señor es glorificar al Padre en el nuevo lugar en el cielo, esto ya lo ha hecho en su camino terrenal y con sus padecimientos en la cruz. ¿Quién, salvo el Señor, podía mirar al cielo y decir al Padre «te he glorificado en la tierra»? El hombre caído, que fue hecho a imagen y semejanza de Dios como verdadero representante suyo ante el Universo, le ha deshonrado en la tierra. Si el mundo tiene que formarse una idea de Dios a partir del hombre caído, la conclusión a la que llegará será que es un Ser cruel, egoísta y rencoroso que carece de sabiduría, amor o compasión. Esta es, desde luego, la terrible conclusión que alcanzaron los paganos asumiendo que Dios debía de ser igual a ellos, lo que explica que se hicieran dioses crueles, egoístas e indeseables: «Cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible». En lugar de glorificar a Dios con una representación verdadera de Él, el hombre le ha traído deshonra en esta tierra. Si nos volvemos del hombre caído al Hombre Cristo Jesús —el Hijo— vemos a Uno que glorificó a Dios con cada paso que dio. No bien hubo nacido, las huestes celestiales dijeron al contemplar a su Hacedor: «Gloria a Dios en las alturas». Al final de su camino, el Señor dice al Padre: «Te he glorificado en la tierra». Él manifestó de manera plena el carácter de Dios y mantuvo en integridad todo lo que era debido a Él, su gloria delante de todo el Universo. Dios fue manifestado en Cristo encarnado, visto de los ángeles y de los hombres.
Cristo no solo le glorificó en su camino terrenal, sino que además le glorificó en la cruz: «He llevado a término la obra que me diste a realizar». Allí fue donde mantuvo la justicia de Dios en relación al pecado y donde exhibió el amor de Dios al pecador.
Cristo habla aquí de la humanidad perfecta con la que Él se humanó. Como Hombre glorificó a Dios y consumó la obra que le había encomendado, y como creyentes tenemos el privilegio de andar como Él anduvo. Estamos aquí para manifestar la gloria de Dios y acabar la obra que se nos ha encomendado, sin olvidar jamás que la obra que Él vino a hacer es independiente de la nuestra. Nadie excepto el Hijo pudo emprender y consumar esta gran obra.
v. 5. En este versículo escuchamos las peticiones de las que el hombre no participa. El Señor habla aquí como el Hijo eterno y presenta dichas peticiones de las que solo Uno que es Dios puede participar. En primer lugar, dice el Señor: «Padre, glorifícame tú». Nosotros deseamos poseer nuestros cuerpos gloriosos para que Cristo sea glorificado en nosotros (2ª Tes. 1:10) y así poder decir «glorifica a Cristo en mí», pero aparte de una Persona divina ¿quién más pudo decir «glorifícame»?
En segundo lugar, la oración se eleva a un plano superior, porque el Señor añade: «Al lado tuyo». Solamente el Hijo eterno, que moraba en el seno del Padre, podía pedir aquella gloria en proporción con la del Padre. Aquel que habla de esta manera reclama para sí la igualdad con Él.
Cuando el Señor procede a hablar de «aquella gloria que tuve» se refiere a una gloria que Él poseía en la eternidad como Persona divina, no una gloria que Él recibió, sino la que Él ya tenía. Por eso dice «aquella gloria que tuve contigo», una expresión que no solo implicita la divinidad de su Persona, sino también a una Persona distintiva en el seno de la Deidad. Finalmente, hace referencia a esta gloria como la gloria que Él tenía con el Padre antes de que el mundo existiera. Una gloria fuera del tiempo perteneciente a la eternidad, y Él era una Persona divina, distintiva y eterna de la Deidad. Se ha dicho con acierto: «le escuchamos hablar con la plena conciencia de que Él mismo era antes de que el mundo fuera, y de una gloria que Él tenía como suya en la comunión eterna con Dios».

Cristo glorificado en los santos
Juan 17:6-21

El primer deseo que el corazón de Cristo antepone a todos los otros deseos es asegurar la gloria del Padre. Este es el objetivo importante en la primera parte de la oración. El segundo deseo del corazón de Cristo es que Él sea glorificado en sus santos: «He sido glorificado en ellos». Al parecer, este subyace a las peticiones en este nuevo apartado de la oración.
En su andar en la tierra el Señor glorificó al Padre en el cielo. Ahora, cuando toma su lugar allí, desea que los discípulos le glorifiquen en su camino terrenal, así que pone felizmente sus pies en el camino que Sus pasos habían hollado anteriormente delante del Padre.
vv. 6-8. En los versículos de esta parte de la oración el Señor llama por su nombre a quienes Él pone en oración, y presenta las características que los hace tan estimados haciendo la oración en su honor.
Ellos son una compañía de gente que ha sido sacada del mundo y dada a Cristo por el Padre, y a raíz de ello son amados por Cristo como el don que el Padre le ha dado. El Señor también manifestó a esta compañía el nombre del Padre. En las Escrituras, el nombre nos habla de la personalidad de la persona que es portadora del mismo. Cuando Moisés es enviado por Jehová a Israel, él alega que le preguntarán sobre el nombre del que le envía, lo que equivale decir que si les decía Su nombre ellos sabrían quién era el que le enviaba. Así, manifestar el nombre del Padre es declarar a todo el mundo lo que Él es.
No solo ha declarado el Señor al Padre, sino que además dio a sus discípulos las palabras que su padre le dio a Él. Compartió con ellos las comunicaciones que recibió del Padre para que supieran cómo es en todo su amor y santidad, además de conocer su mente a través de estas palabras. Si la palabra revela lo que es Él, las palabras revelan su mente y pensamientos.
Son una compañía que por gracia ha respondido a estas revelaciones. El Señor dice de ellos que «han guardado tu palabra»; «han conocido que todas las cosas que me has dado proceden de ti»; «les he dado las palabras que me diste, y ellos las recibieron».
vv. 9-11. Habiendo nombrado así a quienes son objeto de su oración, el Señor nos revela el porqué ruega por ellos. Teniendo siempre al Padre presente, el Señor declara tuyos son como la primera razón para rogar por ellos. Antes ya ha-bía dicho: «Tuyos eran, y me los diste», pero sigue diciendo tuyos son. Nunca cesaron de ser del Padre porque Él se los hubiera dado al Hijo, todo lo contrario. «Todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío». Sobre esta doble afirmación rica en significado se sabe que Lutero dijo una vez: «todos podrían correr a decir a Dios “todo lo mío es tuyo”, pero ningún ser creado podría ir más allá y decir “todo lo que es tuyo es mío”. Son palabras solo para Cristo».
Una segunda razón importante para rogar por sus discípulos fue que Él dijo: «He sido glorificado en ellos». Nosotros somos dejados en este mundo como representantes de Aquel que ha ido a la gloria, y la medida con que su pueblo le ve a Él es la medida con la que Él es glorificado ante el mundo.
Hay otra razón que suscita la oración del Señor. Cristo ya no está en el mundo para proteger a los suyos con su presencia real. Él va al Padre mientras ellos son dejados en medio de un mundo de maldad que odia a Cristo. Por lo tanto, es necesaria la oración que el Señor hace en nombre de ellos.
v. 11. En la última parte del versículo pasamos de escuchar las razones para la oración del Señor a escuchar determinadas peticiones que le hace al Padre, y que tienen cuatro rasgos principales. En primer lugar, se desea que los discípulos sean guardados en santidad; en segundo lugar, que sean uno, y después guardados del mal; y por último, que sean santificados. Al instante nos damos cuenta de lo necesarias que son estas peticiones, pues si Cristo tiene que glorificarse en los suyos es preciso que ellos sean de una naturaleza santa, unidos de corazón y separados del mal, santificados para el uso que el Señor quiera hacer de ellos.
La primera petición es que sus discípulos sean guardados de acuerdo al nombre del Padre Santo. Esto implica el mantenernos en la santidad que demanda su naturaleza. Pedro, en su epístola, debió pensar en ello al exhortar a quienes invocan al Padre para que sean santos en todas las esferas de su vida.
Con el segundo deseo que expresan las palabras «que también ellos sean uno en nosotros», se insta a recordar que la santidad precede a la unidad, pues existe el peligro de buscar la unidad sacrificando la santidad. Esta es la primera de las tres unidades a las que hace referencia el Señor en la oración. Se trata, ante todo, de la unidad de los apóstoles. El Señor desea que ellos sean «uno como Nosotros». Esta es una unidad de objetivos, pensamientos y propósitos, como la que existía entre el Padre y el Hijo.
vv. 12-14. Entre la segunda y tercera petición se nos permite escuchar al Señor presentando al Padre las razones por su intercesión. Mientras estaba en el mundo, Él guardó a los discípulos en el nombre del Padre y de todo el poder del enemigo. Ahora que el Señor iba al Padre, Él permite que escuchemos sus palabras y nos demos cuenta de que no levanta su guardia, aunque sí cambie de método. Antes de ir al Padre, Él quiere que sepamos que somos puestos bajo el cuidado tierno del amor paterno, lo cual lograría que el gozo de Cristo se cumpliera en los discípulos. Así como Él anduvo gozando descubiertamente del amor del Padre, quiere que nosotros andemos gozándonos también de saber que el Padre nos cuida y nos ama con el mismo amor inmutable y eterno con que nos ha amado el Hijo.
El Señor ofrece a los discípulos la palabra del Padre, la revelación de Sus consejos eternos. Al entrar nosotros en estos consejos bebemos del manantial de sus delicias, que al ensanchar su cauce nos transporta a través de las edades milenarias hasta llegar al océano de la eternidad. Los discípulos no solamente se gozarían de saber, como el Hijo, que estaban bajo el amor protector del Padre, sino que también iban a conocer la bendición que ese amor se ha propuesto darles.
Si ellos gozaron de la porción del Hijo ante el Padre, también gozarían de su porción en relación con el mundo. El mundo odiaba a Cristo porque no era de él, ya que Él y el mundo no te-nían nada en común. Fue un extraño motivado y gobernado por objetivos totalmente ajenos a este mundo. Si le odiaron y no le comprendieron, nosotros también seremos odiados por el mundo si seguimos Su camino.
Los discípulos son felizmente puestos ante el Padre en la misma posición que ocupaba el Hijo delante de Él como Hombre en la Tierra. El nombre del Padre se revela a ellos, la palabra del Padre les es ofrecida y el cuidado paterno es otorgado como garantía. El gozo de Cristo es también el de ellos. El desprecio y la extranjería de Cristo son su porción en este mundo.
vv. 15-16. El Señor continúa con sus peticiones. Las dos primeras están relacionadas con cosas que Él desea que los discípulos hagan suyas: la santidad y la unidad. Las dos últimas están más relacionadas con cosas que Él desea que ellos rehúyan. Ruega por que los discípulos sean guardados del mal del mundo, no que sean sacados de él (pues el momento no había llegado aún), y Él tenía trabajo que darles. Sin embargo, la maldad del mundo será siempre un peligro constante para ellos, por eso ruega que los guarde del mal.
v. 17. Una separación del mal real no es suficiente, y por eso el Señor ruega también por nuestra santificación. La verdad determinante de la santificación no es meramente la separación del mal, sino más bien la devoción y disponibilidad que se tienen para Dios. La santificación por la que Él ruega no es la santificación absoluta que Su muerte nos asegura y que nos es presentada en la epístola a los Hebreos. En la oración vemos que se trata de la santificación práctica que nos hace desposeernos de todo aquello que no es propio de Dios en nuestros pensamientos, costumbres y maneras prácticas, a fin de poder ser «santificados, útiles para el Dueño» (2ª Tim. 2:21).
Deducimos de las palabras del Señor que hay dos maneras de efectuar en la práctica esta santificación. Primero, es por la verdad. El Señor habla de ella como su palabra, es decir, la palabra del Padre. Toda la Escritura es la Palabra de Dios, pero la palabra del Padre es más probable que tenga en vista el Nuevo Testamento, que revela el nombre, la mente y el consejo del Padre. Toda declaración del nombre de Dios exige una correspondiente separación del mundo y la santificación para Él. Dios declaró a Abraham: «Yo soy el Dios Todopoderoso; anda delante de mí y sé perfecto» (Gén. 17:1). A Israel se le reveló como Jehová, y Dios miró que los caminos de Israel se correspondieran con este nombre. Tenían que temer este nombre «glorioso y terrible» (Dt. 28:58). ¡Con razón de más debía haber una santificación que se correspondiera con la plena revelación de Dios como Padre!
v. 18. Esta separación del mal y la santificación para Dios tienen como propósito que el servicio de los discípulos sea moralmente apropiado a la hora de desempeñar su misión. Esto es lo que interpretamos por las palabras del Señor: «Como tú me enviaste al mundo, así yo los he enviado al mundo». El Señor veía a los discípulos como Él en Su posición delante del Padre; ahora los ve ocupando Su lugar delante del mundo.
v. 19. Hay otra forma con la que el Señor efectúa nuestra santificación práctica. El versículo 17 nos explica el efecto santificador de la verdad. Aquí habla de santificarse a sí mismo para que nosotros seamos santificados por la verdad. El Señor se separa en la gloria para convertirse en el objeto que atrae nuestros corazones fuera de este mundo presente. Poseemos no solamente la verdad que ilumina nuestras mentes, que escudriña nuestras conciencias y nos da ánimos en el camino, sino que también tenemos con Cristo en la gloria a una Persona divina que ejerce un poderoso control en nuestros corazones. Atraídos por sus excelencias y guardados por su amor, nos veremos cada vez más santificados por la verdad que se manifiesta en Él de manera tan expresiva.
vv. 20-21. Llegados a este punto de la oración, el Señor piensa en todos aquellos que creerán en Él por la palabra de los apóstoles. Contempla todas las épocas y reúne bajo la esfera de sus peticiones a aquellos que formarán su asamblea. En relación con este círculo mayor el Señor añade una segunda petición de unidad, algo diferente de la primera, donde la unidad quedaba limitada a los apóstoles e instaba a que fueran «uno como Nosotros». Esta vez se contempla un círculo más amplio, para que ellos puedan ser «uno en Nosotros». Es una unidad formada por el común interés de ellos en el Padre y el Hijo. En la posición social que ocupen, y entre sus capacidades intelectuales y posesiones materiales podrán existir, y de hecho existirán, grandes diferencias, pero el Señor ruega que «en Nosotros» —en el Padre y el Hijo— ellos puedan ser uno. Esta unidad tenía que ser un testimonio al mundo y una prueba evidente de que el Padre tuvo que haber enviado al Hijo para efectuar un resultado así. ¿No fue Pentecostés, en parte, una respuesta a esta oración cuando «la multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma»?

Los santos glorificados con Cristo
Juan 17:22-26

Al comenzar su oración, el Señor ruega por la gloria del Padre. Más adelante piensa en los suyos rogando por que en el tiempo de su ausencia ellos puedan ser guardados para Su gloria, y que Él sea glorificado en los santos. Al concluir la oración el Señor lleva sus pensamientos a la gloria que ha de venir y ruega que los Suyos sean glorificados con Él.
v. 22. Con este fin en vista, el Señor dice: «Yo les he dado la gloria que me diste». La gloria que se da a Cristo como Hombre es la que Él asegura y comparte con los suyos. Es la gloria que Él les ha dado para que sean una unidad, que de tan perfecta como es nada menos que la unidad entre el Padre y el Hijo puede serles de modelo. Dice el Señor: «Para que sean uno, así como nosotros somos uno».
v. 23. Las palabras que vienen ahora nos explican cómo los santos llegan a ser perfectamente uno (versión «Dios Habla Hoy»), y también la gran meta para la que ellos son hechos uno. El Señor indica cómo se realiza la unidad: «Como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti». Estas palabras nos dirigen a la gloria cuando Cristo será perfectamente manifestado en los santos de igual manera que el Padre es manifestado perfectamente en el Hijo. ¿Qué es lo que ha echado a perder la unidad de los santos de Dios dividiéndolos y dispersándolos por toda la tierra? ¿No lo ha causado la permisividad de nuestras vidas con todo aquello que no es de Cristo? Si en un momento dado todos los santos hubieran expresado solamente a Cristo apenas se habría notado lo suficiente la unidad de la que habla el Señor en estos versículos, ya que se necesitará nada menos que la compañía entera de los santos en la gloria para manifestar de manera apropiada la plenitud de Cristo (Ef. 1:22,23). Cristo, y solamente Él, será así visto en su pueblo hasta que todos nosotros «lleguemos a la unidad de la fe y del pleno conocimiento del Hijo de Dios, a la condición de un hombre maduro, a la medida de la edad de la plenitud de Cristo» (Ef. 4:13). Los santos que estuvieron alejados y divididos en la Tierra serán «perfectamente uno» en la gloria. «Juntamente dan voces de júbilo; porque ojo a ojo verán que Jehová retorna a Sión» (Is. 52:8).
La gran meta de esta unidad perfecta es la manifestación de la gloria de Cristo ante el mundo como Aquel que el Padre envió, así como el amor del Padre por los discípulos. Cuando el mundo vea a Cristo exhibido en gloria, y en su pueblo, sabrán que al que ellos despreciaron y aborrecieron era realmente quien el Padre envió, y se darán cuenta de que los santos de Cristo a los que ellos rechazaron y persiguieron son amados por el Padre con el mismo amor con que el Padre ama a Cristo.
v. 24. Hay una gloria que está más allá de la gloria que se manifestará al mundo y de la bendición milenaria de la tierra. Es la gloria de un círculo íntimo de bendición celestial, donde los santos tendrán su parte. El Señor dice de ellos: «Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo». El Señor había revelado muy anteriormente en sus discursos el gran deseo de su corazón para recibirnos, para que donde Él está podamos nosotros estar. Y una vez más, al tocar la oración a su fin, se nos recuerda el deseo de su corazón.
Aunque será nuestro el privilegio de estar con Él allí, siempre habrá una gloria personal que pertenecerá a Cristo, y que nosotros contemplaremos pero nunca compartiremos. Cristo, en calidad de Hijo, siempre tendrá su lugar exclusivo con el Padre. Es una gloria y un amor especiales para Cristo, el amor que Él gozó antes de la fundación del mundo. El conocimiento de esto es especial, pues el Señor dice: «Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te he conocido».
Los santos conocerán que Aquel al que pertenecen esta gloria, amor y conocimiento especiales es el mismo que fue enviado por el Padre para darle a conocer. Lo que los distingue de este mundo decadente es que ellos saben discernir que el Hijo fue quien el Padre envió.
v. 26. El Señor declara a los suyos el nombre del Padre, y la declaración del nombre del Padre revela el amor paterno, así como el conocimiento de que este amor, siempre disfrutado y conocido por el Señor en su camino, pueden conocerlo y disfrutarlo sus discípulos. Si este amor está en ellos, Cristo —aquel que declara el amor del Padre— tendrá un lugar en sus afectos y Él estará en ellos. Al escuchar la última expresión de esta oración, el deseo que tiene Cristo de estar en su pueblo llena nuestros pensamientos.
No hay ninguna duda de que el deseo de Su corazón será satisfecho en la gloria venidera. Pero además, por todo aquello que se desprende de los últimos discursos y de su última oración, Cristo debería ser vivamente manifestado en su pueblo incluso ahora. Para este fin son lavados nuestros pies y consolados nuestros corazones, llevan fruto nuestras vidas y son instruidas nuestras mentes. Por ello, el Señor nos permite que escuchemos su última oración, que termina con las palabras YO EN ELLOS.






Fuente:
SOBRE LOS HIJOS DE DIOS
Traducción: D. Sanz

 

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