Poemas

Poemas

1

Cuantas veces ¡oh Señor!
estando en la habitación
hablando te he preguntado
la razón de mi estado.

Señor, que duro es vivir
y aun más para el cristiano
que aun pareciendo el camino recto,
Tú lo haces y lo has marcado.

Confundimos los destinos
y los fines ya trazados
sin saber qué perseguimos
Tú en la vida vas guiando.

Pues gracias por ello, Señor,
por marcar Tú mis pisadas
por tenderme Tú tus manos
por ser siempre Tú mi guarda.

Señor, qué sería yo sin Ti
seguro sería nada,
un mendigo en el desierto
perdido y sin esperanza.

Perdóname Señor y Padre
si a veces te doy la espalda
si del camino me tuerzo
si en Ti no pongo mi confianza.

Algunas veces tan triste
y otras sin embargo gozosa,
algunas pidiéndote fe
muy agradecida en otras.

Quiero tener yo más fe,
de la noche a la mañana
ser de ayuda a los hermanos
que transmita tu esperanza.

Que soporte bien las pruebas
que lleve con fe mi carga
que seas Tú mi descanso
Señor, por todo esto gracias.

S. A.

2

¡Oh Cristo! Él es la fuente. ¡El profundo y dulce gozo del amor! ¡De las aguas corrientes terrenales yo he bebido, aguas más profundas beberé en las alturas! Allá, con la plenitud de un océano, la misericordia se engrandece en Él, y la gloria, la gloria habita en la tierra de Emanuel.

La Esposa no mira sus vestidos, sino el rostro de su Esposo amado. Contemplaré, no la gloria, sino a mi Rey lleno de gracia. No la corona otorgada por Él, sino sus manos traspasadas. El Cordero es toda la gloria de la tierra de Emanuel

A. R. C.
3

¿Cómo no he de adorarte, Jesús mío, si eres el suave manto de rocío que ha revivido mis raíces secas? ¿Cómo no he de adorarte si tu truecas en esperanza ardiente mi hondo hastío? ¿Quién como tú, Jesús? que das al río cauce y corriente que jamás se agota y que haces estallar la estéril roca en fresco manantial para el estío.

Ya mi vaso jamás veré vacío ni seré más un triste abandonado, no sentiré la herida del pecado ni del traidor mordaz el desafío.

La misma soledad de ningún modo, torna mi vida triste y desolada, porque si ayer sin Ti, no tuve nada, hoy contigo Jesús, lo tengo todo.

Es tan bello Señor, estar contigo y tiene tu verdad tan dulce acento, que sin poder decirte lo que siento, arder yo siento en mi lo que te digo.

En la cumbre estelar de lo que ansío, Tu eres la luz polar que solo veo, Eres mi fe, en Ti solo yo creo y es solo tu poder, mi poderío.

Más si al fin de mi senda, Jesús mío nubló mi ser la sombra de la muerte de nada temeré porque confío que en la aurora estelar habré de verte.

L. V.
4

No me mueve mi Dios, para quererte, El cielo que me tienes prometido, Ni me mueve el infierno tan temido Para dejar por esto de ofenderte.

Tú me mueves Señor, muéveme el verte, Clavado en esa cruz y escarnecido, Muéveme el ver tu cuerpo tan herido, Muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme en fin tu amor y en tal manera Que aunque no hubiera cielo yo te amara Y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera, Pues aunque lo que espero no esperara, Lo mismo que te quiero, te quisiera.

A.
5

En aquel amor inmenso que de los dos procedía, palabras de gran regalo el Padre al Hijo decía. De tan profundo deleite, que nadie las entendía; sólo el Hijo lo gozaba, que es a quien pertenecía. Pero aquello que se entiende, de esta manera decía: «Nada me contenta, Hijo, fuera de tu compañía. Y si algo me contenta, en ti mismo lo quería; el que a ti más se parece, a mí más satisfacía. Y el que nada te semeja, en mí nada hallaría; en ti sólo me he agradado, ¡oh vida de vida mía! Eres lumbre de mi lumbre, eres mi sabiduría, figura de mi substancia, en quien bien me complacía. Al que a ti te amare, Hijo, a mí mismo le daría, y el amor que yo en ti tengo, ese mismo en él pondría, en razón de haber amado a quien yo tanto quería.»

S. J. C.
6

Señor Jesús, con tu esplendor benigno guarda mi pie. Densa es la noche y áspero el camino; mi guía sé. Harto distante de tu hogar estoy, Que al dulce hogar de las alturas voy.

Amargos tiempos hubo en que tu gracia no supliqué. De mi valor fiando en la eficacia, no tuve fe. Mas hoy deploro aquella ceguedad; Dame, ¡oh Señor!, tu grata claridad.

Mi guía sé en la noche esplendente. Ya cruzaré. el valle, el monte, el risco y el torrente con firme pie, hasta que empiece el día a despuntar y entre al abrigo de tu dulce hogar

J. H. N.
7

Existe en el mundo un libro valioso, que el Espíritu ofrece a todo ser piadoso, situando ante él con vibrante mensaje dogmas inteligibles de sublime lenguaje.

Como la luz disipó el error tenebroso, orientando el paso hacia lo luminoso, el alma se embebe y satura gozosa de refrigerio; de esperanza sustanciosa.

Extirpando el vicio, sin dar nada al olvido, el libro fue a menudo –sin razón– combatido. Conservando pero, su fuerza y arrancada, ningún otro logró desterrar tanto error, rociar de bálsamo –extinguiendo el dolor– como la Biblia: camino y alborada.

J. R. M.
8

Dulce Señor, mis vanos pensamientos fundados en el viento me acometen, pero por más que mi quietud inquieten no podrán derribar tus fundamentos.

No porque de mi parte mis intentos seguridad alguna me prometen para que mi flaqueza no sujeten, ligera más que los mudables vientos.

Mas porque si a mi voz, Señor, se inclina tu defensa y piedad, ¿qué humana guerra contra lo que Tú amparas será fuerte?

Ponme a la sombra de tu cruz divina, y vengan contra mí fuego, aire, tierra, mar, yerro, engaño, envidia, infierno y muerte.

L.V.
9

Una esposa que te ame, mi Hijo, darte quería, que por tu valor merezca tener nuestra compañía. Y comer pan a una mesa, del mismo que yo comía; porque conozca los bienes que en tal Hijo yo tenía. Y se congracie conmigo de tu gracia y lozanía.

Mucho lo agradezco, Padre, el Hijo le respondía; a la esposa que me dieres, yo mi claridad daría, para que por ella vea cuánto mi Padre valía, y cómo el ser que poseo, de su ser le recibía. Reclinarla he yo en mi brazo, y en tu amor se abrasaría, y con eterno deleite tu bondad sublimaría.

S. J. C.
10

Ya toda me entregué y di, y de tal suerte he trocado, que mi Amado es para mí y yo soy para mi Amado.

Cuando el dulce Cazador me tiró y dejó herida, en los brazos del amor mi alma quedó rendida; y, cobrando nueva vida, de tal manera he trocado, que mi Amado es para mí y yo soy para mi Amado.

Hiriome con una flecha enherbolada de amor, y mi alma quedó hecha una con su Criador; Ya yo no quiero otro amor, pues a mi Dios me he entregado, y mi Amado es para mí y yo soy para mi Amado.

T. C. A.
11

¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras? ¿Qué interés se te sigue, Jesús mío, que a mi puerta, cubierto de rocío, pasas las noches del invierno a oscuras?

¡Oh cuánto fueron mis entrañas duras, pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío si de mi ingratitud el hielo frío secó las llagas de tus plantas puras!

¡Cuántas veces el ángel me decía: “Alma, asómate ahora a la ventana; verás con cuánto amor llamar porfía!” ¡Y cuántas, hermosura soberana, “Mañana le abriremos”, respondía, para lo mismo responder mañana!

L.V.
12

Llámales que ahora entren, los errantes al redil; ¿Del pecado se arrepienten, tristes en su estado vil? ¡Presto!, ofréceles de balde el perdón de Dios, la paz; Su alma, en oro ¿cuánto vale? ¡Calcular jamás podrás!

Llámales que ahora entren, flacos, pobres, que el buen Dios dio a su Hijo, que se limpien de todo el pecado atroz. Diles que en Jesús descansen, que se acerquen al Señor; Llámales que ahora entren, pues los busca en buen Pastor.

Llámales que ahora entren, quebrantados y en dolor, pues tal vez ya se avergüencen de su vida ante el Señor. Háblales muy tiernamente el mensaje de su amor:
“Vino Cristo expresamente porque amó al pecador”.

Anda, ya que oscurece, pronto ha de anochecer; fiel, las “buenas nuevas” diles, cómo salvos puedan ser. ¿Tú no quieres que hoy se salven? ¿Al perdido has de olvidar? Llámales que ahora entren… ¡Viene Cristo!; “¡aún hay lugar!”

A.S.
13

¡Oh Dios, Padre mío!, no busco la gloria de aquellos deberes que un día cumplí. A Cristo me acojo, tan solo confío en Él y en su sangre vertida por mí.

A todas mis obras las llamo tinieblas, al lado de Cristo, torrente de luz. Mi gloria pasada es hoy mi vergüenza; la entierro, cual muerto, al pie de la cruz.

Yo estimo mis obras de pérdida vana y acepto la obra del gran Salvador; ya mi alma desea gozar en su seno, vivir a su santo y bendito calor.

Yo sé que mis obras no pueden, Dios mío, lavar mis pecados, borrar lo que fui; mas hoy sé que tu Hijo, ya que en Él creo, me lava y me ensalza, Dios mío hasta Ti.

A.
14

¡Cuán sublime, oh Dios, y cuán preciosa es tu palabra para el creyente! Tu gracia y tu justicia maravillosa en ella brillan con gloria esplendente.

Es ella la voz del Pastor divino, es un manantial de vida y consuelo, es celeste luz que alumbra el camino, es carta de amor venida del cielo.

A Ti, oh Dios, damos gracias fervientes por tan gran tesoro, inagotable; en el hallamos bienes permanentes que nos inundan de gozo inefable.

A.
15

Tu camino solitario, por donde anduviste a la cruz, de todos conocido, sea nuestro, ¡oh Jesús! En tu senda Tu sembraste gozo, paz y caridad, y tu corazón abriste para nuestra humanidad.

Allí ¡qué bienes hallamos!, ¡qué tesoros de bondad! Siempre viendo Dios en ellos amor, luz y santidad. Por tu sangre redimidos, andemos en pos de Ti; tuyos ya, de Dios nacidos, queremos servirte aquí.

Y si, siguiéndote, acaso encontramos el dolor, o la aflicción afrentosa de tu camino Señor; en flaqueza, con los ojos dirigidos a tu faz, el reflejo mostraremos de tu santa humanidad.

Esa senda se termina en el glorioso fulgor, que en tu trono siempre brilla ¡Hijo de Hombre y Redentor! Allí, Señor, satisfecho en los tuyos y en su bien, tu amor llenará el pecho que en Ti hallo su sostén.

A.
16

Tenebroso – mar undoso, vas surcando pecador; y al presagio – del naufragio, se acrecienta tu temor. ¿Ves no lejos – los reflejos de una amiga blanca luz? Ese bello – fiel destello, es el faro de la cruz.

Anhelado – puerto amado, fuente viva de salud, en ti el alma – dulce calma goza libre de inquietud. ¿Qué es el mundo? – foco inmundo; de él me quiero retirar, y el tranquilo – grato asilo de los justos, disfrutar.

Sólo ansío, – Jesús mío, revestirme de tu amor, adorarte – y acatarte cual humilde servidor. Roca fuerte, – que la muerte ni los siglos destruirán, de los fieles – los laureles en tu cumbre lucirán.

A.
17

En la célica morada de las cumbres del Edén, donde cada voz ensalza el autor de todo bien, ¿el pesar recordaremos y la triste cerrazón, tantas luchas del espíritu con el débil corazón?

Oración, deberes, penas, vías que anduvimos ya, poseyendo las riquezas que Jesús nos guarda allá, ¿la memoria retendremos, a cubierto del dolor, del camino largo aspérrimo con sus luchas, su temor?

La bondad con qué nos mira, sin cansarse cuando ve poco fruto en nuestra vida y tan débil nuestra fe, ¿Nos acordaremos de ella en aquel dichoso hogar, de eternal aurora espléndida e inefable bienestar?

Sí, allí será gratísimo en el proceder, pensar del Pastor fiel y benéfico que nos ayudó a llegar.

A.
18

¿He de ir sin fruto alguno que presente a mi Señor? ¡No le llevo ni un trofeo, ni servicio de valor!

De la muerte no me asusto, Cristo es ya mi Salvador. Para Él nada yo he hecho… Esto, sí, me da dolor.

Darle todo yo quisiera de los años que perdí caminando en la ceguera, pero a Satanás los di.

Pasa el día y llega la noche. ¡trabajad cuando halla luz! Le verán y sin reproche, los que sirvan a Jesús.

C.C.L.
19

¡Despertad, despertad, oh cristianos! Vuestro sueño funesto dejad, que el cruel enemigo os acecha, y cautivos os quiere llevar. ¡Despertad ! las tinieblas pasaron, de la noche no sois hijos ya, que lo sois de la luz y del día, y tenéis el deber de luchar.

Despertad y bruñid vuestras armas, vuestros lomos ceñid de verdad, y calzad vuestros pies, aprestados con el grato evangelio de paz. Basta ya de profundas tinieblas, basta ya de pereza mortal, revestid, revestid vuestro pecho de la cota de fe y caridad.

La gloriosa armadura de Cristo acudid con anhelo a tomar, confiando que el dardo enemigo no la puede romper ni pasar.
¡Oh cristianos, antorcha del mundo! de esperanza el yelmo tomad, embrazad de la fe el escudo y sin miedo corred a luchar.

No temáis, pues de Dios revestidos ¿qué enemigo venceros podrá, si tomáis por espada la Biblia, la palabra del Dios de verdad? En la cruz hallaréis la bandera, en Jesús hallaréis Capitán, en el cielo obtendréis la corona: ¡A luchar, a luchar, a luchar!

A.
20

Salvador, guardado siempre por Ti en mi alma hay dulce paz; ¿quién podrá asaltar, dañarme, o quitarme tu solaz? Si la peste destruidora acá anda infundiendo el terror, si aun me alcanza, es por llevarme a tu seno, ¡oh, mi Señor!

Si me bate el fuerte viento, si aun se acerca Satanás, en tu pabellón secreto, Protector, me esconderás. Si permites que me enfríe hoy, si me olvido de tu amor… ¿como el tamo arrebatado ? ¡No!, me avivarás, Señor.

Cuan bendita es la flaqueza que halla su potencia en Ti; de tu sin igual riqueza abundancia hay para mí. Tal elección en dependencia, pues, este erial me enseña aquí donde aprendo amor profundo, apoyado sólo en Ti.

F.J.E.
21

¿Qué quiero, mi Jesús? Quiero quererte, quiero cuanto hay en mi del todo darte, sin tener mas placer que el agradarte, sin tener mas temor que el ofenderte.

Quiero olvidarlo todo y conocerte, quiero dejarlo todo por buscarte, quiero perderlo todo por hallarte, quiero ignorarlo todo por saberte.

Quiero, amable Jesús, abismarme en ese dulce hueco de tu herida y en sus divinas llamas abrasarme. Quiero, por fin, en Ti transfigurarme, morir a mi para vivir tu vida, perderme en Ti, Jesús, y no encontrarme.

C.B.
22

Señor, en el poema sublime de los cielos, absorto yo contemplo las obras de tus manos, las selvas majestuosas, las aves en sus vuelos me dicen que tu moras en el profundo arcano. No obstante las auroras me cuentan de tu gloria, la brisa fresca y pura me enseña tu existencia, la dulce primavera me canta tu victoria y el trueno pavoroso tu grande omnipotencia. El aire que respiro me dice a cada instante, que tu diste la vida a todas las criaturas, y tu las alimentas con tu cuidado amante porque tu mano es fuente de pródigas harturas. Yo se que tu formaste los cielos y la tierra, que de la nada, todo trajiste a la existencia, que Tu palabra eterna la gran verdad encierra y en ella se revela la gloria de tu ciencia. Yo se también Dios mío, que tu eres fuente eterna de amor y de esperanza y de feliz consuelo que al pecador acoges con mano dulce y tierna y luego lo conduces a la mansión del cielo. Señor cuando en mis horas amargas de quebranto, me veas vacilante andando por la vida, conforta tu mis pasos, enjuga tu mi llanto, mitiga los dolores agudos de mi herida. Y cuando todo venga a su final ocaso, en este mundo artero sombrío, escóndeme del mal en tu feliz regazo y guárdame en tu diestra, Señor, Señor, Dios mío

A.
23

Un pecador atrevido, que con tantas culpas va, ¿con qué cara llegará ante un Dios ofendido?

¿Qué me podrá disculpar, si cielo y tierra me culpa, y no tengo en mi disculpa testigo que presentar?

Y aunque de todos mal quisto; vengo a Ti, Padre y Señor, no fundado en mi dolor, sino en el que sufrió Cristo.

Lo que a seguirte me llama, después de tanto pecar, es ver y considerar cómo perdona quien ama.

Y si de veras amaste al que de la nada hiciste, dígalo el mal que sufriste y la cruz en que expiraste.

Lo que el humano querer muestra sin tasa y medida, es aventurar la vida por quien lo ha de agradecer.

Más Tú, mi Dios y Señor, amas tan como quien eres, que abrasado de amor mueres por quien no te tuvo amor.

Y así no me desalienta mi mal, ni me pone espanto, viendo que voy a dar cuenta a quien me ha querido tanto.

F.P.P.
24

Oh Señor, cuando pienso en ti y en tu gracia amorosa, se inflama el corazón en mí por ver tu faz gloriosa.

Cuando el curso que he de seguir es triste y desolado, siempre en él tú me haces sentir tu tierno y fiel cuidado.

Si enemigos alrededor acechan mi flaqueza, disipas todo mi temor, dándome fortaleza.

Eres mi reposo, mi bien, mi salud, mi justicia, mi paz, mi roca, mi sostén, y mi mayor delicia.

Concédeme siempre, Señor, la gracia de honrarte, y, como atento servidor, cada día esperarte.

Por ti podremos celebrar tu admirable victoria, y eternamente disfrutar contemplándote en gran gloria.

A.
25

¡Oh, trueque soberano! ¡Dulce bien nuestro, que te pones en competencia de un pecador, porque tu amor te fuerza y tu Padre te lo manda! Mirad, hombres, el gran amor de nuestro Dios, que dice: “Tomad un Dios, y dadme un hombre. Tomad mi Hijo, y dadme un pecador.” Pues dime, gran Señor: y este trueque, ¿se puede sufrir? ¿No ves que te engañan más que en la mitad? Dar un Dios por un hombre, ¿quién tal vio? ¿El justo por un homicida? ¿El inocente por el culpado? ¿El Señor por el siervo? ¿El Hijo por el esclavo? ¿El Hacedor universal por su misma hechura? ¿Quién vio trocar la gloria por el polvo? ¿La riqueza suma por la suma pobreza? ¿La alteza de Dios por la bajeza del hombre? Ecce homo, remedio de mis males, Hombre que paga mis deudas, sangre con que se lavan mis culpas, precio conque se derrime mi ofensa. Pilato te me muestra, Redentor de mi alma; tu Padre te me da; Tú mueres por mí. Tú dices: “Ésta es mi sangre, que derramo por vosotros”. Tu Padre dice: “Así amé al mundo, que le di un solo Hijo que tenía”. Pilato me dice: Pues veis al hombre que todo esto hace: Ecce homo. Él me dice: Ecce homo; mas yo digo: Ecce Deus. Hombre te me muestran, mas Dios te conozco. Ecce homo, que muere por mí; Ecce Deus, que resucita por Sí. Ecce homo, que muestra mi flaqueza padeciendo; Ecce Deus, que me da su fortaleza venciendo. ¡Dulce retrato de mi remedio, que ansí te había yo menester para mí, que te perdieses a Ti para hallarme a mí!

P.M.C.
26

¡Oh dador divino de la eterna vida, amado Salvador! Tú haces a la Iglesia, tu esposa querida, la prenda de tu amor.

Los tuyos que duermen, pronto resucitados por tu virtud serán; todos de la tumba han de ser levantados, y en gloria vivirán.

Y los que quedamos seremos transformados por tu gran potestad; con ellos seremos, todos arrebatados, por ver tu majestad.

Y por ti llevados al lugar preparado, con cuerpo celestial, gozaremos ya, dichosos a tu lado, la gloria celestial.

A.
27

Señor, tu gracia ilimitada, tan pura y grata ya para mí, hace que mi alma quede extasiada cuando a tus plantas yo pienso en ti.

Tu amor divino, cual tú invariable, atare mi alma para gozar en la luz tuya, dicha inefable, que sus destellos da sin cessar.

Si ver pudiera de tu ternura todo el reflejo ¡oh Salvador! mi alma inundada de tu dulcura sabría amarte con más fervor.

Si alguna nube se me presenta y me rodea de oscuridad, cuando ha pasado ya la tormenta, como antes brilla tu claridad.

¡Que de ti nada pueda apartarme! Y si de nuevo, Señor Jesús, en mi flaqueza, vuelvo a desviarme, haz que muy pronto torne a tu luz.

Tu inmensa gracia, que es sin mudanza, harás gustarme cada vez más, y así probada, de mi esperanza tú la corona siempre serás.

A.
28

¡Cuán bendito es el hombre perdonado por Jesús, con el corazón lavado en la sangre de la cruz! ¡Oh cuán bienaventurado! al que Dios no contará ni engaño, ni pecado, mas su gracia le dará. Triste, envuelto en el silencio mis pecados escondí: ¡qué pesares de conciencia, qué miserias padecí! Mas por fin, desesperado, descubrí mi aflicción; mis pecados confesando, en Jesús busqué perdón. Escuchó Él mis clamores, mis pecados perdonó, y de todas mis angustias, compasivo, me libró. ¡Gloria a ti, Señor, eterno y adorable Salvador! ¡Gloria a ti en las alturas! ¡Dios de vida y Dios de amor!

A.
29

¡Oh, Padre, en tu eterno y profundo consejo nos predestinaste al celeste favor!, pues antes de que fuese echado el cimiento del mundo creado y el orbe en redor, tú nos escogiste, sí, en Cristo, «el amado», a fin de que fuésemos ante tu faz conformes, cual hijos, en todo a tu Hijo; pronto, ese designio tú consumarás.

Sí, en tu Hijo amado ya somos «aceptos», en el que aquí solo vino a morir, en Cristo, el glorioso, sentado en los cielos; tu diestra es su trono, le place servir, en gracia invariable hoy a sus redimidos, pues fiel y continua es su intercesión; tus misericordias así comprobamos que allanan la senda a tu bella mansión.

Y cuando el día de gloria, ¡tan cerca!, de un golpe fundiere las nubes de acá, Jesús ya venido, supremo en potencia, – al que de los hombres «todo ojo» verá – tendrá Él en nosotros, a Él conformados, la iglesia a la cual «con su sangre adquirió»; los ya «conocidos», le «conoceremos»…
¡Oh Padre!, alzaremos loor al que sufrió.

G.W.F.
30

¿Cómo no he de adorarte, Jesús mío, si eres el suave manto de rocío que ha revivido mis raíces secas? ¿Cómo no he de adorarte si tu truecas en esperanza ardiente mi hondo hastío? ¿Quién como tú, Jesús que das al río cauce y corriente que jamás se agota y que haces estallar la estéril roca en fresco manantial para el estío?

Ya mi vaso jamás veré vacío ni seré más un triste abandonado, no sentiré la herida del pecado ni del traidor mordaz el desafío.

La misma soledad de ningún modo, torna mi vida triste y desolada, porque si ayer sin Ti, no tuve nada, hoy contigo Jesús, lo tengo todo.

Es tan bello Señor, estar contigo y tiene tu verdad tan dulce acento, que sin poder decirte lo que siento, arder yo siento en mi lo que te digo.

En la cumbre estelar de lo que ansío, Tu eres la luz polar que solo veo, Eres mi fe, en Ti solo yo creo y es solo tu poder, mi poderío.

Más si al fin de mi senda, Jesús mío nubló mi ser la sombra de la muerte de nada temeré porque confío que en la aurora estelar habré de verte.

L.V.
31

Cuán bueno es aportarte al fin de la jornada ¡lasitud y zozobra, yerros e incorrección! El trabajo acabó. La etapa es terminada. ¡Reposar junto a Ti, Señor, qué dulce corazón!

Qué bueno es hablarte de todos los que amamos ¡y que es preciso dejar en la lucha del día! Te pedimos por ellos. Ante Tí los dejamos. Orar es -ante todas- la mejor melodía.

Cuán bueno es exponerte en plena confianza los proyectos, deseos y sueños impotentes. Esperar en la paz, fruto de la obediencia: Dígnate responderlos: que Tu los cumplimentes.

Después, si tu respuesta es de orden contrario y hemos de abandonar los planes de ilusión, cuán bueno será entonces adorarte a diario, crecer en tu sapiencia, en tu amor y perdón.

Gozoso aquel que llega al fin de vida andada, exponiendo su carga de humildad impregnada. Allí, en oración, Tu fuerza le es dada. ¡Cuán dulce es, que sintamos, Tu bendición amada!

D.D.
32

¿Qué quiero, mi Jesús? Quiero quererte, quiero cuanto hay en mi , del todo darte sin tener más placer que el agradarte, sin tener más temor que el ofenderte.

Quiero olvidarlo todo y conocerte, quiero dejarlo todo por buscarte, quiero perderlo todo por hallarte, quiero ignorarlo todo por saberte.

Quiero, amable Jesús, abismarme en ese dulce hueco de tu herida, y en sus divinas llamas abrasarme.

Quiero por fín, en Ti transfigurarme, morir a mí, para vivir Tu vida, perderme en Ti, Jesús, y no encontrarme.

C.B.
33

Muere la vida, y vivo yo sin vida, ofendiendo la vida de mi muerte, sangre divina de las venas vierte, y mi diamante su dureza olvida.

Está la Majestad de Dios tendida en una dura cruz, y yo de suerte que soy de sus dolores el más fuerte y de su cuerpo la mayor herida.

¡Oh duro corazón de mármol frío! ¿Tiene tu Dios abierto el lado izquierdo y no te vuelves un copioso río?

Morir por él será divino acuerdo, mas eres tú mi vida, Cristo mío, y como no la tengo, no la pierdo.

L.V.
34

El último estertor de la agonía Nubla del Redentor la frente pura, Su cabeza se inclina con dulzura, La muerte ya su corazón enfría.

¡Con eco de tristísima armonía, El «Consumado es» su voz murmura, Y se rompe de horror la roca dura Y el trueno ruge y se oscurece el día!

Huyen por todas partes los soldados, De su tumba levántanse los muertos, Y la turba, con ojos asombrados.

Mira del Hombre-Dios los brazos yertos por el rigor sobre la cruz clavados, Por el amor sobre la cruz abiertos.

E.R.
35

En Getsemaní te postras para al padre orar. Gotas se derraman santas, gotas de nuestra esperanza; ¡Oh nuestro sufriente Salvador! Te estremeces con gran emoción.

Ya se acerca el día, de la cruz colgado estás; Y la copa apuras Santo, llena de hiel y quebranto, Consumando gran satisfacción; Donde había pecado hay perdón.

Hoy te recordamos con profunda devoción. Nuestras copas, tu memoria, llena con tu gran victoria, Para celebrar tu gran pasión, Tu misericordia y fiel amor. Tu bendita historia ¡oh Señor!

J.C.
36

¡Oh, día precioso! viene el Señor A tomar a su pueblo que le espera Más allá de los cuidados de la tierra En donde no se conoce el pecar.

¡El Señor viene a buscar a los suyos Y a sentarlos con Él en su trono Para su gloria para siempre compartir!

La mañana de la resurrección se acerca, Cada santo que duerme en el Señor será despertado Y conducido a la luz plena.

Día demasiado glorioso para los ojos mortales Cuando la Iglesia reunida Arrebatada será a las celestes esferas, Para siempre con Cristo estar.

Oh Señor, ¡cuán lentos son nuestros corazones Para el cántico eterno alzar Y gloria, honor y alabanza tributar! Pero hasta ese día de Gloria.

Bendito Salvador, tú nuestro escudo serás, Pues a nuestras almas te has revelado Cual nuestra fuerza y castillo protector.

A.
37

¡Oh! dime más de Jesucristo el tema vuelve a repetir, y de su amor inmerecido gracia y favor hazme sentir.

¡Oh! dime de su voz calmante que dice “Paz” en mi dolor, y ¡qué alba habrá tras noche triste! Entrada al gozo del Señor.

¡Oh! dime de la dulce historia del “Rey de Gloria”, quien lloró lágrimas de real simpatía, y así a los tristes consoló.

¡Oh! dime más, y de mi parte mi vida entera entregaré: la historia bella y trascendente del Evangelio contaré.

¡Oh! dime más, y viviré de su sostén, de su poder. ¡Oh! de mi Amado dime más, hasta que en gloria vea su faz.

A.
38

Se acerca el alba feliz de esplendor cuando cristo, el Esposo, vendrá, y a su Iglesia, la Esposa, a su hogar con ardor para Sí el Señor tomará. Ya tendrá rica la bendición con Jesús en su bella mansión, y a su lado, en el trono real, reinará por el día eternal.

¡Qué sorpresa feliz, qué gloriosa emoción, ver tu rostro y tu voz escuchar! Ya saciado estará por siempre el corazón, de tu amor la riqueza al gozar. ¡ Oh ! que tal esperanza real nos anime a ser fiel cada cual, que los tuyos respuesta te den: “ven señor Jesucristo. Amén”

A.
39

La tarde se escurecía entre la una y las dos, que viendo que el Sol se muere, se vistió de luto el sol. Tinieblas cubren los aires, las piedras de dos en dos se rompen unas con otras, y el pecho del hombre no.

Los ángeles de paz lloran con tan amargo dolor, que los cielos y la tierra conocen que muere Dios, cuando está Cristo en la cruz diciendo al Padre, Señor, ¿por qué me bas desamparado? ¡ay Dios, qué tierna razón!

L.V.
40

En tanto que el hoyo cavan a donde la cruz asienten, en que el Cordero levanten figurado por la sierpe,

aquella ropa inconsútil que de Nazareth ausente labró la hermosa María después de su parto alegre,

de sus delicadas carnes quitan con manos aleves los camareros que tuvo Cristo al tiempo de su muerte.

No bajan a desnudarle los espíritus celestes, sino soldados que luego sobre su ropa echan suertes.

Quitáronle la corona, y abriéronse tantas fuentes, que todo el cuerpo divino cubre la sangre que vierten.

Al despegarle la ropa las heridas reverdecen, pedazos de carne y sangre salieron entre los pliegues.

Alma pegada en tus vicios, si no puedes, o no quieres despegarte tus costumbres, piensa en esta ropa, y puede.

L.V.
41

¡Oh terrible desatino!, medir al Inmenso quieren, pero bien cabrá en la cruz el que cupo en el pesebre.

Ya Jesús está de espaldas, y tantas penas padece, que con ser la cruz tan dura, ya por descanso la tiene.

Alma de pórfido y mármol, mientras en tus vicios duermes, dura cama tiene Cristo, no te despierte la muerte.

L.V.
42

El claro sol sus rayos oscurece; en el Templo se rompe el claro velo hiere una piedra en otra con gran duelo; la tierra con angustia se estremece.

Desmaya el día; la tiniebla crece; de tristeza se cubre el ancho cielo. Reina en todos piedad y desconsuelo por su Hacedor inmenso que padece.

Aprende, ¡oh pecador! el sentimiento debido a esta pasión, pues es causado tal dolor por tu ciego atrevimiento.

Ablanda con llorar tu pecho helado; mira en la cruz al Salvador sangriento que te ha con su muerte libertado.

L.V.
43

¡Oh, si tú fueras como un hermano mío, Amamantado a los pechos de mi madre! Entonces, hallándote fuera, te besaría, Y no me menospreciarían. Yo te llevaría, te introduciría en la casa de mi madre; Tú me enseñarías, Y yo te daría a beber vino Adobado del mosto de mis granadas.

Su izquierda esté debajo de mi cabeza, Y su derecha me abrace. Os conjuro, oh doncellas de Jerusalén, Que no despertéis ni hagáis velar al amor, Hasta que quiera. ¿Quién es ésta que sube del desierto, Recostada sobre su amado? Debajo de un manzano te desperté; Allí donde tu madre te concibió; Donde te concibió la que te dio a luz.

Ponme como un sello sobre tu corazón, como una marca sobre tu brazo; Porque fuerte es como la muerte el amor. Obstinados como el Seol los celos; Sus saetas, saetas de fuego; sus llamas, llamas de JAH. Las muchas aguas no podrán apagar el amor, ni lo ahogarán los ríos. Si diese el hombre todos los bienes de su casa por este amor, de cierto lo menospreciarían.

Tenemos una pequeña hermana, Que no tiene pechos todavía; ¿Qué haremos a nuestra hermana Cuando de ella se hable? Si ella es un muro, Edificaremos sobre él almenas de plata; Si es una puerta, La guarneceremos con planchas de cedro. Yo soy un muro, y mis pechos como torres, Desde que fui a sus ojos como quien ha encontrado la paz.

Cántico de Salomón, cap. 8
44

¿Quién es ésta que se asoma como el alba, Hermosa como la luna, Esclarecida como el sol, Imponente como ejércitos en orden? Al huerto de los nogales descendí A ver los frutos del valle, Y para ver si brotaban las vides, Si florecían los granados.

Antes de darme cuenta, mi deseo me puso En la carroza con mi príncipe. Vuélvete, vuélvete, oh sulamita; Vuélvete, vuélvete, y te miraremos. Qué veréis en la sulamita? Algo así como la reunión de dos campamentos.

Cántico de Salomón, cap. 6
45

¿Yo vine a mi huerto, oh hermana, esposa mía; He recogido mi mirra y mis aromas; He comido mi panal y mi miel, He bebido mi vino y mi leche. Comed, amigos; bebed en abundancia, oh amados.

Yo dormía, pero mi corazón velaba. Es la voz de mi amado que llama: Ábreme, hermana mía, amiga mía, paloma mía, perfecta mía. Porque mi cabeza está llena de rocío, Mis cabellos empapados de las gotas de la noche. Me he desnudado de mi ropa; ¿cómo me he de vestir? He lavado mis pies; ¿cómo los he de ensuciar?

Mi amado metió su mano por el agujero de la puerta, Y mi corazón se conmovió dentro de mí. Yo me levanté para abrir a mi amado, Y mis manos gotearon mirra; Mis dedos mirra, que corría Sobre la manecilla del cerrojo.

Abrí a mi amado; Pero mi amado había vuelto la espalda, se había ido; Y tras su hablar salió mi alma. Lo busqué, y no lo hallé; Lo llamé, y no me respondió. Me encontraron los guardas que rondan por la ciudad; Me golpearon, me hirieron; Me quitaron mi manto de encima los guardas de los muros.

Cántico de Salomón, cap. 5
46

Como el manzano entre los árboles silvestres, Así es mi amado entre los jóvenes; A su sombra deseada me he sentado, Y su fruto es dulce a mi paladar. Me llevó a la bodega, Y su bandera sobre mi fue amor. Sustentadme con pasas, confortadme con manzanas; Porque estoy enferma de amor.

Su izquierda está debajo de mi cabeza, Y su derecha me abraza. Yo os conjuro, oh doncellas de Jerusalén, Por los corzos y por las ciervas del campo, Que no despertéis ni hagáis velar al amor, Hasta que quiera. ¡La voz de mi amado! He aquí él viene Saltando sobre los montes, Brincando sobre los collados.

Mi amado es semejante al corzo, O al cervatillo. Helo aquí, que se para tras nuestra cerca, Mirando por las ventanas, Atisbando por las rejas. Mi amado habló, y me dijo: Levántate, oh amiga mía, hermosa mía, y ven.

Porque he aquí que ha pasado el invierno, La lluvia cesó y se fue. Han brotado las flores en la tierra, El tiempo de la canción ha llegado, Y en nuestro país se ha oído la voz de la tórtola. La higuera ha echado sus higos, Y las vides en flor difunden perfume; Levántate, oh amiga mía, hermosa mía, y ven.

Cántico de Salomón, cap. 2
47

La noche tarda aún; tu bien conoces, que referirte quiero aquel instante que fui sacado al mundo, de la nada; mas yo cerca de ti, me creo llevado hasta la misma altura de los cielos, pues tus discursos son más deliciosos, más dulces que la miel de la palmera, que embalsama el ambiente, y en mis labios la sed mitiga, el hambre saborea. Y mientras más te escucho, más anhelo, tus discursos oír que me extasían. ¡Oh Padre de los hombres!

J.M.
48

¡Oh Salvador, que Tú a Ti me atraigas! Así yo sin falta correré; Que con gentil palabra me consueles; Mi único anhelo seas Tú. Todo temor y peso en Ti reposar; En calma al saber que Tú cerca estás. ¿Qué es lo que yo en tu amor no poseo? Luz en mi noche, de día mi sol, en la tierra seca tu mi manantial, mi vino de gozo, pan de sostén, mi fuerza mi escudo y gran protección, ¡Tú mi vestido ante el trono de Dios!

E.D.
49

El camino es más largo de lo deseado. Delante el desierto con las arenas de la desesperación; inacabable, vacío; roto y desmenuzado.

Me agota y parte en mil pedazos. Estoy apunto de ser engullido y convertido en arena, perdida y yerma arena.

A pesar de las terribles olas, y la profunda oscuridad, pugno por descubrir algún destello lunar: el reflejo en la noche.

Al cambiar de rumbo mi mirada, he conocido que aún así, la noche más profunda y oscura se acaba, y después vuelve a salir el sol, el sol de justicia, la luz verdadera, donde está escondida mi vida.

J.C.
50

Ven a tocar mi puerta Jesus Divino, antes que el sueño de la muerte venga, y me cubra de frio y de silencio… Cierto es, que a veces, en forma de un anciano solo y triste llegaste hasta mi puerta, y al verte ahí Apoyando la mano en tu cayado; con polvo del camino y tan cansado ¡No te abri!

A veces eras niño con hambre y mucho frio y ni un trocito de pan, menos de cariño ¡No tuve para ti! Y aquella otra ocasion, un pobre enfermo reflejaba el dolor en su semblante; y tocando con mano vacilante, una limosna por amor rogaba. Esta vez al abrir, senti de pronto, el horror que aquel hombre me causaba, las llagas de su cuerpo supuraban; y al pesar que su mal me contagiara;

¡Cerré la puerta, de golpe y en su cara! En forma de un mendigo o de un lisiado ¡Cuantas veces Señor habras tocado! y yo me he hecho sordo a tu llamado. Buscaste caridad donde no habia, un poco de calor y no lo hallabas; solo hubo mezquindad y en mi osadia, negaba todo a aquel que me lo daba. Si al corazon contrito y humillado, por tu inmensa bondad has perdonado, Perdoname Señor, ven a mi puerta ¡Hay tanta soledad y esta desierta!

A.

51

Yo amo a Jesús, que nos dijo: Cielo y Tierra pasarán. Cuando Cielo y Tierra pasen mi palabra quedará. ¿Cuál fue, Jesús, tu palabra? ¿Amor? ¿Perdón? ¿Caridad?

Todas tus palabras fueron una palabra: Velad. Como no sabéis la hora en que os han de despertar, os despertarán dormidos, si no veláis: despertad.

A. M.

52

Muere la vida, y vivo yo sin vida, ofendiendo la vida de mi muerte, sangre divina de las venas vierte, y mi diamante su dureza olvida.

Está la Majestad de Dios tendida en una dura cruz, y yo de suerte que soy de sus dolores el más fuerte y de su cuerpo la mayor herida.

¡Oh duro corazón de mármol frío! ¿Tiene tu Dios abierto el lado izquierdo y no te vuelves un copioso río?

Morir por él será divino acuerdo, mas eres tú mi vida, Cristo mío, y como no la tengo, no la pierdo.

L.V.

53

¿Cómo no he de adorarte, Jesús mío, si eres el suave manto de rocío que ha revivido mis raíces secas? ¿Cómo no he de adorarte si tu truecas en esperanza ardiente mi hondo hastío?

¿Quién como tú Jesús? que das al río cauce y corriente que jamás se agota y que haces estallar la estéril roca en fresco manantial para el estío.

Ya mi vaso jamás veré vacío ni seré más un triste abandonado, no sentiré la herida del pecado ni del traidor mordaz el desafío.

La misma soledad de ningún modo, torna mi vida triste y desolada, porque si ayer sin Ti, no tuve nada, hoy contigo Jesús, lo tengo todo.

Es tan bello Señor, estar contigo y tiene tu verdad tan dulce acento, que sin poder decirte lo que siento, arder yo siento en mi lo que te digo.

En la cumbre estelar de lo que ansío, Tú eres la luz polar que solo veo, Eres mi fe, en Ti solo yo creo y es solo tu poder, mi poderío.

Más si al fin de mi senda, Jesús mío nubló mi ser la sombra de la muerte de nada temeré porque confío que en la aurora estelar habré de verte.

L. V.

54

Señor, en el poema sublime de los cielos, absorto yo contemplo las obras de tus manos, las selvas majestuosas, las aves en sus vuelos me dicen que tú moras en el profundo arcano. No obstante las auroras me cuentan de tu gloria, la brisa fresca y pura me enseña tu existencia, la dulce primavera me canta tu victoria y el trueno pavoroso tu grande omnipotencia.

El aire que respiro me dice a cada instante, que tú diste la vida a todas las criaturas, y tú las alimentas con tu cuidado amante porque tu mano es fuente de pródigas harturas. Yo sé que tú formaste los cielos y la tierra, que de la nada, todo trajiste a la existencia, que Tu palabra eterna la gran verdad encierra y en ella se revela la gloria de tu ciencia.

Yo sé también Dios mío, que tú eres fuente eterna de amor y de esperanza y de feliz consuelo que al pecador acoges con mano dulce y tierna y luego lo conduces a la mansión del cielo.

Señor cuando en mis horas amargas de quebranto, me veas vacilante andando por la vida, conforta tú mis pasos, enjuga tú mi llanto, mitiga los dolores agudos de mi herida. Y cuando todo venga a su final ocaso, en este mundo artero sombrío, escóndeme del mal en tu feliz regazo y guárdame en tu diestra, Señor, Señor, Dios mío.

55

Estuvimos en pecado mereciendo perdición; por su muerte Cristo, sólo, consumó la redención.

Antes siendo a Dios extraños en temor y enemistad, de la muerte al rescatarnos, acerconos en bondad.

Por la aceptación de Cristo vemos nuestra aceptación, y al que fue pecado hecho coronado en bendición.

Vivos somos y sentados con Él libres de terror, porque a nuestros enemigos derrotó Cristo el Señor.

Por la fe unidos somos con la vida eterna en luz; y aún hoy aquí gustamos de tu dulce amor Jesús.

Pronto en medio de tus glorias y extasiados por tu amor, te echaremos las coronas a tus pies, ¡gran Redentor!

A.